
Las Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron el pasado 30 de julio la restitución de la identidad de dos nuevos hijos de desaparecidos durante la dictadura militar en Argentina. De esta manera, ya suman 92 los jóvenes que recuperaron su identidad robada durante los oscuros años en que los militares argentinos gobernaban con mano dura, secuestraban y torturaban hasta la muerte a militantes políticos opositores al régimen, a los que luego hacían desaparecer, llegando de esta manera a la friolera suma de 30.000 desaparecidos, un verdadero genocidio.
Y aunque la justicia es lenta en Argentina, los culpables de tamaños crímenes, están siendo juzgados actualmente gracias a una política de derechos humanos impulsada por el gobierno nacional con mucha fuerza. El represor Luciano Benjamín Menéndez, acusado de crímenes de lesa humanidad fue condenado a cadena perpetua días atrás y se aguarda que Antonio Bussi, hoy sentado en el banquillo de los acusados corra con la misma suerte y sea finalmente enviado a prisión.
Según un comunicado de prensa leído por la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, se trata de la hija de María Teresa Trotta y Roberto Castelli, ambos desaparecidos en distintos operativos, el 28 de febrero de 1977; y el hijo de María Lourdes Martínez Aranda y Francisco Goya, secuestrados entre abril y julio de 1980.
La hija de María Teresa y Roberto, cuyo nacimiento se estima fue en el cautiverio de su madre entre fines de abril y principios de mayo de 1977, recuperó su identidad el pasado viernes 25 de julio, luego de que le comunicaran de que su ADN correspondía en un 99,99% con el la familia Trotta-Castelli. El hijo de Lourdes y Francisco, por su parte, desapareció junto a sus padres, y supo que era hijo de desaparecidos el pasado martes 29 de julio, cuando fue informado de su inclusión en un 99,99% en la familia Goya-Martínez Aranda, por el juez Federal Ariel Lijo. "Esperamos poder seguir haciendo estos anuncios tan rápido y seguido como la historia lo requiere", dijo Carlotto.
Ambas búsquedas tienen la particularidad de que fueron motorizadas por sus propios hermanos, militantes de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) Verónica Castelli y Emilio Goya. "Tengo una sensación similar al momento en que nació mi hijo. Por primera vez me siento plena. Dediqué mi vida para esto. Estoy muy feliz", declaró Verónica muy conmovida, y evitó referirse a la identidad de su hermana, "son cosas que pertenecen a la vida privada de ella". Emilio no estuvo presente en el anuncio.
Muchas de las personas secuestradas se encontraban con sus pequeños hijos, o eran mujeres embarazadas que finalmente daban a luz en cautiverio. Aquellos niños fueron entregados ilegalmente a familias de militares o afines al gobierno de facto, salvo algunas excepciones. Cada uno de estos jóvenes tiene una historia particular, pero el método usado actualmente para comprobar la filiación familiar es siempre el mismo: el análisis de ADN. Las muestras son comparadas con las de sus presuntos familiares en el Banco Nacional de Datos Genéticos. En todos los casos de restitución el resultado arrojó la compatibilidad en un 99,99%.
Se estima que son unos 500 los jóvenes despojados de sus familias, y la búsqueda se centra sobre todo en los niños nacidos entre 1975 y 1980. Muchos de ellos se acercan por cuenta propia a las Abuelas, cuándo se les presentan dudas sobre su verdadera identidad, mientras que existen ciertos casos en los que son las Abuelas quienes realizan el primer contacto, luego de un alarga investigación.
Terra Magazine dialogó con Tatiana Sfiligoy y Pedro Nadal dos de los 92 jóvenes que gracias a la incesante búsqueda de la organización descubrieron su verdadera historia y hoy pueden relatarla, ayudando de esta manera a que otras personas con dudas acerca de su pasado se animen a enfrentar la búsqueda de su propia identidad, y puedan reencontrarse con su familia biológica. Un proceso largo y doloroso, que remite a un pasado de terror que la sociedad no debe olvidar.
Tatiana Ruarte Britos es su nombre biológico, y Tatiana Sfiligoy su nombre adoptivo, el que ella mismo eligió llevar. Es un caso excepcional, ya que fue la primera nieta encontrada por sus abuelos, en los tempranos ochenta y cuando aún los militares se encontraban en el poder. Ella, de poco más de tres años, y su pequeña hermana, recién nacida, fueron encontradas por la policía, solas y en una plaza al anochecer, luego de haber presenciado el secuestro de su madre, Mirta Graciela Britos. Su padre biológico, Oscar Ruarte, había sido secuestrado un año antes y el padre de su hermana, Alberto Jotar, también fue privado de su libertad por el aparato represivo del estado. Como las niñas fueron encontradas en la vía pública, la justicia intervino y las entregó, juntas y legalmente a la familia Sfiligoy en adopción.
Dado que era una niña, Tatiana conserva recuerdos de aquella época: "Yo estaba en período de guarda con un matrimonio que no podía tener hijos y estaba tramitando de buena fe y legalmente mi adopción definitiva. Esto pasó cuando yo tenía 3 años y medio, sabía mínimamente que tenía otros papás, y que ahora tenía nuevos padres, es así como lo veía en aquel entonces. Alrededor de los 6 años me enteré de que tenia otra familia, y que mis padres habían sido secuestrados, que era hija de desaparecidos -cuenta-. Cuando las abuelas finalmente ubicaron a mis padres adoptivos, pidieron una entrevista al juez, quien a su vez pidió que yo reconozca a mis abuelas. El momento fue chocante porque era la primera vez que me encontraba después de tanto tiempo con mi familia, de la que tenía algún recuerdo pero que lo había borrado debido a lo traumático de la situación. Yo miré para abajo y no dije nada, mi abuela se desmayó. Pero 15 días después, en el segundo encuentro, comencé a hablarles y preguntarles cosas, ahí se dieron cuenta que yo las conocía".
