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¿Consumidores desatinados o contribuyentes perjudicados?

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Calculado en su relación con el PBI, el endeudamiento familiar llegó a un 100% en 2007.

Luiz Gonzaga Belluzzo
San Pablo, Brasil

En los últimos diez años, entre el primer trimestre de 1998 y el mismo período de 2008, el PBI de los Estados Unidos creció un 31%, o sea 2,7% al año. El consumo de las familias trepó 3,4% por año y elevó su participación en el PBI de 67,1% al 71,6%. No es necesario ser experto para llegar a la conclusión de que el "ajuste" se dio mediante la reducción del ahorro familiar, que cayó del 4,7% a un 0,2% del PBI.

Los gastos de las familias norteamericanas crecieron muy por encima de sus ingresos disponibles, incentivados por la expansión acelerada del endeudamiento. En la última década, contradiciendo la experiencia de los años 50 y 60, el crecimiento del consumo familiar se despegó de la evolución de los ingresos. Se transformó en cada vez más dependiente del efecto riqueza.

En Estados Unidos la integración del comportamiento de los consumidores en la lógica del desarrollo capitalista comienza a definirse entre el final del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En ese período se intensificaron la suburbanización de las ciudades y la difusión de los artículos durables, particularmente los automóviles. Estos fenómenos serían incomprensibles sin el desarrollo del crédito para el consumo, apoyado en las técnicas publicitarias relacionadas con la competencia exclusivista.

La constitución de un sistema de protección social en los años 30 y las políticas de sostenimiento de los ingresos y el empleo contribuyeron de manera decisiva en el avance del "consumo capitalista" en la segunda mitad del siglo XX. Este componente de la demanda se debe calificar de esta manera debido a la forma de financiamiento del gasto. Las nuevas modalidades de crédito (tarjetas de crédito, por ejemplo) y la valorización del stock de riqueza a lo largo de los ciclos de expansión pasaron a tener más peso en las decisiones de gasto de las familias, desvinculando el consumo del ingreso corriente, convirtiendo este componente del gasto cada vez más dependiente del endeudamiento. Actualmente la deuda de las familias norteamericanas en promedio supera un 40% sus ingresos anuales disponibles. Calculado en su relación con el PBI, el endeudamiento familiar llegó a un 100% en 2007.

En los últimos diez años las familias norteamericanas (a pesar del modesto crecimiento de los ingresos y el empleo) aprovecharon los beneficios del aumento de productividad de los trabajadores asiáticos. Como si no fuera suficiente con las ganancias por el ingreso real que proporcionaron con los precios más bajos de fabricación, los emergentes exportadores pasaron a destinar las reservas acumuladas al financiamiento del déficit en cuenta corriente y el déficit fiscal de su contraparte consumidora. De esta forma, el ahorro de los asiáticos garantizó tasas de interés favorables para sostener la ola de felicidad.

Este engranaje provocó la multiplicación de innovaciones peligrosas, el superestímulo de las posiciones y la propagación de los derivados del crédito. Bancos comerciales, de inversión, administradores de fondos de pensión, fondos mutuos, private equity funds, sin hablar de los hedge funds, todos creyeron con certeza que estaban blindados contra los riesgos de mercado, de liquidez y de pagos. El crédito elástico y barato, en un ámbito de desregulación financiera, fomentó la competencia entre gestores de la nueva riqueza (empeñados en atraer a los inversores con desempeños formidables) y fomentó la creencia de que no había ni habría límites para la Santa Alianza entre la creatividad financiera y el consumo desbocado.

Los precios de los inmuebles cayeron abruptamente. Las ilusiones se convirtieron en una dura realidad: los activos (las casas) valían menos que la deuda contraída para su adquisición. Al mismo tiempo se precipitó la avalancha de incumplimiento de los deudores de menores recursos, captados con la promesa de intereses módicos y un período de gracia de dos años para comenzar a pagar.

Los líderes de las operaciones financieras globales, otrora prominentes y confiables, pasaron a suplicar el socorro de los bancos centrales y los Tesoros. Hay quienes se rebelan contra la socialización de las pérdidas, la utilización del dinero público para impedir el colapso de los codiciosos. Otros recomiendan que el socorro sea prestado con la imposición de duras condiciones a los temerarios para impedir que sus incompetentes imprudencias sean premiadas. Los lobbistas del mundo de las finanzas trabajan para descargar el resto de las operaciones malogradas sobre las espaldas de Paulson y Bernanke: los securities derivados de las tarjetas de crédito y el financiamiento de los automóviles. Los congresistas exigen que se preste ayuda a las familias amenazadas de perder su hogar, dulce hogar.

Los Bernankes de la vida están condenados a cumplir la misión que les fue confiada, a hacer lo que fuera necesario para impedir el colapso financiero, contener la desvalorización desordenada de activos y remediar los probables impactos negativos sobre la economía real, la del trabajo y la retribución por el trabajo. Estas son las verdaderas reglas del juego: cuando la cosa se pone fea, no existen límites para salvar al capitalismo de sí mismo. Se trata de colocar la supervivencia de las relaciones de propiedad -en su forma más general y abstracta- por encima de las reglas que, en tiempos normales, regulan la circulación de los derechos de apropiación y de propiedad sobre la riqueza. A la hora del "veremos" es necesario colocar la propiedad a salvo de la irracionalidad de los propietarios. (En medio del pánico, como el lector ya sabe, la gente trata de vender rápidamente, con generosos descuentos, los activos más líquidos, ya que la basura, totalmente ilíquida, no tiene precio).

En 2001 el jefe de Asesores Económicos de George W. Bush, Ben Bernanke, sugirió que las autoridades monetarias efectuaran la compra directa de acciones como método adecuado para impedir el desmoronamiento de los precios suscitado por la explosión de la otra burbuja, las llamadas dot.com (punto.com).

William Buiter, ex miembro del Comité de Política Monetaria del Banco de Ingleterra y economista de la London School, recomendó sin rodeos en su blog de Internet: las autoridades monetarias deben abandonar los escrúpulos. Ante las particularidades de la actual crisis, marcada por el colapso de la liquidez en los mercados de secutirites y, por lo tanto, por la imposibilidad de que los precios sirvan de guía para compradores reticentes y vendedores desesperados, los bancos centrales deben operar como market makers de última instancia y no simplemente como prestamistas finales para un sistema bancario ávido de liquidez.

Hay que impedir que el avance de la crisis llegue a los bancos comerciales. Éstos no son simples intermediarios financieros, sino que ostentan la prerrogativa de conceder préstamos que exceden el valor de sus depósitos. Estos depósitos sirven como medio de pago y esta circunstancia los diferencia de los demás intermediarios financieros. La red de pagos formada por el sistema bancario es crucial para el funcionamiento adecuado de los mercados. Constituye la infraestructura que facilita el clearing y la liquidación de operaciones entre los protagonistas de la economía monetaria. Las dificultades de estas instituciones que están en la base del sistema de abastecimiento de la liquidez y de los pagos, se transforman inevitablemente en dificultades para el conjunto de la economía.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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