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Claudio Leal/Terra Magazine
Cuando era operario, el 'Ambia' cortaba pedazos de sacos de cemento para registrar instantes poéticos.
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Claudio Leal
La Habana, Cuba
Qué tipo, este poeta Eloy Machado en la tarde habanera. Ojos cansinos de quien aspira a la delicadeza de vivir y morir en un bar, Eloy es 'El Ambia', bardo de los negros cubanos, 68 años. Se impone en el paso de Changó y de Obatalá, en las cuentas de sus orixás, en la cadencia sabia del vaso de cerveza.
Bajo los árboles del patio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, un hermoso caserón del barrio de Vedado, en La Habana, el Ambia mastica las palabras; antes que resuelva soltarlas, ellas penden de su boca, musicalmente:
-Dormía en el parque y en las sillas con mi madre. Mi infancia terrible... Gracias a la Revolución me hice una persona famosa en mi país. Famosa, no. Aceptable.
Nacido en la calle San Lázaro, soportó una pobreza febril. La madre limpió baños de prostíbulos para mantener a los dos hijos (le dedicaría a ella el poema Pobrecita mi mamá). Más tarde, en el oficio de operario, el Ambia cortaba pedazos de sacos de cemento para registrar instantes poéticos.
En una obra de construcción, el comandante Efigenio Ameijeiras Delgado, veterano del Granma y de la Sierra Maestra, conoció los versos del poeta municipal. Los llevó al poeta federal, Nicolás Guillén. No era su nacimiento, sino su bautismo literario.
No acaba de referirse a Ameijeiras y el general surge entre las sillas del bar.
-Un momento. Voy a hablar con el comandante.
Con una gorra, paso lento, Ameijeiras busca compañía para un trago. Aunque salude de formal general, no se demora. Una amiga le pide al poeta que lo presente a la mesa. "No, déjelo allá", reacciona el Ambia, algo cabreado.
-Un comandante que es un hermano -define.
Pasado el minuto del saludo protocolario, quitémonos el sombrero para presentar al monarca de esta tarde. Autor del poema Soy todo, musicalizado por José Loyola Fernández y grabado por el grupo Los Van Van, convertido en éxito nacional, el Ambia entrelaza la nostalgia de los ancestros africanos con el amor telúrico por Cuba. Borracho de Abakuá y de rumba.
Amigo del compositor Pablo Milanés, sonríe también recuerdos de la fase cubana del cineasta Glauber Rocha, que le fue presentado por Sara Gómez y Tomás Gutierréz Alea. Glauber contaba historias de Bahía, del Candomblé, de la hermandad oceánica que unía La Habana a la negra Salvador Bahía, en Brasil.
-Él era baiano. Baiano, peludo y loco... ¡Un loco! Era un loco. Oh, oh, oh... Glauber tenía una locura. Es como si lo estuviese viendo delante de mí.
Los ojos se encienden al hablar sobre África, Cuba y Bahia. La musicalidad de sus poemas resuenan las influencias afrocubanas. Nada extraño a la matriz mitológica en que Changó dispensa soldados y recurre solamente a un canto para vencer al Dragón. En "Soy todo", hace un testamento étnico y poético:
"Yo soy el poeta de la Rumba
Soy danzón, el eco de mi tambor
Soy la misión de mi raíz,
la historia de mi solar
Soy la vida que se va,
ay, que se va
Soy los colores, del mazo de collares
Para que mi raíz no muera, yo soy ají
Yo soy picante
Soy el paso de Changó
Y el paso de Obatalá
La risa de Yemayá
La valentía de Ogún".
Dudar, ¿quién va a dudar? Después de oír estos versos, un amigo le dio un abrazo: "Ambia, El que no sabe eso, no sabe nada". Pero sus pasos lentos inducen al error. Se olvidan del silencio y de la tranquilidad mística del poeta ante el envase de cerveza. Él sabe afilar la lengua con la destreza de los orixás. Responde a la provocación del dibujante Osmani Simanca, que pide su opinión sobre la masacre de la Iglesia Católica contra los cultos africanos.
-Creo en la Revolución, que me salvó. No creo en Dios blanco.
Desde las vestimentas hasta el vocabulario, imposible esconder su opción por los negros. "Para mí, negro es negro y blanco es blanco", le dice a una antropóloga que se arriesga a proselitismos delante de él.
¿Es mi raíz, es mi mundo. En mi imaginario, pulula la religión negra. Pulula la católica y la negra. Yo amo la negra.
Publicó el primer libro en 1984, Kamán Lloró. Con creciente admiración, el 'Ambia' profundiza la lectura de sí mismo. Y se siente recompensado.
¿A qué poeta admira más usted?
-Yo.
¿Y el segundo? -Yo.
Por las dudas, ¿un tercero?
-¡Yo!
Como si estuviera dejando algo de duda, completa: "Cada vez que voy a una reunión poética, mato, acabo con ella." Pero tiene vergüenza de su propia caligrafía. "Mi letra es enorme porque yo no sé escribir, yo sé pensar".
En 2005, ganó el Premio Internacional Poeta por la Paz, en Trieste. Y el mundo sigue palpando. "Tengo un poema que quiero ver publicado en Brasil". Saca del bolsillo el manuscrito. "Es un homenaje a Barack Obama". Todavía le falta el título. El poeta pide un bolígrafo y escribe: "Nuevo Sol".
"En ese candor
Resuella la negrura
americana.
Lágrimas de fe
murieron
por calles de soga
manos del nuevo sol
taparan el pasado
una V del color
de Obama razona
a Martí
unipolarizando
el candor de la
negrura
obamasiana".
Dedicado al "nuevo sol", el poema afecta a los que esperan solamente odio y frustración en los diálogos entre Cuba y Estados Unidos. Una trama cultural subvierte los rencores mutuos. Barack Obama, hijo de keniano, tiene el gesto y los movimientos precisos de las danzas cubanas.
Recitado el poema obamiano, el Ambia no quiere más preguntas. Contradictorio, indaga si hay otras. Recobra el aliento. Cuenta como usó la palabra para reaccionar a un comentario racista: "Ahí está el hombre/ Que no es hijo de Xangô/ Y mucho menos de Obatalá/ Que no tiene poder/ En mi corazón...".
Regresa a la charla mañosa, al silencio de la noche de La Habana. Se siente completo por haber definido la poesía como "lindísima, amorosa y comprensiva", salvándolo de sus pensamientos. Reprueba a un amigo desatento y lo atrae a su órbita: "¿Escuchó usted mi definición?".
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