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La vida diaria de los guerrilleros en la selva colombiana

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El portavoz de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Raúl Reyes.

Jacques Gomes Filho, desde Colombia

Los helicópteros del Ejército pasan tan cerca de la copa de los árboles que se hace difícil creer que no nos pueden ver. Después del tercer vuelo rasante, la joven que me guía por la selva colombiana pregunta si estoy seguro de que los aparatos electrónicos que llevo están bien apagados. La preocupación por la seguridad comenzó desde antes de iniciar el viaje al campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fueron casi tres meses de negociaciones hasta conseguir la autorización para entrevistar al comandante Raúl Reyes.

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Pasé los primeros cuatro días del viaje siendo llevado de una casa a otra de simpatizantes de la guerrilla. Era la estrategia para despistar a los servicios de inteligencia que actúan en esta región de frontera de Colombia. De casa en casa, esperábamos el momento preciso para entrar al campamento. Soldados del ejército y paramilitares hacían ronda, en clara señal de que había conflictos con las FARC. La mayoría de los 30 millones de pobres colombianos vive en áreas fronterizas del país, donde las estructuras del Estado funcionan precariamente. Es en este vacío dejado por el gobierno donde crece la influencia y reside la fuerza de la guerrilla armada más antigua del continente. Las FARC luchan desde hace 43 años para llegar al poder e instalar el socialismo en el país.

Después de dos horas de caminata por la selva, encontramos los primeros guerrilleros. Una mujer separaba tablas a un lado del sendero. Más adelante, una pareja mantenía vigilancia con ametralladoras en bandolera y radio en mano. Nadie sabe con certeza el número exacto de combatientes, pero se estima que existen cerca de 17 mil guerrilleros. Unos pasos más adelante y la joven guía se da vuelta nuevamente hacia mí. Pronuncia las palabras que recién iban a tener sentido algunos días más tarde. "Bienvenido, ésta es nuestra casa".

Raúl Reyes nos recibe personalmente, preguntándonos si tuvimos buen viaje. Además de ser portavoz de las FARC, Reyes es el comandante de uno de los siete bloques que forman la organización. Tiene bajo su mando por lo menos 3000 guerrilleros. En el campamento al que acababa de llegar viven como mínimo 50 combatientes. Me invita a entrar en su caleta, nombre con que se conoce aquí a las tiendas de campaña. Todo en el campamento está construido en lona y madera. Por eso, la cuchilla está siempre a la vista. Incluso sobre la mesa misma del comandante, en medio de unos libros y una computadora portátil.

En una charla rápida, él se rehúsa a responder mis primeras preguntas sobre las políticas de la organización. Dice que hablaremos sobre todo, pero sólo durante la entrevista. Habla siempre en voz baja y con una expresión tranquila en el rostro. El comandante me explica la vida diaria del campamento y comienzo a entender cómo las reglas locales iban a influir sobre mi trabajo. "Mañana por la mañana se le va a avisar el cronograma de su estadía aquí. No debe filmar ni fotografiar nada hasta entonces". Todo en el campamento es rigurosamente programado. La disciplina militar está presente y es vital para la supervivencia en la selva. Sin ella, sería difícil controlar las reservas de víveres y municiones durante épocas de conflicto como ésta. Y sería prácticamente imposible sobrevivir tanto tiempo luchando contra un ejército diez veces mayor y mejor equipado.

Un soldado se aproxima con una radio en la mano. No precisa decir nada para que Reyes interrumpa nuestra conversación y se le aproxime. Conversan en voz baja por algunos minutos. Entonces, el comandante se dirige a la joven que me trajo al campamento. "Adriana, lleve al periodista a su caleta". Ella me guía por última vez y llego a la carpa que iba a ocupar durante los tres días siguientes. Una tela para evitar insectos colgaba del techo, que más se parecía a un artículo de lujo. Esa misma noche iba a descubrir que después de todo es una artículo de necesidad básica en la salva. El calor y los insectos acostumbran ser tan temidos como los paramilitares.

