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AFP
En el Palacio Miraflores de Caracas, Hugo Chávez saluda a Clara Rojas a pocas horas de su liberación.
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Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina
"Debo reconocer que ha sido eficaz el proceso adelantado por el presidente (Hugo) Chávez, quien ha logrado la liberación unilateral e incondicional de nuestras compatriotas", dijo esta semana Álvaro Uribe Vélez sobre la liberación de Consuelo González y de Clara Rojas, dos de los aproximadamente 700 rehenes que, se estima, tienen en su poder las Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Cualquiera que conozca apenas algo del proceso político de ese país pudo imaginar que pronunciar la frase tuvo para el primer mandatario colombiano un efecto similar a digerir una cucharada desbordante de hiel.
O quizás no. Pero las evidencias sugieren que no era éste el proceso con el que Uribe deseaba obtener la libertad de prisioneros de las FARC, y menos aún que fuese Chávez quien apareciera públicamente como el hacedor del milagro, algo en lo que Uribe ha fracasado reiteradamente durante los cinco años que lleva en la presidencia de Colombia.
Decir que el desenlace del episodio fue sorpresivo es incurrir en una subvaloración del mismo. La acción político-diplomática de Chávez en esta cuestión estaba vigente desde agosto pasado, pero el último día del año había terminado en un embarazoso fracaso para el venezolano y para algunos otros gobiernos latinoamericanos que acompañaron su esfuerzo, sobre todo el de la Argentina, que envió una delegación encabezada por el ex presidente Néstor Kirchner.
Uribe conoció entonces un instante de triunfo político porque, aun cuando lamentó retóricamente el fracaso de un operativo humanitario de entrega de rehenes, pudo acusar a las FARC de no tener intención real de hacer efectivas las liberaciones y, además, de mentir a Chávez y al mundo prometiendo la entrega de un tercer rehén -Emmanuel de cuatro años, nacido de Clara Rojas durante su cautiverio- que ni siquiera tenía en su poder.
Ocho meses después de nacer -relató ahora la madre liberada- Emmanuel fue entregado por las FARC a un habitante de la zona en que operan sus guerrilleros, y el niño terminó en custodia del sistema de seguridad social de Colombia. Aunque no está en claro desde cuándo el gobierno colombiano sabía de esta entrega, el anuncio en el día en que el operativo fracasó fue el diamante con el que Uribe decoró el collar de cemento que colgó sobre el cuello de las FARC y, por extensión, sobre el de Chávez y de quienes lo asistieron.
Uribe endureció su política en los días siguientes e hizo el lunes pasado que su canciller, Fernando Araujo, anunciara el lunes 7 que Bogotá no permitiría más operativos similares en su territorio conducidos por gobiernos de terceros países. Este momento fue penosamente breve para Uribe: duró apenas una semana.
El miércoles 9 Chávez -sin la puesta en escena mediática que había caracterizado el primer intento- aprovechó su asistencia a un evento deportivo y anunció casi al pasar que ya tenía en su poder las coordenadas geográficas en las que las FARC entregarían a González y Rojas, y que había instruido a su canciller Nicolás Maduro para que solicitara a Colombia la autorización necesaria.
Fuentes diplomáticas en Buenos Aires sugirieron que hizo algo más: Chávez habría llamado telefónicamente a su colega francés Nicolas Sarkozy para que ejerciera su influencia sobre Uribe y lo instara a no responder de modo negativo a su solicitud. El gobierno argentino fue uno de los que Chávez eligió para mantener informado de sus movimientos, en virtud de su apoyo a la gestión venezolana. En cualquier caso, Uribe, a esta altura recluido en una residencia veraniega, no tenía mucho margen para negarse o para dar largas al operativo. No podía aparecer impidiendo la liberación de dos mujeres con más de seis años de cautiverio en la selva colombiana.
De este modo, después de un año que contuvo varios sinsabores, notoriamente el referéndum popular para una reforma constitucional que perdió en las urnas, Chávez produjo un asombroso regreso al centro de la escena y se adjudicó un triunfo político mayor. Hasta un vocero del Departamento de Estado estadounidense, Tom Casey, debió decir en Washington que su país "da la bienvenida a los buenos oficios de cualquier individuo que ayude" a asegurar un proceso de liberación de rehenes. Léase bien la frase: donde dice "cualquier individuo" hay que leer en verdad Hugo Chávez, un nombre que el gobierno estadounidense no desea pronunciar en ningún contexto positivo.
El futuro de la cuestión está rodeado de grandes signos de interrogación. Chávez ha asegurado que insistirá en negociar con las FARC más libertades y se sabe ya que Sarkozy está personalmente interesado en que el desarrollo de ese proceso avance por lo menos hasta lograr la libertad de Ingrid Betancourt, una ex candidata presidencial colombiana que también tiene nacionalidad francesa.
Parte del problema es que Uribe parece seguir interesado sólo en una solución militar y en que las FARC habitan hoy un territorio en el que se mezclan la identidad insurgente de esta organización con la de un grupo del crimen organizado por sus acciones en el espacio del secuestro extorsivo y de la producción de narcóticos. En el 2003, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) les adjudicó a las FARC un presupuesto anual de más de 300 millones de dólares de los cuales dos tercios provenían, dijo, de su vinculación con el narcotráfico.
Por lo demás las FARC han obtenido en esta oportunidad de Chávez una dosis de respetabilidad mínima que hace tiempo buscaban infructuosamente y es muy posible que intensifiquen sus demandas para seguir negociando la suerte de al menos 44 rehenes a los que han declarado "canjeables". Demandan la libertad de unos 500 de sus cuadros prisioneros del gobierno -incluyendo dos que ya fueron extraditados a Estados Unidos- y la declaración de un territorio libre de operaciones militares del Ejército regular. Las dos rehenes liberadas el jueves 10 parecen haber traído prueba de que esos secuestrados siguen con vida.
En algún momento reiterarán su pedido de diálogo directo con el gobierno de Uribe. Cabe recordar que el 20 de noviembre pasado Chávez sugirió que podía articular una negociación directa entre Uribe y Manuel Marulanda, el comandante "Tirofijo", líder histórico de las FARC desde su creación en los 60. Si uno se atiene a la marcha de otro proceso similar en Colombia, las esperanzas se acotan. Uribe y el Ejército de Liberación Nacional -ELN, el segundo grupo guerrillero del país- vienen negociando desde octubre pasado con la asistencia de Cuba un cese del fuego sin resultados visibles.
Los antecedentes históricos muestran la complejidad del problema. En 1985, y como resultado de una negociación emprendida por el gobierno del ex presidente Belisario Betancourt, las FARC se desmovilizaron parcialmente y hasta formaron un partido político, Unión Patriótica, que obtuvo un modesto éxito inicial en los comicios. Sin embargo, el asesinato sistemático de sus cuadros de superficie hizo que el proyecto fracasara. En los años 90 otro presidente conservador como Uribe, Andrés Pastrana, les concedió una extensa zona desmilitarizada. Sin embargo, para el 2002 la negociación había colapsado. Tal es la frágil materia de que está hecho el sueño de pacificación colombiano.
Terra Magazine