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Marilyn Monroe: el espectáculo de la intimidad

AFP
En su texto, Michel Schneider hace foco en la relación de Marilyn Monroe con su último terapeuta, Ralph Greenson.

Pablo E. Chacón
Buenos Aires, Argentina

Si hubo una actriz, una diva del star system de Hollywood que quiso esconder su intimidad y no hizo más que convertirla en un espectáculo, ésa fue sin dudas Norma Jean Baker, que pasó a la inmortalidad como Marilyn Monroe y cuya muerte, en la madrugada del 5 de agosto de 1962, despertó todas las especulaciones que ella, acaso sin querer, había ayudado a forjar. ¿Se suicidó, la mataron, ocurrió un accidente? Esa pregunta que se podría responder con cada uno de los términos de la serie, sin embargo, es la que menos le importa al escritor y psicoanalista francés Michel Schneider, que en Ultimas sesiones con Marilyn, una suerte de novela-ensayo que recién se traduce al castellano y editó Alfaguara, se concentra, de manera más oportunista que conspirativa, pero también más clínica que política, en el lazo que la actriz supo establecer con su último terapeuta, Ralph Greenson.

Schneider, quien además de escritos técnicos es responsable de una notable biografía sobre el pianista canadiense Glenn Gould, encontró la manera de recrear, conjeturando sobre los últimos treinta meses de la vida inconsciente de la ex esposa de Arthur Miller, una ficción que le permitió establecer, sin faltar a la verdad, que las cartas con las que jugaba Mariliyn Monroe estaban marcadas desde mucho antes del desenlace y también del encuentro con Greenson.

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A Schneider, ventajas de la escritura, el tiempo, el acceso a documentos y a grabaciones, le importa poco si los hermanos Kennedy abandonaron brutalmente la compañía ocasional de la diva y mucho menos sus amenazas. La lectura del libro se vuelve asfixiante, como eran asfixiantes las demandas de amor de la estrella hacia sus amigos, sus amantes y su terapeuta, que sucumbió, cedió frente a su deseo (de analista) y se transformó poco menos que en un "coach emocional" que la cuidaba en los sets y le daba drogas para soportar la presión que ella decía sentir. Greenson no soportó lo insoportable de Marilyn y, según su colega francés, operó de madre sustituta, enamorándose, y condenando el tratamiento al fracaso. Se dio cuenta demasiado tarde y se escapó a Europa unos meses, pero a su regreso sólo faltaba que alguien diera vuelta la última carta.

Greenson descubre el pasado de la Marilyn como nadie. Descubre antecedentes familiares psiquiátricos serios: "un padre desconocido, consumidor habitual de heroína; una madre esquizofrénica, hospitalizada a lo largo de toda su vida tras haberla abandonado a los setenta y cinco días de nacer; una abuela que, en un acceso de locura, intentó asfixiarla cuando era sólo un bebé; entradas y salidas de diversos hogares de acogida y orfelinatos donde, a veces, padeció abusos sexuales. La irreparable sensación de abandono que le procuró la ausencia de su madre desde los primeros momentos de su vida obligaron a Marilyn a querer existir a través de la mirada de los otros, su máxima ilusión era la de existir para alguien", escribe Schneider.

Era una mujer desesperada y hermosa: esa es la mujer que aparece en la tapa del primer ejemplar de la revista Playboy, en diciembre de 1953. Está en los ojos de todos. Había filmado algunos cortos pornográficos. Su dolor era tan profundo que imantaba, hipnotizaba, atrapaba. ¿Qué nombraba su dolor? La insatisfacción que si en la mujer no es una excepción, se hace intolerable para alguien anestesiado. El amor era -para Marilyn- la mejor anestesia: mejor todavía si se combinaba con champán, morfina y nembutal.

En Una Eva y dos Adanes, acaso el punto más alto de su carrera, irradia felicidad. Jack Lemmon dijo no haber conocido a nadie que transmitiera tanta sensualidad. Arthur Miller no aguantó la incertidumbre, ni su propio deseo, ni su propio deseo de salvarla.

Greenson sabe de su relación con los Kennedy. El psiquiatra de las estrellas no advierte que en ese puente que se tiene que cortar (Marilyn confía en la frivolidad fiestera de Truman Capote y en el cinismo de Frank Sinatra, pero ignora la persecución que empieza a ejercer sobre ella Edgar Hoover, el capo del FBI, que destina un auto para vigilarla día y noche, por odio al presidente de los Estados Unidos y a su ministro de Justicia). Demasiado peso para una dama tan delgada, tan drogada día y noche. Greenson no advierte que el tinglado se desarma, antes se desarma él, que decide arriesgar el todo por el todo y va de un lado para el otro con la actriz, descuidando su profesión y haciendo de improvisado dealer.

"El psicólogo se sorprende sobre todo por el consumo de drogas de Marilyn ("aunque tiene el aspecto de una toxicómana, no encaja en esa categoría", sostiene). En efecto, a veces Marilyn dejaba de tomar drogas, sin por ello presentar los habituales síntomas que padecen los que sufren síndrome de abstinencia. Sin embargo, Greenson intenta apartarla totalmente de ellas, recomendándole regular mejor su vida. Pero un día Marilyn le hace llamar desde el Hotel Beverly Hills para que le administre una inyección intravenosa de Penthotal o de Amytal. Y Greenson acepta y después declara: "le dije que todo lo que ya se había tomado bastaba para tumbar a media docena de personas y que si no dormía era porque tenía miedo de sus sueños". Schneider no duda: "en ella confluye una encrucijada de varios mitos: la mujer de tremenda belleza pero mal querida, la de la celebridad con muerte trágica o la de la persona que logra el éxito a pesar de lastrar una infancia tortuosa".

Marilyn no soporta la indiferencia, los Kennedy ya no la ven, no atienden sus llamados telefónicos, posa durante doce horas para una revista de modas, completamente borracha, posa desnuda (las fotos se conocieron recién el año pasado), más demacrada que nunca, se aferra a Greenson, que se suelta y parte a Europa. Intenta ubicarlo, no lo ubica. Se da cuenta del error y de que no hay retorno. ¿Qué importan los reveses amorosos recientes, si la cosa había sido así desde siempre? Arrojada al mundo, sin otra defensa que su belleza, resulta intercambiable y a pesar de todo, única. En Los Angeles, a la vuelta, Greenson ve que la mujer de 36 años que tiene frente a él es un estropajo que se le entrega. Decide no verla. Es el primero en enterarse de su muerte, el primero en ver el cadáver.

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