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Sólo para fumadores, de Julio Ramón Ribeyro

Dr. Blofeld/Cortesía
El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.

Vinicius Jatobá
Rio de Janeiro, Brasil

Tal vez además del arte del cuento solamente la compacta y precisa escritura teatral demande tanto talento. En la vasta geografía que es el cuerpo de toda novela un punto mal cocido se torna una mancha, un nudo discreto, en el puntillado suntuoso. El cuento no perdona. No hay zona gris y remendarlo siempre es mucho peor. Por ese motivo, es una gran felicidad estar ante Julio Ramón Ribeyro: Sólo para fumadores es una antología obligatoria para todos los amantes del arte de la narrativa corta.

Elegidos de un opus de casi una centena de relatos, los trece textos de la bella edición trazan un panorama generoso de un itinerario magistral y discreto. Magistral, porque la naturalidad con que las narrativas son enmarcadas solamente el dominio total del oficio puede imprimir. Discreto, porque el peruano Julio Ramón Ribeyro es tan desconocido que, incluso, la propia ignorancia general se avergüenza por no conocer su legado. Pasando por diversas clases sociales, los cuentos reunidos traen una mirada complementaria de la sociedad peruana que el lector dedicado de las novelas de Vargas Llosa tiene.

Leer el tomo "Sólo para fumadores", con relatos que abarcan toda la vida de Ribeyro, es dar un paseo curioso por las diversas tonalidades e intenciones de la prosa latinoamericana. De los cuentos más abiertamente políticos de la juventud ("Los gallinazos sin plumas" y "Al pie del alcantarillado"), a los experimentos más humorísticos y surrealistas de la mediana edad ("Rider y el pisapapeles", "Los jacarandás" y "El polvo del saber"), culminando con los relatos francamente autobiográficos de la madurez ("Sólo para fumadores" y "Tía Clementina"), leer Ribeyro también es leer el desencadenamiento de la literatura del continente: la prosa como instrumento de cambio social de los años de 1940, los lúdicos años de 1960 de la revolución cubana, que fue el ambiente que propició el espacio para abrigar a coda de la más extraordinaria y experimental prosa latinoamericana, y la resaca ideológica de los años de 1980 con su inmensa nostalgia y fragmentación de sueños y proyectos e incluso, la misteriosa dispersión de su fuerza creativa.

Es un libro que nos hace preguntar a dónde se fue la ambición estética y política de América Latina que contagia. La colección Prosa del Observatorio tiene ese nudo melancólico y es de desear que traiga libros como Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández, El Acoso, de Alejo Carpentier, o Los Adioses, de Juan Carlos Onetti, entre muchas otras novelas, para mostrarles a los latinoamericanos de expresión portuguesa la riqueza algo olvidada del continente y los caminos para amarlo de nuevo.

El cuento "Sólo para fumadores" es tan interesante que invita al plagio. Es el punto máximo de una forma de organizar la memoria común de los relatos de Ribeyro, que son manifestaciones del deseo obsesivo; y más: la descripción e investigación del comportamiento humano ante la conquista de lo que se desea.

Un espejo se rompe y toda una casa pierde el sentido; una mujer recuerda tanto a un profesor universitario de la sombra de otra mujer, que acaba sustituyéndola; se esquiva con diversas artimañas de luchar directamente por algo que, al llegar el momento de la posesión, el tiempo ya ha devastado su belleza y presencia; el dulce se mantiene dulce solamente en el recuerdo; y un objeto amado arrojado en la penumbra unirá dos culturas, dos continentes y una identidad, de la forma más absurda posible.

Los personajes de Ribeyro sufren del vaciado de sentido que todo intenso deseo consumado tiene. Y si la muerte es la consecuencia de mantener el sentido perdido, es eso que el triste "Sólo para fumadores" enseña. Cuento de la autodestrucción y de la autoafirmación, es un relato en el que el personaje se afirma por el vicio continuado y progresivamente mortal de fumar. Cigarrillo tras cigarrillo, melancólico, el narrador reconstruye su vida a través de los relatos y de las aventuras en torno de su vicio obsesivo.

El problema es que muchas veces es la muerte, siempre ella, que amenaza la comodidad de la lógica del cotidiano, del placer pequeño que organiza los afectos. Y es de esa crisis y de ese impase que nace la belleza del cuento y con innumerables variaciones, la belleza de ese tomo sabroso e instigador.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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