El día comienza. Las actividades en el campamento comienzan antes de la salida del sol. Cerca de las cinco de la mañana un ruido despierta a los guerrilleros que aún no lo habían hecho. Parece el gorjear de un pájaro raro, pero el sonido nace de un soplido realizado contra la mano que presiona sobre la boca. Señal de que es hora de levantarse. Despacio y haciendo el mínimo ruido, cada guerrillero se recompone de la noche y ordena su propia tienda. Armas y mochilas quedan listas, al alcance de la mano. En silencio, ellos se reúnen en medio del campamento para oír las órdenes que vienen del comando. Quien los observa por primera vez no consigue entender cómo se pueden comunicar en la oscuridad y hablando en un tono tan bajo.

Salen en dos grandes grupos, uno hacia cada lado del campamento. En fila india, se meten en la selva y desaparecen. Un guerrillero llamado César me explica que la primera tarea es también la más importante del día. "El amanecer es el momento más crítico en un área de conflicto. Es la hora preferida para los asaltos del enemigo". Por casi media hora ellos caminan alrededor del campamento, haciendo una especie de peine fino por el área. Cuando regresan, ya está servido el desayuno.

El comando define las tareas de cada uno y las transmite por la mañana. todos hacen de todo y la rotación obliga a los guerrilleros a desplegar múltiples habilidades. La pareja que cocina se encarga de tres comidas antes de entregar la función. El turno de vigilancia del campamento es aún más exigente: dura 24 horas, en las cuales la atención es vital para la protección de todos. "Si escuchamos un tiro a cualquier hora del día sabemos que es una señal de alerta", aclara el guerrillero Arnobis. "En caso de ser atacados, cada uno sabe el puesto que tendrá que ocupar".

La táctica de guerrilla permite a las FARC controlar un territorio inmenso de la selva colombiana. Los campamentos, por ejemplo, son siempre transitorios. Raramente permanecen armados en un mismo lugar por más de cuatro meses. Una de las estrategias para mantener rehenes, a veces por más de diez años, es cambiar el lugar de cautiverio periódicamente. La movilidad dificulta la localización de los prisioneros, aún en los casos más complicados como el de Ingrid Betancourt. La ex candidata a la presidencia de Colombia es buscada por agentes del mundo entero. Sin embargo, se la mantiene oculta en algún lugar de la selva desde hace casi seis años. Los guerrilleros no dicen -y probablemente no sepan- cuál es el número total de campamentos esparcidos por el país. Pero todos ellos, según uno de los combatientes, están interconectados por senderos y caminos que llevan de un extremo a otro de Colombia sin pasar por ningún control del Estado. El libre tránsito garantiza el abastecimiento de alimentos y municiones. Cada combatiente carga con un arsenal propio, con pistolas, ametralladoras e incluso granadas. Cuando termina el desayuno, la luz del día ya ilumina la selva. Raúl Reyes me llama una vez más a su tienda, que funciona como una especie de comando central del campamento. Se me informa que la entrevista queda para la mañana del día siguiente. "Es mejor no filmar nada hasta entonces." Una combatiente se aproxima a mi caleta mientras aún busco comprender la razón oculta detrás de las últimas palabras del comandante. Su nombre es Eliane.

Las mujeres de las FARC

Adriana, César, Arnobis y Eliane son nombres de guerra. Así como Raúl Reyes. El hombre que controla la comunicación de las FARC con el mundo en realidad se llama Luis Edgar Devia Silva, tiene cerca de 60 años y tres hijos que viven en la ciudad de Caquetá. La vida civil de cada uno de los guerrilleros se oculta detrás de nombres ficticios. "Una manera de protegernos y proteger a nuestras familias", dice Eliane. Pero en el caso de esta mujer, que aparentaba tener cerca de 40 años, el disfraz no fue suficiente para evitar una tragedia familiar. Eliane es una de las mujeres más antiguas en la guerrilla (actualmente ellas representan cerca de un 30% de los militantes de las FARC). Ella se incorporó a sus filas a comienzos de la década de 1980, cuando la presencia del brazo político de las FARC en las zonas urbanas era constante y, en cierta forma, consentida por el gobierno. Eliane creció escuchando historias del líder máximo y fundador de la organización. "Desde pequeña, Manuel Marulanda estuvo muy presente en mi ciudad. Sabíamos que comandaba un grupo armado que luchaba para liberar el país. En casa éramos muy pobres. Cuando tuve oportunidad me uní a ellos."

