Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Terramagazine

Las pirámides colombianas eran de papel

EFE
La furia de los estafados causó disturbios en algunas ciudades colombianas.

Antonio Morales Riveira
Bogotá, Colombia

Más que un descalabro económico, la tragedia financiera de decenas de miles de colombianos que entregaron sus ahorros en los últimos años a empresas de captación de dinero abiertamente ilegales, es metáfora y ejemplo nítido de la descomposición generalizada de la sociedad colombiana, tras 25 años de influencia del narcotráfico y de la instauración de una cultura mafiosa en todos los niveles de la vida social.

La punta del iceberg que ha aflorado en los últimos días, permite ya presagiar las dimensiones del entuerto. El 12 de noviembre estalló la crisis cuando una de las tantas empresas captadoras se negó a entregar, no solo los dividendos a miles de colombianos, sino también el capital invertido.

De norte a sur del país las gentes acudieron a las decenas de sedes de la fantasmagórica empresa y se encontraron o bien con oficinas cerradas o con empleados que tan solo argüían que no había dinero. ¡Ahí fue Troya! Las turbas invadieron las oficinas, las saquearon, algunas fueron quemadas, se enfrentaron con la policía a anti-motines, causaron todo tipo de desmanes reclamando el dinero que les habían estafado. Un personero municipal inocente fue asesinado.

La reacción de las autoridades fue moderada y salvo algunos casos de toque de queda en ciudades del sur del país, por lo menos la situación de orden público parece controlada. Que no los orígenes ni las consecuencias del enorme problema para la sociedad y el gobierno.

Basta tan solo conocer el nombre de la empresa "quebrada" que originó el temporal, para entender la profundidad del problema económico y social. La sigla parece anodina, D.R.F.E. Pero detrás de las letras está la síntesis del gravísimo problema de ética social (de los bandidos que montaron el negocio y de quienes accedieron a él) de ansiedad, de necesidad y de pérdida del norte moral de amplios sectores de la población. Dinero Rápido, Fácil y Efectivo. Así se desmenuza la sigla. Y tal es el designio y destino de una sociedad imbuida bien por la necesidad de enriquecimiento o por la ganancia inmediata que asegure la subsistencia, en un país con un desempleo desbordado y una crisis social desatendida por un estado al que sólo le interesa la guerra contra las Farc.

Dinero: tal es el signo de los tiempos presentes, futuros y del pasado mafioso de Colombia. Desde cuando en los años ochenta el narcotráfico irrumpió como un sector social de recambio frente a una burguesía tradicional egoísta y en no pocos casos igualmente delincuencial, la sociedad colombiana cambió sus tradicionales valores de esfuerzo, su cultura del trabajo, por el determinismo único del dinero. Potenciada la necesidad del metálico por el avance del consumo y en una post modernidad tercermundista pero igualmente ansiosa de producción y de objetos, Colombia transitó caminos de pérdida de valores y se instaló en una dinámica de necesidades muchas veces falsas o simplemente ampliadas por los medios y la publicidad. Así surgieron los sicarios de Medellín, los paramilitares y se consolidó el narco como epítome nacional. Y a la cabeza, el dinero, dólares, pesos o euros, como obsesión colectiva, como paradigma social y como reemplazo de las manifestaciones culturales propias de una sociedad que fuera productiva. Y justamente el dinero, visto de esa manera, no podía ser un elemento ligado a la productividad sino a la adquisición sin esfuerzo de bienes, de lujos y de falsos íconos de progreso.

Fácil: En la dinámica de la acumulación de dinero personal en el común de las gentes, o de grandes capitales en quienes jugaban al enriquecimiento, la facilidad era el altar donde se tendría que celebrar el ritual de la riqueza. Así lo consagraron los narcos que obtuvieron fortunas de cientos de millones de dólares en tres o cuatro años, los paramilitares que se robaron el 50% de las tierras productivas, o el gran pulpo de los corruptos que saquearon las arcas de la nación repetidamente.

La lectura para el común, era pues, conclusiva: si ellos lo hacen, si lo hacen los dirigentes, los políticos, los industriales y comerciantes (cómplices del narcotráfico, no pocos lavadores de activos) ¿por qué no nosotros? La sociedad colombiana durante dos décadas ha vivido al ritmo de esa facilidad, que necesariamente bordea lo delincuencial o por lo menos lo ilegal. La estafa ha estado al orden del día, y fue en ese contexto que surgieron las llamadas "pirámides" que como en Egipto no solo tienen una estructura de crecimiento por la base, sino que guardan un supuesto tesoro.

