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La valoración de la identidad por encima del bien común

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El fútbol provoca, en cualquier parte del mundo, pasiones y hechos como los que relata nuestro columnista.

Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay

El último fin de semana un joven de un barrio de Montevideo asesinó a un conocido suyo por disputas futbolísticas. No es la primera vez que ocurre, pero esta vez la desmesura no obedeció a que el asesino y el asesinado fueran de clubes rivales, sino, paradójicamente, del mismo. Ambos eran de Nacional, pero la víctima tenía la poco recomendable costumbre (al menos en los tiempos que corren) de ser amigo de un hincha de Peñarol, algo así como la tribu enemiga. No sólo cultivaba esa amistad, sino que le daba cobijo en su casa, situada en "zona tricolor", algo inaceptable para el orgullo de los hinchas de Nacional. Le recriminaron su "traición", pero al no entrar el recriminado en razones, recurrieron al expeditivo trámite de pegarle tres tiros.

El episodio bien podría quedar acotado a la página de sucesos policiales o suscitar un nuevo arrebato de indignación moral por la supuesta pérdida de valores en nuestra sociedad. Es evidente que el hecho desnudo, despojado de cualquier consideración política, social o cultural, no deja de ser una monstruosidad, un "desvarío" propio de individuos enajenados. No obstante, y sin caer en honduras sociológicas, se impone reparar en la significación que llegan a tener los colores de un equipo de fútbol para alguien capaz de matar a otro por ellos. Quien así actúa, sugiere (y a veces hasta lo dice abiertamente) que en esos colores le va la vida, que son su anclaje con lo real, los únicos que le dan sentido a su existencia, los que le otorgan --por entrar en tema-- una "identidad" (o un "belonging" por decirlo con el peculiar lenguaje de las pandillas de latinos en Estados Unidos).

Quien es capaz de reaccionar de una forma tan brutal ante el "agravio" a su particular identidad cree que esa identidad es lo esencial, que el resto no cuenta. Condenado el individuo a arreglárselas por su propia cuenta, esas identidades tribales parecen haberse convertido en la única tabla de salvación, en lo único que le da sentido a la existencia. Da la impresión de que se hubieran ausentado definitivamente las significaciones compartidas, universales, y los particularismos ocuparan todo el escenario social. Así, la sociedad podría representarse como una suma de reinos de taifas que se vinculan con el conjunto sólo para reclamar lo suyo desentendiéndose del "bien común", un concepto que habría que rescatar de su exilio.

Desde luego que el hincha de fútbol capaz de matar por los colores de su camiseta es un caso extremo y que sería una simplificación atribuir su comportamiento a la explosión y legitimación de la "política de las identidades" a la que asistimos. Su brutalidad, sin duda, demanda otras explicaciones, que no viene al caso abordar ahora. Lo que quiero señalar es que ese convertir la propia identidad en la medida de todas las cosas (al punto de que algunos son capaces de matar por ella), se inscribe en un fenómeno mucho más amplio y que trasciende a Uruguay y naturalmente al fútbol.

Me refiero a la creciente legitimidad que han conquistado en la sociedad y en particular en la política, las reivindicaciones identitarias. Uruguay, afortunadamente, va a la zaga de esta evolución, pero no es en absoluto ajeno a una cultura que ha entrado de lleno a celebrar las diferencias, los particularismos en detrimento (es inevitable) de nuestra común y universal condición de ciudadanos. La multiplicación de partidos y discursos que ponen el énfasis en la particular identidad sexual, étnica, religiosa o nacional es el síntoma más evidente de cuanto he afirmado hasta aquí. Las actuales primarias estadounidenses son ilustrativas del fenómeno: analistas y líderes políticos buscan la clave de los resultados en cómo votaron los negros, las mujeres, los viejos, los jóvenes. Otro tanto ocurre en España con los vascos, los catalanes o los católicos conservadores. En las democracias modernas se asiste con algarabía a esta feria identitaria y, para peor, con la izquierda como maestra de ceremonias.

