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El páramo amenazado

Mauricio Donado/Terra Colombia
"El páramo esta amenazado en Colombia. Por sus laderas suben siniestros personajes a talar, a arar, y a revolcar la tierra", comenta Antonio Morales.

Antonio Morales Riveira
Bogotá (Colombia)

Había un nuevo mundo, tan nuevo como el agua que gota a gota era chupada por la tierra y guardada en las bodegas, en los tanques infinitos del humus, en las tierras magras y fértiles que fueron y son origen de la vida.

Había un mundo armónico y acuoso, un mundo erótico y diverso, una existencia húmeda que desde los filos de la montañas dejaba caer aguas a chorros hacia los altiplanos, los valles y las cuencas de los ríos para fecundar los campos, la vida y la imaginación de los hombres.

Había una catarata desbordada de pequeños organismos vivos, de grandes matas del monte llorón, de frailejones, musgos y líquenes tiernos. Tapete secular de un templo a la existencia. Altar verde. Lecho donde hora tras hora se sucedían los actos de amor, las sempiternas reproducciones. Cama de coitos de centenares de animales, terreno de la floración y la desfloración.

Había una tierra vasta y enorme, echada sobre los cielos donde los seres vivos se morían de amor. Madriguera de topos y de cuyes. Espacio azul del cóndor, donde los iluminados se tragaban las nubes y los vientos para nutrirse del material etéreo, del tejido sutil de los deseos.

Pero llegaron los necios, los alabarderos, los canónigos purpurados, los empolvados delincuentes de la Real Audiencia, aquellos andaluces cuyo horizonte no era otra cosa que la palidez extrema de sus tierras yermas, repletas de olivares, como una sucesión de tonterías.

Y no entendieron que en la cima de las lomas, en las cuchillas, en las laderas vegetales, había otro nuevo mundo, tan diverso, tan múltiple, tan perfecto en su sincronizado devenir que le rompía su seso de conquistadores, su baba al viento, sus ojos ensangrentados de sangre indígena, sus ojos llenos de brumas, más fuertes, más densas que las del páramo, brumas de la conciencia y de la imaginación.

El territorio sagrado de los ancestros, el páramo sin mácula hollado tan sólo por los pies de los iniciados en los secretos de la vida, poco a poco fue invadido. Al tiempo que se perdía el lenguaje del pasado, también los páramos dejaban de hablar... Hoy sólo se quejan de su desolación los matorrales, el chusque, las lombrices... Allí están desde hace quinientos años los depredadores, los descendientes del bárbaro, del fuego europeo, de la arcabuz y de la horca, de la pira inquisidora del mercantilismo, del enriquecimiento sobre el cadáver mismo de la madre, de la tierra.

Se construyó el futuro sobre el golpe del hacha, heredera de la espada española, de la cruz romana que sojuzgó estas tierras y estos pueblos que vivían aquí antes de la tala general. Y sobrevivieron orgullosos los motoniveladores, los pirómanos de cerros, los aserradores, los colonos, los líderes nacionales de la devastación, los madereros, los neoliberales, los embaucadores, los vende-páramos, y los apocalípticos.

El páramo está amenazado en Colombia. Por sus laderas suben día a día estos siniestros personajes. Suben a talar, a arar, y a revolcar la tierra, a sacar a los muertos a reiniciar sus ritos destructivos.

Ese gran bioma nacional que nace a los 3.300 metros y llega hasta los 3.800, encierra 700 especies únicas en el mundo, 93 familias sin iguales. De esa esponja espléndida que recoge sus propias humedades sale el agua que le da vida a 44 millones de colombianos.

Y como tantas otras cosas en la geografía colombiana, el páramo está enfermo. Su mega diversidad genética, su ecosistema, no da plata. Y lo que no da pesos o dólares no se salva. Algo nos queda en los páramos, y sin ese algo nada sobrevivirá en Colombia. Parece una utopía salvar unas matas, unas aguas, salvar la tersura de las hojas del frailejón, el verde imposible de la naturaleza subyugada por el sol al atardecer, el ruido acogedor de la quebrada que se viene entre las rocas. Hay que evitar que el origen de la vida sea el origen de la muerte de un país.

Para los países del norte, para los adinerados, los desarrollados, nuestros bosques y selvas son apenas laboratorios de experimentación. O apenas hojas, marejadas de hojas que chupan el bióxido de carbono que ellos producen en sus fabricas, con sus guerras, con sus misiles reventados aqui y allá. Nuestras plantas del páramo son convertidas en pastillas, píldoras de alta tecnología de una medicina producida gracias a nuestra vegetación, y a la memoria etno-botánica de nuestros campesinos e indígenas. Se llevan la liana, el bejuco o el frailejón, y lo devuelven en forma de pepa con marca de laboratorio para curar nuestra imbecilidad ¿Será que nos quitaron también el Yagé, la planta que Dios nos dio para alcanzar la sabiduría, para ellos trabarse a gusto en Londres o en Tokio?

Sostener el páramo, su equilibrio, es sostener la realidad frente a la esquizofrenia de los poderosos.

La vida es un organismo múltiple, y todo lo que se haga o se deshaga en las montañas, gravita sobre ella. Dominar la naturaleza de ningún modo es vilipendiarla; es saber llevarla. El valor ético y moral de la biodiversidad no es cuantificable. No se trata, entonces, de pedazos de páramo, sino del páramo mismo en toda su intensidad, en toda su condición de ser animado, inmenso, colgado de los aparejos de las nubes.

La organización de la materia viva tiene sus jerarquías, en las cuales todo el mundo puede sobrevivir, y es precisamente la biodiversidad, la diferencia, la tolerancia, lo que permite la vida de unos y otros.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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