
Jacques Gomes Filho
Buenos Aires, Argentina
"Camarada, este es Henrique". Así fui presentado a Raúl Reyes, dos días antes de que él diera la última entrevista para una red de televisión , el SBT (Sistema Brasileiro de Televisão). Conocí al número dos de las FARC en noviembre de 2007. Él me saludó al frente de la cabaña en que vivía, en un campamento bien próximo a la región fronteriza con Ecuador, en la cual fue muerto en la madrugada del sábado. Mi nombre no es Henrique - el disfraz fue exigencia de la guerrilla. El de él, tampoco era Raúl Reyes. El hombre muerto se llamaba Luis Edgar Debía, tenía 59 años y tres hijos que no vivían allí. Para los miembros de la organización era sólo el "camarada" Raúl. "Traiga un 'tito' para el periodista", ordenó a una joven, mientras me invitaba a entrar.
Nos sentamos a la mesa llena de libros y un ordenador portátil, además del inseparable fusil M16. Una cama grande -la única con colchón en el campamento- dominaba más de la mitad del espacio cubierto por la lona. El portavoz de las FARC tenía privilegios en aquella sociedad dicha "igualitaria". Comía solo, por miedo a un envenenamiento. Los campamentos, explicó él, son una especie de laboratorio de lo que será el país cuando la guerrilla tome el poder. El 'tito', un café aguado y dulce, llegó caliente, servido con una porción de 'patacones' -hechos de banana amasada y fritos. Una especialidad colombiana que encantaba el comandante.
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Toda la atención con que me recibió en su 'caleta', por momentos, me hizo olvidar que estaba en la selva, en plena área de conflicto armado. Cuatro meses más tarde, la noticia de su muerte en un bombardeo aéreo iría a relativizar toda aquella seguridad que sentí. Pero en aquel momento -y al lado de Raúl Reyes- costaba creer que algo malo pudiese ocurrir. Él también parecía muy seguro en la selva. Tal vez por haber pasado allí más de la mitad de su vida. Fueron 30 años de militancia en las FARC. Era considerado un líder moderado dentro y fuera de la organización. Y actuaba como tal. De habla tranquila y siempre preciso en las palabras, no levantó el tono de la voz siquiera una vez durante mi estancia de cuatro días en el campamento.
Raúl Reyes parecía haber entendido las distensión del tiempo en aquel lugar. Durante el primer encuentro, quería hablar de amenidades, no de política ni de guerra: el clima en Buenos Aires (ciudad donde vivo), el viaje hasta allí, los mosquitos, el gusto sabroso de los 'patacones'. En la entrevista prometida para el día siguiente hablaría de todo, pero no en aquel momento. Él organizaba la agenda por la mañana y pasaba casi que todo el tiempo leyendo y escribiendo en su ordenador. Postergó la entrevista mientras no llegaran los uniformes de los combatientes. Ma prohibieron filmar a los guerrilleros y el campamento antes de eso. Reyes también gustaba de mostrarse siempre impecable en su uniforme militar, conocedor de las repercusiones que la imagen del grupo tenía mundo afuera.
La angustia de no poder grabar lo que veía aumentaba con el tiempo. En la tarde del segundo día, arriesgué hacer algunas imágenes de Raúl Reyes en su despacho, mientras trabajaba algún texto -lo que hasta entonces no me había sido prohibido. El permiso para filmarlo vino en la forma de una sonrisa tímida, que inmediatamente dio espacio a la concentración. Después, finalmente me autorizó a grabar el campamento. Pero con dedo en ristre, el comandante me advirtió: "No haga trampas. No me gusta ser engañado".
Durante la entrevista, Raúl Reyes no se negó a responder ninguna pregunta. Ni aún aquellas más comprometedoras en relación a la conexión de las FARC con el narcotráfico -todas negadas con vehemencia. El comandante del Bloque Sur de la organización murió, por lo que se relata, en la frontera del Ecuador. Pero no asumió que los guerrilleros hicieran acciones fuera de la frontera de Colombia. "Es diferente de que crucen la frontera por emergencia para llegar más fácil a otro lugar". Reyes tenía esperanza de conseguir un acuerdo político y humanitario con el gobierno. Pero no estaba seguro de que eso fuera a ocurrir. "Uribe está obcecado con la guerra", repitió algunas veces.
En la mañana en que nos despedimos, Raúl Reyes me invitó una vez más café -lo que entendí como una aprobación de mi comportamiento. Él me preguntó si estaba satisfecho con la entrevista y la experiencia en el campamento. Se despidió con un apretón de manos. Uno a uno, los casi 50 guerrilleros con quienes compartí aquellos días fueron aproximándose. Recuerdo el rostro y el "nombre de guerra" de parte de ellos. Todos los que vivían en aquel campamento formaban parte de la guardia personal de Raúl Reyes y fueron blancos de la misma emboscada que dejó 18 muertos en total. Es extraño imaginar que el ataque fatal puede haber ocurrido en aquel mismo lugar del cuál me despedí hace cuatro meses. Lo que me hace pensar que la guerra es una realidad mucho más próxima de lo que uno se imagina.
Terra Magazine