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Alonso Cueto: "El amor puede ser un obstáculo a la verdad"

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Alonso Cueto (centro) durante el rodaje de Mariposa negra, de Francisco Lombardi, basada en su novela Grandes miradas.

Pablo E. Chacón
Buenos Aires, Argentina

El peruano Alonso Cueto es un hombre cálido y afable. Su aspecto es melancólico, tiene un aire de tristeza en los ojos negros que brillan sólo cuando se acerca una mujer que lo transforma en un ágil danzarín de las letras, apegado no al dogma de la mimesis sino a la invención de realidades que suelen no encastrar y ponen a sus personajes en jaque o fuera de lugar hasta que finalmente se dan cuenta de que ese lugar no es el que pensaban. En ese aprendizaje de la decepción se cifra la narrativa de este escritor que acaba de ganar el Premio Planeta-Casamérica de Narrativa Iberoamericana 2007 con El susurro de la mujer ballena, una novela más inquietante que cómica -aunque todo lo inquietante, una vez atravesado, en el recuerdo suene ligero y leve. Admirador de Juan Carlos Onetti, sobre quien escribió su tesis, ganador del Premio Herralde de Novela en su versión 2005 por La hora azul, reivindica cierto realismo (nada mágico) de la literatura de su país, representado en los mejores momentos de Mario Vargas Llosa, Germán Arciniegas, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Ciro Alegría, César Vallejo, Manuel Scorza y José María Arguedas. Cueto nació en Lima en 1954. Estudió literatura en la Universidad Católica del Perú y en la Universidad de Texas, Estados Unidos. Publicó La batalla del pasado (1983), El tigre blanco (1985), Amores de invierno (1994), El vuelo de la ceniza (1995), Demonio del mediodía (1999) y Grandes miradas (2003). Esta conversación con Terra Magazine tuvo lugar en Buenos Aires.

Terra Magazine: En su último libro, usted insiste en la extrañeza que parecen provocar las relaciones interpersonales. ¿Esto es así?
Alonso Cueto: Es así, de alguna manera. ¿Hay alguna relación que no arrastre un dejo de extrañeza? Yo no lo creo. Y estoy hablando hasta de las más cercanas, las relaciones entre parientes, cónyuges, amantes, hermanos, amigos... Es como que siempre están trufadas por algún elemento extraño, poco transparente, un elemento que puede ser imaginario pero que produce efectos, entonces es real. A veces, por supuesto, ese elemento es algo enterrado, que quiere permanecer enterrado y algo o alguien, por la razón que sea, incluso involuntariamente, lo saca, lo expone a la luz y puede convertirse en una pesadilla.

Terra Magazine: Es lo que sucede en El susurro de la mujer ballena.
Alonso Cueto: Exacto. Para la protagonista (Verónica), la vida ocurre plácidamente, sin patinazos, sin demasiados sobresaltos (también sin demasiadas pasiones), una rutina donde la palabra conformismo está expulsada. Es una mujer casada, con una familia armoniosa, un marido, un trabajo de punta, un hijo, un amante... Está todo perfecto (risas). Pero en el aeropuerto se encuentra con este otro personaje (Rebeca), una ex compañera de colegio que supo ser su amiga y a la que hace años no ve. Sin quererlo, al menos de primera intención, Rebeca inquieta a Verónica, que encuentra la espera del avión y el propio viaje como insoportable.

Terra Magazine: El efecto "insoportable" está muy compuesto. Sin embargo, Verónica no puede evitar preguntarse por qué Rebeca le resulta insoportable.
Alonso Cueto: No puede evitar preguntarse, a pesar de la resistencia que le opone, al acoso de Rebeca, que insiste, que demanda y demanda volver a verla, pero tampoco puede reprimir la pregunta por ese extraño retorno. Si algo le molesta tanto de ese encuentro, la conclusión a la que llega es que hay algo de sí misma que le resulta insoportable.

