
Antonio Morales Riveira
Bogotá (Colombia)
Como todo arte, la política implica un sujeto que la realiza y un objeto, en este caso un conglomerado de sujetos, a quienes esta dirigida o quienes la padecen. Como todo arte, la política es una opinión, un punto de vista, que a través de mecanismos racionales e irracionales se implementa para conseguir determinados fines.
En el caso de la plástica para transmitir sensaciones, emociones o ideas visuales, que transforman la realidad objetiva, la realidad del artista y la realidad de quien la precia. El arte es un movimiento que como todos, incide y transforma todo lo que toca. Y la política, por ser el arte de la opinión, no solo transforma lo que toca específicamente en el presente, si no que se extiende hacia el futuro, allí donde habita el destino de los hombres y de las colectividades.
Y en el caso de los medios de comunicación, transmitir la opinión de la política y de los políticos, se convierte también en un acto político de doble intensidad: porque los conceptos mismos implican desarrollos en la colectividad y porque el modo de manejarlos forma precisamente la opinión. Comunicar entonces, con transparencia o con intención política, se convierte en un acto político, del cual no se excluye ningún medio de comunicación en el mundo, desde el primitivo "tam,tam" de los tambores africanos, hasta el elaborado y puntual cubrimiento de CNN en el momento cuando los hechos se producen.
Pero en esta realidad prácticamente mecánica, insalvable, en ese mecanismo pendular siempre presente en cualquier comunicación, mas allá de la objetividad de la política y la opinión, hay un factor que determina la calidad, la intensidad y el cuerpo mismo de la información: el sujeto activo de la comunicación, la persona humana con todos sus conflictos, con su entorno, sus determinaciones ideológicas, culturales, estéticas y éticas. En otras palabras detrás de los macro conceptos de la comunicación, que a su vez se cambian o se dejan por concepciones ideológicas y políticas, está el hombre, el periodista.
Quienes comunican son los periodistas y en ellos viven de hecho los conceptos, los preconceptos, las ideas, los raciocinios a priori o a posteriori, los métodos científicos y las relaciones afectivas o intelectuales con la política y los políticos. Todo ello causa, sin duda, una intencionalidad, desde el deseo inconsciente de favorecer o perjudicar con la información en le caso de los profesionales honestos, hasta las estrategias preconcebidas y maquiavélicas de quienes tienen carencias éticas y que pretenden con ella producir cambios y resultados que coincidan con su visión política o con la de quienes tacita o explícitamente sirven.
Y es la intención la que vicia las relaciones del periodista consigo mismo y con su entorno, con su medio de comunicación y con su referente ultimo, que es la masa física y mental amorfa, variable e impredecible que se ha dado en llamar opinión publica. De hecho el periodista, por serlo, siempre tendrá relaciones públicas y púbicas, obvias o implícitas.
De una u otra forma es indispensable relatar en este punto, que los periodistas son por fuerza, modeladores de la conciencia o de la inconsciencia colectiva, reduciendo la categoría de opinión a lo que acalla o a lo que confunde, a lo que libera o a lo que sojuzga. Y una u otra forma de relacionarse con la profesión, con el trabajo cotidiano, con le medio mismo, con la política y los políticos, con la opinión, depende exclusivamente de la formación personal. Allí lo que define todo es el sujeto que edita, escribe o narra su forma de ver el mundo.
Desde luego, paralelamente vive en con el las macro estructuras, los dueños y directores de los medios, el poder político, los demás poderes, que lo estimulan, lo condicionan o lo liberan y que ejercen presiones e influencias sobre el individuo periodista. En últimas, depende del individuo, del trabajador de la comunicación y de su formación académica o estrictamente personal, como en el caso de los llamados empíricos que poco a poco empezamos a desaparecer, que la labor de comunicar produzca conciencia personal o colectiva o por el contrario todo tipo de condicionamientos castradores, desde el condicionamiento político hasta el muy grave condicionamiento moral y cultural.
La transparencia personal es un ingrediente básico en le periodista para que pueda comunicar didácticamente democracia y libertad. La oscuridad personal, a mi juicio, solo produce desinformación, equívocos y restricciones colectivas o falencias éticas. En la transparencia viven las ideas, en la oscuridad mueren. Las sombras mentales son fogones donde se cuece la violencia y e irrespeto por los derechos de los demás. La democracia debe ser informativamente, total. Lo contrario, así parezca un juego de palabras, es totalitarismo. Dentro de este marco amplio de la relación del individuo con la profesión de periodista y con la política, sobreviene una barrera inicial que distorsiona las formas objetivas de la realidad y las hace parecerse a un celaje indefinible, que por falta de epidermis, de perímetro, de forma, puede vivir entre nosotros sin que los podamos aprehender. Es la barrera de la ausencia de distancia con lo político. Y esa talanquera mental a veces es tan difusa que centenares de periodistas sin formación previa, vienen a ser formados por los políticos.
Para el político la objetividad en su propia concepción del mundo y de sus deseos del mundo, puede ser impuesta. Es decir, el político a través de sus capacidades de convocatoria, en su trabajo de masas, de su fortaleza conceptual, de su arraigo popular, puede convertir en valores objetivos y colectivos sus ideas. Esa es su forma de ver el mundo y de actuar, sin que ello implique un juicio maniqueo o de valores sobre esa actividad. Así se hace, así se ha hecho y así se acepta. Así ha producido grandes problemas colectivos pero también enormes bienestares. Así lo hacen los de derecha, los de centro y los de izquierda, así lo hacen los demócratas y los totalitarios.
El político transforma la sociedad, la conduce a su modo. El periodista también lo hace pero no interfiere en los procesos objetivos de la realidad. Ahí esta quizá la diferencia definitiva entre el uno y el otro. Así como en el campo de la política al ingenuo le construyen una norma como si fuera su propia vocación frente a lo personal y a lo colectivo, al periodista ingenuo los políticos le pueden construir una realdad similar, en la cual pareciera actuar con voluntad propia, con sindéresis y acción nacida de si mismo. Situación falsa que a la postre los convierte mas bien en un conformista sin saberlo. Por el contrario, el periodista critico ante la política, logra un valor distinto que le permite no tragar formulaciones ajenas a su análisis, sino construirse a si mismo a partir de la reflexión y en consecuencia no asumir un hecho o una idea elaborada y descubrir la diversidad de un universo informativo sobre el cual puede actuar.
El periodista no solo frente a la política sino frente a la información toda y en ella toda la vida, pasada, presente o futura, debe saber ante todo que con su trabajo comunicado al publico, se convierte automáticamente en un legitimador de realidades. Pero quien legitima realidades, por mera contraposición, por mera oposición dialéctica, puede también ilegitimar procesos, personas, realidades. La realidad se legitima a si misma y el periodista frente a la política debe recoger una realidad política legitima, pero no crear legitimidades antojadizas, no originar fuerzas o consolidar espacios y proyectos, que es lo que generalmente se hace en la prensa colombiana.
Y como consecuencia de la legitimación o ilegitimacion de los individuos o de los procesos, el periodista se convierte de una en un modelador de la conciencia, individual y social. Gran responsabilidad está, atada a todo el trasunto anterior. La ética es entonces el patrón riguroso que permite modelar esta escultura que es la conciencia colectiva. Por eso el buen juicio y la honestidad son las herramientas, las manos de este periodista que esculpe.
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