El precio de la osadía lo iba a pagar años más tarde. Las acciones clandestinas de Eliane fueron monitoreadas durante meses por lo que ella llama "fuerzas enemigas". Sus dos hijos y su madre fueron asesinados por paramilitares.

Los guerrilleros que conocí tienen entre 20 y 40 años. Ninguno de ellos puede casarse ni criar a sus hijos en el campamento. La maternidad está vista, incluso por las mujeres, como un estorbo a la labor cotidiana de la guerra. Para ponerse de novio con un compañero, es necesario pedir autorización a los jefes, que precisan saber dónde y con quién está cada uno de los miembros. Los enamorados viven juntos en la misma caleta y entre ellos se llaman "socios". "Por más que parezca raro, es normal dentro de nuestras normas", dice una combatiente conocida como Susana.

Un corto silbido del jefe de turno anuncia la llegada de novedades. Una nueva provisión de dulces y cigarrillos se repartirá entre la tropa. La fila se forma rápido. Uno a uno, los guerrilleros pasan el sombrero para recibir la ración individual. La comida, la ropa, las herramientas y armas utilizadas en el campamento son repartidas por igual entre todos los miembros, sin importar su jerarquía. A ellos les gusta decir que allí no existen los privilegios. "El socialismo por el que luchamos comienza aquí dentro. Hombres y mujeres, jefes o subordinados. Nos tratamos unos a otros como si fuéramos iguales", dice el combatiente Kevin.

Las limitaciones impuestas por la guerra y la dura vida en la selva son precios altos que no todos están dispuestos a pagar. Según el gobierno colombiano, en los últimos cinco años, más de 45 mil combatientes depusieron las armas, incluyendo miembros de las fuerzas paramilitares, del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y también de las FARC. En esta última, sólo en 2006 habrían desertado 1881 militantes. Lo que está lejos de significar el fin de la guerra, como me explicaría a la mañana siguiente Raúl Reyes. "Así como algunos mueren y otros desertan, que no son muchos, también ingresan muchos más. Van ingresando, haciendo cursos¿ Son veinte, son cincuenta, son cien. Con ello, tanto se substituyen a los que se fueron o murieron, como continúa el crecimiento en los frentes de todas las unidades de la organización."

Terminada la entrevista, el comandante me avisa que, ahora sí, podría filmar el campamento. Por fin me dio las razones por haber restringido mi trabajo hasta entonces. "Llegaron los uniformes", dijo. La preocupación por la imagen que la organización presenta a los medios de comunicación y, por consiguiente, al mundo, es justificada. La lucha principal de las FARC actualmente es cambiar su imagen internacional, siempre asociada al delito. Desde 1977, la Convención de Ginebra calificó la guerrilla colombiana como "combatientes ilegítimos". Para la Unión Europea, son una "organización terrorista". El objetivo de la guerrilla es ser reconocida como "fuerza beligerante", lo que le permitiría retornar al escenario político de Colombia con mejores garantías para sus candidatos. Por eso, luchan para dar la imagen de un grupo unido y bien organizado, con acciones políticas paralelas a las militares y reconocimiento internacional. Sin embargo, el uso del secuestro extorsivo como estrategia de financiamiento y de minas terrestres como táctica de guerra no ayudan mucho a mejorar la imagen de la guerrilla puertas afuera.

Salgo del campamento un día después de entrevistar al comandante Reyes. Esta vez no es Adriana quien me conduce sino un hombre conocido como Humberto. Pero las palabras de la primera combatiente que encontré en mi viaje aún están presentes. Antes de entrar en el sendero, una mirada rápida me devolvió la imagen de un campamento diferente al que conocí días atrás. Tal vez no sea una casa, como me lo había sugerido Adriana. Pero sí un espacio de convivencia política y militar que insiste en la idea de transformar el continente.

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