Bastaba entonces creer tontamente en ese mito de la facilidad y creer que era posible, sin que ello guarde un gato encerrado, que obtendrían interés hasta del 75% por los grandes o pequeños capitales invertidos Fácil: Y desde luego, la facilidad no lo sería si a ello no se agregara la partícula volátil de la rapidez. La cultura mafiosa así lo expresa. No sólo se deben hacer negocios fáciles, sino rápidos. La necesidad del consumo, del poder, no da espera. Y eso era lo que garantizaban las pirámides, una inversión con réditos inmediatos, pegada con babas, imposible de sostener, aun así lo quisieran los receptores del ahorro.

Efectivo: En especie, en líquido, en billete. Sin las cortapisas de los sistemas bancarios, del capitalismo que enreda, que ejerce la usura. Las gentes entregaron sus fajos de billetes que se acumularon en las arcas piramidales. Plata, pura plata, contante y sonante, como la de los mafiosos, como los paquetes de dólares de las Farc o de los paras, de los capos y de los señores de la guerra. Visión primaria y volcánica de la riqueza, física posesión de papel moneda, exaltación del poder del bolsillo hinchado. Los ahorradores colombianos fueron bien dirigidos por esa "cultura" mafiosa y así lo quisieron.

Claro que, detrás de esa perversión moral generalizada de estafadores y estafados, hay razones objetivas y no solo subjetivantes como la influencia de la mafia en el corazón del pueblo. Cansados de enfrentar sin futuro las necesidades, cansados de acceder a un régimen bancario del cual no eran clientes sino más bien los bancos eran clientes del explotado público, optaron por la facilidad, la rapidez y no por la seguridad en la inversión. Con sistemas de usura en los intereses y demás imposiciones escabrosas, las entidades financieras no fueron depositarias de la fe, que se trasladó directamente a los hampones de las pirámides. Y, desde luego, sin olvidar que las condiciones generales del pueblo con alguna capacidad de ahorro, no son mejores que las de aquellos que viven de modo menesteroso.

Aunque el común denominador de los estafados era el enriquecimiento inmediato, no hay que desconocer que miles de esas personas ni siquiera eran propietarias del dinero invertido. Se lo habían prestado los propios bancos o los amigos. Muchos querían asegurar la vejez, la universidad para sus hijas, su salud. Y ahora, como único recurso en miles de casos, solo pueden acercarse a la fiscalía para denunciar la estafa y esperar a ver lo que pasa.

El gobierno nacional, en cabeza del presidente Uribe, nada hizo. Tan solo dejó crecer, dentro de la mayor indolencia, el piramidal negocio. Y ahora, en un increíble descaro, acepta que las medidas preventivas no fueron tomadas y de manera demagógica elabora una lista de los más pobres para tratar de resarcirlos. No hay que olvidar que Uribe no solo está en guerra y que a ello le dedica la mayor parte del presupuesto nacional, sino en campaña para hacerse reelegir por segunda vez. No existía, ni existe legislación para controlar las pirámides y Uribe se inventa paños de agua tibia para mitigar su enorme mediocridad.

Los casos no son solamente individuales. Algunas empresas también entraron en el baile, como el caso de un club de la liga profesional de fútbol, el deportivo Pasto, a cuyos dueños se les esfumaron mil millones de pesos (500.000 dólares) en la pirámide.

El robo pues, es faraónico, monumental. El gobierno tratará de controlar el fenómeno, pero todavía centenares de empresas piratas, captadoras de billetes, siguen funcionando, y lo que es peor, los colombianos que acuden a ella, en muchos casos no han perdido la confianza. Porque esa confianza es la utopía, el sueño, el delirio de volverse ricos o menos pobres, a la vuelta de unos días.

Con el caso de D.R.F.E (600.000 millones de pesos esfumados) el asunto apenas comienza. Ya vendrán nuevas denuncias, nuevos disturbios. Y seguramente la fe perdida en lo legal impulsará a otras formas de ilegalidad. En dos décadas la sociedad colombiana construyó opciones colectivas mafiosas. El gobierno actual es el más claro ejemplo de la disolución moral. Si nos tomó ese tiempo deconstruir la moral y asumir el credo mafioso, ¿cuánto nos tomará reconstruir el tejido de lo ético?

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español