El mayor desvelo de los miembros de las distintas tribus no consiste en suprimir las desigualdades, sino en afirmar la diferencia, el orgullo de ser gay, mujer, musulmán, negro, indígena o albano-kosovar; es decir, no la moderna aspiración a la igualdad por encima de la "identidad" cultural, sexual, étnica o religiosa de cada cual, propia de las tradiciones republicanas, sino la afirmación de la diferencia. De más está decir que si estas tendencias llegaran a generalizarse, asistiríamos a la ruina de la política y a la desaparición del espacio público compartida.

Lo mismo ocurre cuando la pertenencia a una comunidad tribal tiene preeminencia sobre la común condición de ciudadanos. Esta deriva parece ignorar una de las mayores conquistas de la modernidad: la emancipación del individuo de su grupo de pertenencia, el descubrimiento (o la invención) de que los sujetos tienen derechos al margen de la religión, la raza, la nación o la clase a la que pertenezcan. Si la política se concibe como un edificio dividido en habitaciones en las que cada parte es soberana, se la convierte en una tarea imposible. Desaparecería como espacio de articulación y síntesis, y su lugar sería ocupado por la guerra de todos contra todos.

La política no es posible cuando no hay espacio público, ese lugar donde se ponen en juego los diferentes intereses y deseos, donde se consideran las distintas reivindicaciones, y cuyas síntesis y decisiones casi siempre implican ignorar algunos de esos intereses particulares en aras de lo que algunos llaman "bien común" y otros, justicia. Eso es lo que también ocurre cuando el reclamo identitario pasa al primer plano, indispuesto a la negociación y al compromiso inherentes a la política, o cuando se incursiona en el espacio público sólo para hacer valer "lo propio".

Está claro que cuando a eso se reducen mis inquietudes, es lógico y racional que sólo confíe en los de mi "tribu" y exija que como tal tribu estemos representados. Y hay suficientes datos disponibles en el mundo que indican que eso efectivamente está ocurriendo. Antes se pensaba que la legitimidad de un interés o un reclamo dependían del contexto de ese reclamo y de su contribución al "bien común". Ahora, cualquier exigencia de representación (sobre todo si se hace en nombre de una identidad minoritaria, de un particularismo real o supuestamente discriminado) se considera en sí misma legítima.

Por lo demás, hay que decir que detrás del carnaval identitario subyace una idea esencialista de la identidad. Según ese punto de vista, la identidad no se elige, sino que es algo que a uno le cae encima, le viene desde los orígenes. Para quienes hacen de la propia identidad algo esencial, conviene recordarles que en los tiempos modernos nuestras identidades cambian y se solapan a lo largo de nuestras existencias y, más importante aún, que si estuviéramos abocados a vivir nuestra identidad y nuestra condición social como un destino irrevocable la política estaría de más. A lo sumo, asistiríamos a una guerra para ver quién se impone a quién.

Anticipándome a posibles reparos, aclaro que lo que está en juego aquí no es el derecho de cada cual a tener "su propia identidad", sino la relación de esas identidades grupales con la política. La pregunta ineludible es si la política debe ser una esfera en la que esas particulares identidades, sensibilidades que existen en la sociedad deben estar representadas como tales para defender "lo suyo" o si debe ser un ámbito en el que esas diferencias deben estar sometidas a nuestra universal condición de ciudadanos (y a la postre, de seres humanos).

No se trata de negar esas diferencias, sino de reivindicar, como hizo en una época la izquierda, la igualdad fundamental de los individuos por encima de sus diferencias de sexo, costumbres, razas, y de cualesquiera otras "identidades". Y para eso está la política (en particular una política progresista), para "despreciar" esas diferencias en el sentido de que ninguna de ellas puede estar por encima de los derechos universales.

No voy a concluir estas líneas con el lugar común de que entre el reclamo identitario y la violencia asesina del fanático de un club de fútbol sólo hay un paso. No, hay muchos pasos. Pero no son pocos los que, en nombre de una particular identidad supuesta o realmente marginada u oprimida, terminan dándolos.

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