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Cortesía
La liquidez facilita el pasaje entre los mundos y los estados materiales pero las ideas no tienen materialidad.
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Pablo E. Chacón
Buenos Aires (Argentina)
Existe una sutil diferencia, sostienen los enterados en artes plásticas, entre el cuadro de atril, el objeto cuadro, y la instalación, que tributa en la deslocalización de sujeto y objeto, y de sujeto espectador y sujeto activo (que no es el mismo sujeto creador) pero con su participación en ese espacio común puede intervenirlo y alterar el conjunto transformándose también en sujeto creador y así hasta el infinito. La instalación -según los protocolos fundacionales del maestro Renato Schippa- no tiene fin, infinitas son sus mutaciones y permutaciones.
La instalación lograda, la máxima expresión de la instalación, sería, siempre según esos dictados, el producto de la confusión entre espacio público y espacio privado, es decir, la instalación ya no como objeto y rareza estética, o como la Spica, la radio, sonido ambiente de cientos, miles, millones de sujetos, sino como soporte, como escenario natural donde transcurre la vida misma.
El ideal de la instalación es convertir a la ciudad en instalación, que la idea princeps de un sujeto migre hacia otros sujetos y que en el choque anónimo con esos cientos, miles, millones de sujetos, componga un objeto, el objeto ciudad, la ciudad sujeto, otro objeto, un objeto instalado que permita cientos, miles, millones de mutaciones, metamorfosis, cambios, de cambios de perspectiva y de planos, de proliferaciones donde los ojos, o el ojo de aquel que dice yo no sepa si ese yo es más que una ilusión óptica, que es lo que es, según reza el canon del maestro Schippa.
La reacción del profesional de la pintura de atril acaso deba entenderse en este espacio, espacio elástico donde su propia obra, su objeto, se pierde entre la multitud de objetos y carece de punto fijo. La instalación se adapta con rapidez al concepto líquido: lo que es líquido atenta contra lo fijo (y contra las ideas fijas): hasta se podría festejar el entierro de la idea fija, pero la liquidez no garantiza que la idea fija -y las ideas fijas- desaparezcan.
La liquidez facilita el pasaje entre los mundos y los estados materiales pero las ideas no tienen materialidad, aunque el lenguaje, ese inmaterial, sea la materia misma de las ideas: las leyes de la física de última generación, indican que a cada cambio de estado, corresponde un cambio de ideas, de posición subjetiva: un cambio del régimen discursivo.
¿A qué se debe entonces la reacción, muchas veces virulenta contra la liquidez y la instalación como etapas superiores de la plástica y no sólo de la plástica, sino también de una cierta manera de entender el tránsito, la extrañeza y la mirada misma que se tiene sobre las cosas?
El artista despotrica contra la desmaterialización del objeto también, al parecer, porque la consecuencia de esa irrepresentabilidad es la desmaterialización del sujeto y más importante, la pérdida, como en un bolillero, del nombre propio, nombre de artista, nombre de autor. Pero es el promocionado desencantamiento del mundo lo que empuja a tales extremos. Es la visión necia de aquel que se niega, por ejemplo, a viajar, y viajar no necesariamente para por buscar algo sino sólo por preferir el movimiento, la liquidez al estancamiento: escapar de lo que acaso sería peor si el sujeto decidiera quedarse.
El reencantamiento del encantamiento perdido, secularizado, re-liga al sujeto con un otro que encanta, con la gracia de saberse ingrávido, que polvo fuimos y al polvo volveremos. Eso es lo que entiende el astronauta aunque una vez en la tierra se haga alcohólico. El espacio vacío es una metáfora de la liquidez, y su plano inverso, una infatuación que no autoriza siquiera un cadáver exquisito.
Deseamos sustraernos del mundo, de las responsabilidades impuestas, de las obligaciones, de la supervivencia. Algo se impone, insiste, similar al tedio, que no es hartazgo. Pero sentimos que el mundo puede, en cualquier momento, llamar a la puerta y entrar sin permiso. La quietud no resuelve nada, mejor moverse, o desaparecer.
El maestro Schippa recomendó estudiar las pinturas de Mark Rothko. Las últimas pinturas de Rothko caminan a través de un túnel que no se resuelve en un final, una luz, un farol colorado o un ángel protector. La Parca estaba ausente.
Ausente el color, la perspectiva, cruzados por bandas sonoras, inaudibles, los objetos-Rothko no muestran la desesperación romántica del suicida o la lucidez cool del desierto, no esperan retribución ni especialistas en tomografías computadas para ver los rayos en el cielo de esa mente, reproducidos bajo capas de óleo. Rothko era modesto, su valor se juzga también por lo que abandonó antes que guardar para nada. El egoísmo, a veces, es más efectivo que el cálculo.
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