"La guarda ya estaba terminándose, y el juez tenia que decidir si me daba en adopción o si me devolvía a la familia biológica. Se evaluó durante bastante tiempo que mi familia adoptiva no quería borrar esa historia previa, y que estaba muy predispuesta a encauzar mi vida anterior contactándome con mi familia biológica por medio de periodos de visita. Finalmente, la resolución fue una adopción simple, donde no se cortan los lazos de sangre. Permanecí viviendo con ellos pero con contactos con mi familia biológica. Fue un antes y un después para todos nosotros, y pasé por un duro proceso de aceptar aquella realidad", recuerda Tatiana, quien hoy tiene 35 años y colabora como psicóloga con las Abuelas.
La joven no quiere hablar de su hermana ya que explica que es muy reservada acerca del tema y que "no le gustaría que yo hable de ella". Y compara su caso con los mas recientes: "Mi proceso fue más gradual que los de ahora, y es atípico, porque a los demás chicos se les negaba su verdadera historia, ya que son casos de personas vinculadas con las fuerzas armadas. Para mi fue una de las mejores salidas", reflexiona Tatiana, tal vez la piedra fundamental de esta historia que ya llegó a su capítulo 92, y cuyo caso fue recreado en televisión con gran éxito en el ciclo Televisión por la Identidad, producido por Telefe.
Pedro Nadal fue secuestrado junto a su madre, Hilda García, cuando tenía nueve meses. Ella continúa desaparecida y Pedro pudo reencontrarse con su padre biológico, Jorge Adalberto Nadal, -secuestrado, liberado y exiliado en Francia hasta el advenimiento de la democracia, cuando comenzó la búsqueda incesante de su hijo- y con su hermano, quien fue criado por sus abuelos en la provincia del Chaco, casi treinta años después.
"Yo no averigüe, las Abuelas me encontraron a mí, -señala Pedro al comenzar la charla-. Desde el 84 había muchas denuncias en torno a mi caso, y a cada una de estas denuncias, las Abuelas investigaban. Pero en general estas denuncias eran interceptadas por la policía y nunca llegaban a destino. Mi apropiador -se refiere a Luis Alberto Ferian-, era suboficial del pozo de Quilmes (un centro clandestino de detención) y se presume que el parto y la partida de nacimiento los hizo Jorge Bergés, un médico policial conocido por robar bebés. Todo eso movilizó a las Abuelas a charlar conmigo. Recibí una citación judicial para declarar en una causa sin nombre -ya que las demás eran intervenidas una y otra vez por la policía- y me presenté en el juzgado con 100 pesos pensando que se trataba de una multa. Cuando llegué el juez me comentó que había una causa de las Abuelas de Plaza de Mayo porque existía la posibilidad de que fuera hijo de desaparecidos, recuerda Pedro, a quien su apropiador le cambió su nombre por el de Luis.
A pesar de las dudas que él mismo tenía, no se atrevía a indagar mucho en su pasado: "Yo tenía sospechas desde la adolescencia porque sabía que era adoptado, mi madre supuestamente me había abandonado y una de las posibilidades era ser hijo de desaparecidos. De todas formas nunca pude dar el primer paso, me sentía culpable por hacerlo. Yo pensaba que ella -se refiere a Yolanda, su madre adoptiva- no sabía nada, pero a medida que fue pasando el tiempo, había pedacitos de su versión de la historia que me hacían dudar de lo que decía. Yo anotaba las versiones para no olvidarlas, y hoy me encuentro con que las iba cambiando porque ni ella las había estudiado. Ahora se que sabía mas de lo que yo pensaba, y es una sensación rara porque no deja de ser lo que fue, aunque el sentimiento cambió bastante, ya no es lo mismo, ahora siento un poco de rencor y bronca. Yo se que ella fue parte de la complicidad y el silencio", sentencia Pedro, quien dice que a pesar de todo, sigue en contacto con su madre "de crianza", como el prefiere decirle, una mujer anciana que sigue llamándolo para saber como está. Y él "simplemente" le responde.
Con su apropiador, Ferian, a quien cita como "el policía", la relación siempre fue más fría y distante. De hecho, cuando el hombre se separó de la mujer, el contacto con Pedro se limitaba a las visitas que su madre le mandaba hacer en busca de dinero. "El me presentaba como el sobrino, y yo nunca le dije papá, me daba vergüenza decirle papá o Luis".
La culpa se extinguió el día en que el juez lo llamó y él le dijo que tenía dudas: "Me desprendí de un peso muy grande -confiesa-. Ya me venia armando excusas, como por ejemplo que les iba a decir a mis niños". Del reencuentro con su padre dice que fue "medio raro, no sentí nada, era un extraño", aunque explica que con el tiempo la relación se fue armando, a pesar de lo difícil que resulta porque viven alejados: el en Buenos Aires y su padre en San Luis, y de que tienen "una educación y una formación diferentes".
A partir de la restitución de su identidad, Nadal comenzó a colaborar "mediáticamente" con las Abuelas, dando entrevistas o asistiendo a talleres y presentaciones en el interior del país, además de aportar sus conocimientos como técnico en informática en la red de sistemas dentro de la organización.
Estas son solo dos historias de las tantas que andan dando vueltas por ahí, y muchos de sus protagonistas no lo saben, aún hay muchos jóvenes a los que se les oculta la verdad, por eso, si tenés dudas sobre tu verdadera identidad, no dejes de contactarte con las Abuelas.
Terra Magazine