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Armero, 23 años después

AFP
En noviembre de 1985 unas 25.000 que vivían en Armero fueron sepultadas por una avalancha de lodo, en la peor tragedia natural ocurrida en Colombia.

Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia

Hace calor, 40 grados. El barro reseco, convertido en una capa pétrea, retiene con rigor el pasado de Armero tirado por el piso. Los restos revueltos de la vida cotidiana parecen aquí y allá. Sólo el viento hirviente de este valle produce un sonido interminable, el resto es el mismo silencio de hace veintitrés años cuando el gran ruido acabó con la ciudad.

En el gran desorden de la muerte, la mano del hombre ha vuelto, pero esta vez sólo para afirmar sobre el piso las cruces de los muertos. Centenares, miles de recuerdos en cemento o madera sobresalen en este interminable peladero donde sólo quedan las hilachas de lo que alguna vez fue le activa vida de la ciudad de Armero.

En estos lugares alguna vez florecieron la vida y el amor. Hoy, bajo una capa de uno con ochenta metros, aún se escuchan las voces del horror, y hasta los visitantes, que practican el más macabro turismo, se ponen en situación y quedan abismados por el rigor de la tragedia. Y eso que faltan muchas cruces. La gran mayoría de los muertos no tienen quien los visite, porque los deudos también murieron en Armero. Ahí, sobre las calles aún señaladas por la cuadricula que fue, aparatosamente se sostienen las ultimas ruinas de la ciudad, invadidas por la frágil vegetación nacida del lodo y la ceniza.

Un olor dulce anda sobre los ladrillos y las arboledas. Es el olor de la muerte, de los insepultos. Grandes espacios vacíos sugieren un drama aún más intenso: donde no hay cruces, no hay recuerdos, pues nadie quedó para llorar.

El gran desorden se multiplica por todos lados, y durante cuadras y cuadras vuelven a surgir los restos de los objetos que también murieron juntos con sus dueños. Pero como si se tratara de rehacer, aunque fuera simbólicamente, la imagen brumosa de sus habitaciones, los armeritas sobrevivientes han querido levantar pequeños túmulos funerarios en forma de casa. Un cierto animismo se percibe en el lugar. Al fin y al cabo, en cada espacio, en cada piedra, ronda el espíritu de los muertos. Más que en cualquier otro lugar, en este desierto se percibe la intensidad de la muerte, el rigor de las desdichas, lo efímero de la existencia y de la condición humana.

Los que sobrevivieron la recuerdan muy bien. Una inmensa piedra venía a la vanguardia de la avalancha, peinando arrolladoramente las calles y las casas. Muchos dicen haber visto sobre ella, en el despelote de aquella noche, a dos pequeños diablos que cabalgaban encima fumando tabaco. Ahora, en su lomo han quedado las palabras sentidas de alguien que volvió a su tierra.

Y no lejos de allí, en una loma, duermen tranquilamente los muertos de antes. Por una desatinada paradoja del destino, el cementerio de Armero sobrevivió intacto a la avalancha. Todo en torno suyo quedó aplastado, postergado durante aquella atronadora jornada.

Más arriba, hacia el terrible río Lagunilla, cauce mismo de la muerte, los vestigios de una iglesia surgen entre la luz caliente de Armero. Una banca descompuesta recuerda a la desaparecida feligresía; en torno, las ruinas viven una siesta infinita, un sopor repleto de pesadillas al atardecer.

Este paisaje en nada recuerda a aquel pueblo colorido y agitado que era Armero antes de que se lo llevara el barro. Armero no huele hoy a campo; permanece la humedad que no tiene de donde agarrarse. Al fin y al cabo, sobre las ruinas, solo crecen la hiedra y las lágrimas. Literalmente, allí todo ha sido desarraigado, sacado de cuajo de la vida e instalado de un solo golpe en los territorios impredecibles de la muerte.

Sobre lo que era la calle principal de la ciudad se ha levantado una carretera que bordea el escenario mismo de la ruina. Todo debe seguir como la vida misma y con el fondo tétrico de la destrucción. El presente pasa raudamente sobre los entretelones de la muerte.

En medio de las tumbas hay quienes no olvidan: un hombre se inclina para orar sobre lo que fue su casa, frente a este túmulo que le recuerda a quienes quería. A dos pasos alguien meticuloso y con un pragmatismo doloroso reivindica su propiedad sobre una ruina. Y desde luego, la tumba de la niña Omaira Sánchez es visitada. Se la ha vuelto milagrosa, víctima no sólo de la avalancha sino de la explotación periodística y comercial de su tragedia.

Tierra de nadie y de todos. Así es Armero hoy; campo santo y campo solo; monumento natural a quienes aquí vivieron y padecieron la muerte.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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