
Bob Fernandes
Directo desde Pretoria, Sudafrica
Noche fría en Pretoria. En la carretera, regreso del entrenamiento libre de la selección amarilla en la víspera del partidazo contra Italia. En la Radio Jacarandá, un Pout-Pourri, un Medley de Pet Shop Boys, con Love Etc., Elvis, U2¿
La víspera hierve. El arquero Buffon dice que ganarle a Brasil es mejor que ganar la Copa de las Confederaciones, que Italia tiene equipo para ganarle "una, dos veces" a la selección amarilla si fuera necesario. Felipe Melo responde que Buffon "habla demasiado".
Dunga, tres mundiales como jugador, intenta bajar la presión: "Aquí es sólo una preparación, lo que importa es ganarle a Italia en el Mundial de Fútbol...".
Los medios de comunicación italianos son tan exentos, imparciales y objetivos como suelen ser, en promedio, los nuestros. La verde amarilla. En estos momentos que anteceden el partido Brasil e Italia y suceden el desastre contra Egipto, suenan las cornetas, las confusiones de los medios de comunicación italianos.
Marcello Lippi, el entrenador, está en el calvario. Mejor, está en el Coliseo, tirado a los leones. En la entrevista del sábado no hubo exento italiano que no le preguntara, a Kaká, a Júlio Cesar o a Dunga, sobre el delantero de Sampdoria, a camino de la Inter, Cassano.
Cassano, como saben los admiradores del deporte, no integra la selección de Lippi en esta Copa de las Confederaciones. Y debería integrarla, entienden los medios de comunicación imparciales y objetivos. Dunga, indagado sobre la profesión que eligió hace tres años, la de técnico, y de la selección brasileña, le arrancó carcajadas a la platea al confesar: "Es mucho más difícil que lo que yo pensaba...".
Cambia la dirección, pero la imparcialidad de los medios de comunicación es siempre la misma. En esta tarde de sábado ahí en Brasil, noche aquí en Sudáfrica, Joel Santana está apostando su empleo contra España.
Es grande la presión, si pierde el partido y la plaza Joel puede decirle adiós al Mundial. Grande también es la presión sobre Lippi y volverá a ser sobre Dunga si pierde y cuando pierda cualquier partido. Siempre fue así y siempre será con los técnicos de la selección amarilla.
Fue, y será, porque por más que ensayen y exhiban toda aquella exención y objetividad, buena parte de los medios de comunicación de Brasil -como de Italia, Japón, Argentina, África¿- está formada por locos por el fútbol.
Alucinados de verdad, que sufren una barbaridad, que son hinchas sin demostrarlo -eso es terrible, terrible- que aumentan el tono de las críticas cuanto más frustrados se sienten en la derrota, en un partido malo del equipo, de los equipos que aman con veneración.
Muchos entienden mucho sobre el tema, pero no estoy hablando de eso aquí, son de pasión, locura por el fútbol.
De mi parte, como saben los amigos y amigas, los enemigos y enemigas que me acompañan, no lo niego. Soy, también, exento, imparcial y objetivo. Este domingo, contra la siempre gran Italia, las mismas sensaciones: El sudor frío en las manos, la ansiedad, la tensión. La memoria.
En 1970, cuando niño, no entendí porqué mi querido y nostálgico padre Henrique no vio el memorable Brasil 4, Italia 1. Aquel que Felipe Melo, como dijo en la entrevista de este sábado, nunca tuvo la curiosidad de ver.
Hace exactos 39 años, también era un domingo 21 de junio, fiesta interminable en la Plaza, en las inmediaciones del Copacabana, en Bragança Paulista. Tardé años sin entender porqué mi padre se fue al dormitorio, durmió durante el partido.
Sólo lo entendí en 1994, en la final contra la misma Italia. Rose Bowl, 40 grados, decisión en los penaltis. Ensayé una huída. En las escalinatas, un cigarrillo después del otro, Zózimo Barroso do Amaral, columnista del periódico Jornal do Brasil, salvo engaño también estaba Macaco Simão, Danusa Leão y una docena más¿.
Todos dudando: ¿cumplir el deber patriótico y encarar los penaltis en una final de Mundial o escaparse?
Me escapé de la escalinata y volví a las graderías al oír un italianísimo porca puttana. El gran Franco Baresi, mejor jugador de la final 21 días después de una artroscopia, perdía su penalti. ¡Brasil campeón! Contra la misma Italia, 24 años después.
Antes de eso, en 1982, tuvo Sarriá, el trágico Italia 3, Brasil 2, Paulo Rossi... Pero eso es mejor olvidarlo.
Terra Magazine