Terra Magazine: Ese sería el costado productivo, por decirlo así, del encuentro.
Alonso Cueto: Ese sería el costado productivo, pero la productividad, para convertirse en productividad, valga la redundancia, a veces exige atravesar una verdad que se ha rechazado y negado. En un primer momento, Verónica insiste con esa estrategia: rechazar, negar... Pero claro, no da resultados.

Rebeca es la gran amiga del colegio de Verónica, la amiga que no vio más. Algo pasó entre las dos que Cueto sugiere con pistas, algunas falsas, otras verdaderas, que van armando un mosaico donde la felicidad de la segunda resulta un espejismo que la primera no oculta: es gorda hasta el tormento, desaliñada, está sola sin querer estarlo, se alimenta del resentimiento y la amargura. Se agota en la búsqueda de un culpable. Parece que lo encuentra en Verónica, y su energía se renueva tanto como sus demandas. En la novela del peruano no hay victimarios sino víctimas.

Alonso Cueto: Me parece que la aparición de Rebeca en mi rutina ha sido como la irrupción del desorden de la vida. Antes, al cruzarme con gente como ella, siempre había buscado pasar por un puente que no me obligara a mirarlas, un puente cubierto de paredes negras, para cruzar al otro lado. Si alguien me amenazaba con su torpeza o con su afecto, me apartaba con una frase cortés, buscaba el refugio de mi supuesta dignidad, el refugio de mi temor y mi prudencia.

Terra Magazine: En el texto, la omnipresencia del secreto es absoluta. El secreto es, en rigor, el protagonista de El susurro de la mujer ballena.
Alonso Cueto: El secreto, por cierto, ese que se despierta en la hora azul, entre la noche y la mañana, cuando no pasó la madrugada pero el amanecer está lejos, es el oráculo del insomne, y su cruz es el demonio del mediodía, aunque la hora cronológica no coincida, como no coincide la imagen de uno con lo que uno realmente es, como no coincide ese secreto con la vida que se imagina poseer, precisamente porque produce pesadillas, porque no hay manera de enterrarlo, de tapiarlo, de emparedarlo, porque cuanto más tiempo pasa, más fuerza de resistencia parece sostenerlo, vigorizarlo. Y más monstruoso es su retorno. El secreto está en el centro de la vida personal de cualquiera, y no tiene necesariamente que tratarse de un hecho puntual. ¡No tiene siquiera necesidad de haber ocurrido! Pero existe, está, está presente, en la vida personal, en la vida social, en la sociedad, en la familia, en el pueblo, el campo, la ciudad, en la historia, en las mitologías: todas las historias se organizan alrededor de ese secreto fundacional, y el modo de procesarlas es el modo de contarlas. La cuestión es que en esta época, en el tiempo que vivimos, el secreto aparece aplastado por la pulsión del consumo que muchas veces, no digo siempre, funciona como un placebo. O, mejor, como una anestesia. Aunque tarde o temprano reaparezca, no sólo como un personaje que puede volverse siniestro, sino también como una enfermedad o como un derrumbe afectivo, profesional. Esto, para no parecer un moralista, parece obvio pero no lo es: el despojamiento tampoco asegura liberarse de ese tirano. Hay gente que convive toda su vida con episodios horrorosos, reales o imaginarios, sin mayores inconvenientes. Pero no es el caso de nuestra amiga Verónica.

Terra Magazine: Pero sí es el caso de Rebeca.
Alonso Cueto: Rebeca es un monstruo que se inventa Verónica, porque no quiere ver el monstruo que ella (Verónica) es. En realidad, cuando Rebeca encuentra a Verónica, encuentra también un plus para su propia monstruosidad. Es el tornasol de Verónica.

Terra Magazine: Es una novela de iniciación invertida.
Alonso Cueto: No lo pensé así, puede ser... En La hora azul, la aparición del secreto está recargada de belleza, dolor, amor. Al final, uno se da cuenta que todos esos conceptos pueden funcionar como obstáculos para la verdad. Y que a veces no está tan mal ignorarlos.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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