Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Ezequiel Fernández Moores

Juegos Olímpicos: Pekín y los fantasmas de Berlín 1936

AFP
Vista del flamante Centro Nacional de Deportes Acuáticos de Pekín, más conocido como el Cubo de Agua.

Ezequiel Fernández Moores
Buenos Aires, Argentina

Mientras la prensa deportiva de todo el mundo se encandiló con el "Cubo de Agua" que costó 200 millones de dólares y que albergará las pruebas de natación en los próximos Juegos Olímpicos de Pekín, el periodismo político, en cambio, se enfocó en las últimas semanas en Hu Jia, el periodista bloggero procesado por el gobierno por "incitación a la subversión del poder del Estado", debido a sus denuncias de violación a los derechos humanos en China.

La situación de Hu Jia, preso desde el 27 de diciembre pasado y que en 2007 cumplió 214 días de arresto domiciliario (junto con su esposa y su hija de dos meses), se suma a la de otros numerosos disidentes encarcelados en los últimos tiempos, seis meses antes de que lleguen a Pekín unos 30.000 periodistas para cubrir los Juegos Olímpicos de agosto próximo.

Lea también:
Diario de China

"China Popular es la mayor cárcel del mundo para los periodistas, internautas y defensores de la libertad de expresión. Hay un centenar de ellos detenidos, con frecuencia en condiciones penosas, tras haber sido condenados por 'subversión' o 'difusión de secretos de Estado'", denuncia la organización internacional Reporteros sin Fronteras (RSF).

Los organismos de derechos humanos hablan de "Olimpíadas Genocidas" y acusan al COI de no exigirle a China que respete los compromisos que asumió cuando Pekín ganó la sede de los Juegos. China los acusa de "politizar" a los Juegos, mientras el COI se mantiene en silencio y Occidente no quiere alterar la ocasión de formalizar grandes negocios con el gigante que está a un paso de convertirse en la tercera economía más grande del mundo.

La situación, salvando todas las distancias del caso, tiene semejanzas con los Juegos de 1936, que el COI asignó a Berlín en 1931, cuando Alemania era gobernada por una débil coalición centrista. Pero el 30 de enero de 1933, hace 75 años, Hitler asumió por canales democráticos e inició uno de los autoritarismos más crueles de la historia, autor del Holocausto y responsable del estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

Entre la asunción y el inicio de la Guerra, y cuando el nazismo ya no era una amenaza, sino una fábrica de antisemitismo, el COI permitió a Hitler celebrar los Juegos Olímpicos de Berlín 36, que pasaron a la historia como una de las más groseras utilizaciones políticas del deporte.

A Hitler, cuentan los historiadores, no le atraía el deporte. Casi ni lo menciona en Mein Kampf ni en Der Vokische Beobachter, el periódico del nacionalsocialismo. El nazismo despreciaba al deporte moderno. Lo consideraba "contaminado por franceses, belgas, polacos y judíos", según decía su portavoz, Bruno Malitz. Hitler apreciaba en cambio el Turner, un movimiento gimnástico alemán que admiraba al Fuhrer. Pero fue Joseph Goebbels, su ministro de Propaganda, quien advirtió a Hitler que no renunciara a los Juegos, una gran vidriera al mundo sobre las bondades de la raza aria.

Así, Theodore Lewald (hijo de un judío) y Carl Diem (casado con una judía), designados en Alemania como presidente y secretario del Comité Organizador de los Juegos sólo unos días antes de que Hitler arribara al poder, quedaron sorprendidos por el apoyo que dio el Fuhrer a la cita olímpica. Les garantizó que nadie sería discriminado y aportó gran cantidad de dinero para la construcción de las obras.

Los cuestionamientos más duros partieron de la Asociación Olímpica Americana, el hoy Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC), que estaba dirigido por Avery Brundage, un millonario constructor, cruzado del deporte amateur "porque no hace distinciones sociales, ni de raza ni de religión", según solía afirmar.

Pero la Alemania de Hitler rompió rápidamente sus promesas. Veintiún deportistas de origen judío fueron nominados, pero ninguno de ellos fue designado para representar a Alemania en los Juegos. Los judíos ya no tenían posibilidad de pertenecer a los clubes deportivos. Y si no estaban en un club, no podían ser olímpicos. El nazismo recordó siempre la inclusión de la esgrimista Helen Mayer, que residía en Estados Unidos, una rubia escultural que no se consideraba judía y que hizo el saludo nazi cuando fue premiada en el podio.

Antes de eso, Brundage rechazaba las presiones. Afirmaba que los Juegos de Berlín buscaban ser politizados por "judíos y comunistas" para derribar a Hitler y que el Olimpismo precisaba mantenerse "al margen de la política". "¿Por qué un atleta de Estados Unidos debería convertirse en mártir por una causa que no es la suya?", se preguntaba en un escrito público que ganó una votación interna ante el pedido de boicot a Berlín que impulsaba su compatriota Ernst Lee Jahncke, otro miembro estadounidense del movimiento olímpico.

"No tengo nada contra los judíos, pero es necesario mantenerlos dentro de ciertos límites", decía a Brundage el sueco Sigfried Edstrom, importante miembro del COI. Su presidente, el conde Henri Baillet Latour, también apoyó los Juegos de Berlín, igual que el barón Pierre de Coubertin, el mítico creador del olimpismo moderno y a quien el nazismo llegó a postular para el Premio Nobel de la Paz.

El olimpismo se jactó siempre de haberle puesto límites a Hitler. Baillet Latour lo obligó a que pronunciara apenas trece palabras en el acto de apertura ("Yo declaro abiertos los Juegos de la undécima Olimpíada de la era moderna"). Hitler, acostumbrado a sus arengas de cuatro horas, recibió el pedido con una ironía ("conde, me tomaré la molestia de aprendérmela de memoria"). El COI defendió su posición ante la historia afirmando que esos Juegos, si bien fueron los únicos ganados por Alemania, demolieron ante los ojos de Hitler el mito de la raza superior. Una judía húngara venció el salto en altura, un coreano el maratón, los japoneses asombraron en la natación y ocho deportistas negros de Estados Unidos ganaron oro en el atletismo, entre ellos el inolvidable Jesse Owens.

También Estados Unidos celebró los triunfos de Owens, un nieto de esclavos que a los 7 años de edad ya trabajaba en las plantaciones de algodón. Pero Owens ni siquiera tuvo una foto en los diarios del sur de Estados Unidos, no fue recibido en la Casa Blanca y murió pobre y olvidado por el olimpismo, "discriminado en su país acaso como Hitler discriminaba a los judíos en Alemania", según recordó el especialista Allen Gutman, en el libro Sport y Autoritarismos.

Coubertin, un idealista que dilapidó buena parte de su fortuna en la causa olímpica, murió a los 74 años, meses después de los Juegos, triste por las críticas que había recibido por su apoyo a Berlín. Baillet Latour falleció en 1942 de un infarto, al enterarse que su hijo había muerto en el frente, enrolado en el ejército belga de liberación. El COI ya había expulsado al rebelde Jahncke y designaba presidente a Brundage, quien fue sucedido luego por Edstrom, los dos principales impulsores de los Juegos de Berlín. Tras la Guerra, el olimpismo retornó con la edición de Londres, en 1948. Alemania, eso sí, no fue invitada a la fiesta.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine


Exhibir mapa ampliado

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español