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El aniversario de la muerte de Moro se volvió a discutir misterios, todavía no revelados, sobre los años del terrorismo que condicionó la vida política del país.
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Mientras el mundo occidental festejaba los 40 años de la "revolución" de mayo de 1968, Italia celebró silenciosamente los 30 años del momento más dramático de los llamados "años de plomo": la muerte de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en mayo de 1978.
El aniversario de la muerte de Moro dio oportunidad para volver a discutir varios misterios todavía no revelados sobre los años del terrorismo de izquierda y de derecha, que condicionó (y continúa influyendo sobre) la vida política del país. En cuanto a los terroristas, el balance es sorprendente: casi todos fueron encarcelados, casi todos están libres y reconstruyeron sus vidas. Muchos escribieron libros de memorias, participan en debates y conferencias, discuten sobre sus motivaciones y sus errores. Son debates vergonzosos, en que los ex brigadistas son presentados sin recordar un pequeño detalle: el nombre de las personas que murieron en razón de aquellas motivaciones y errores.
El último caso es el de Marina Petrella, de 54 años, ex militante de las Brigadas Rojas, condenada en 1992 a reclusión perpetua por haber asesinado a un oficial de policía en Roma, y haber estado involucrada además en el secuestro de Aldo Moro. Ella se exilió en Francia, bajo la protección de la llamada doctrina Miterrand, que concedía asilo político a los ex terroristas en tanto se comportaran correctamente y no se metieran en nuevos problemas. La pacífica vida de Marina Petrella en Francia terminó el 21 de agosto de 2007 cuando fue detenida en las periferias de París. En junio de 2008 el gobierno francés aceptó el pedido de extradición de las autoridades italianas.
Marina Petrella decidió dejarse morir en prisión. Sus médicos hablaban de "abandono de la vida" y de "tendencias depresivas y suicidas". Después de una fuerte campaña humanitaria en los medios, Marina Petrella fue liberada el 5 de agosto pasado. Pero el problema de la extradición no fue resuelto. El presidente Sarkozy inicialmente asumió con orgullo la decisión, pero luego procuró suavizar sus efectos pidiendo al presidente de la república italiana que concediera el indulto a Marina debido a su estado de salud. Dicen que la principal defensora de la ex terrorista fue la primera dama Carla Bruni, que llevó a su marido a tomar una actitud menos inflexible.
La situación de Marina Petrella es apenas la última de una serie bastante larga. No fue renombrada como la de Cesare Battisti, el escritor y ex terrorista detenido en Rio de Janeiro el año pasado. No sólo porque Battisti fue condenado por la muerte de tres personas, sino porque la flor y nata de la intelectualidad francesa se enroló en su defensa, y transformó el problema en un complicado conflicto internacional que involucra a tres países: Italia, Francia (Battisti vivía y trabajaba en París) y Brasil.
Leyendo las apasionadas defensas de los ex brigadistas presos es difícil no pensar en las familias de sus víctimas, que reviven el dolor de la pérdida a través de un debate sobre la clemencia y el indulto. Los terroristas de los "años de plomo" italianos rara vez son presentados como simples asesinos, sino que son vistos como personas que trabaron una batalla idealista que no supieron ganar. Una visión casi romántica, que transforma a los ex militantes de las Brigadas Rojas en modelos y mitos, dejando en segundo plano el rol de verdugos que desempeñaron.
Mario Calabresi, en un hermoso libro (Spingendo la notte più in là) en que revive la terrible experiencia de la muerte de su padre, primera víctima del terrorismo "rojo" en 1972, expresa:
"Los medios de comunicación tienen responsabilidades particulares. Los diarios y la televisión no dudan en encender las luces sobre los terroristas dándoles espacio y palabra, aún cuando esto parezca claramente inoportuno. Pero lo más desagradable y peligroso son las entrevistas que les hacen: nadie recuerda los delitos y las responsabilidades de los terroristas entrevistados, y esto es inaceptable".
Confirmando estas palabras de Calabresi, ninguno de los diarios franceses e italianos que consulté sobre el caso de Marina Petrella cita el nombre del oficial de policía que ella mató. Con gran dificultad conseguí descubrir su nombre: Sebastiano Vinci, asesinado el 19 de junio de 1981 a los 44 años, dentro de su automóvil detenido en un semáforo en Roma. Después de su muerte, la esposa cayó en un estado depresivo, se enfermó y murió.
Terra Magazine
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