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Gobierno de la Ciudad/Cortesía
Al parecer, Mauricio Macri recién comienza a ver los problemas reales de Buenos Aires.
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Pablo E. Chacón
Buenos Aires (Argentina)
El jefe de gobierno de la capital argentina, el empresario Mauricio Macri, acaso no se imaginó jamás que manejar una megalópolis como Buenos Aires fuera tan complicado. Es lo que está aprendiendo en estos siete meses y algunos días que lleva de gestión efectiva (asumió el pasado 10 de diciembre), aunque los opositores más acérrimos insisten con la idea de que el hombre cogobernó la ciudad junto a su antecesor, Jorge Telerman, desde seis meses antes, cuando ganó en segunda vuelta, con el 63 por ciento de los votos frente a Daniel Filmus, un sociólogo de orientación kirchnerista que hasta entonces ocupaba el ministerio de Educación de la Nación y ahora es senador.
Macri es hijo de Franco Macri, un empresario italiano que se sabe hizo fortunas con la última dictadura militar argentina y durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, cuando casi todas las semanas, por una razón o por otra, ocupaba la primera plana de las revistas (incluidas las del corazón). Mauricio, destinado a heredar y dirigir los múltiples negocios de su padre, hizo los deberes pero su pasión por el fútbol y su deseo de "independizarse" de semejante tutela, se agudizó después de un secuestro del que fue objeto en agosto de 1991 y que terminó quince días después, una vez efectivizados los siete millones de dólares que los captores pidieron por su liberación.
Franco Macri pagó ese dinero y las investigaciones posteriores, apoyadas logísticamente por investigadores privados contratados en los Estados Unidos, determinaron el arresto de varios policías de fuste, "la banda de los comisarios": el responsable directo del secuestro del futuro alcalde porteño, el subcomisario Alfredo Hoyo Vidal, sin embargo, fue capturado casi diez años después, en los primeros meses del 2001.
Entretanto, el actual jefe de gobierno se había decidido por alguna política "personal" y se había presentado a las elecciones para la presidencia del club de sus amores, Boca Juniors.
Fue una época de oro para la institución de la Ribera: bajo la batuta del director técnico Carlos Bianchi, el equipo ganó todo y varias veces, desde campeonatos locales, sudamericanos y mundiales, y se dio el lujo de despedir en La Bombonera, el estadio del barrio de La Boca, al ídolo máximo del fútbol argentino, Diego Armando Maradona, que en el atardecer de su talento, todavía deleitó a los hinchas en varias oportunidades.
Franco Macri, sospechado y acusado de contratista del estado argentino, de vender autos de lujo sin la licencia correspondiente, investigado por evasión fiscal, también logró privatizar el correo nacional, dejando a la empresa quebrada, con cientos de empleados en la calle y una deuda inmensa. La estrella de su hijo ascendía, la suya descendía. Así fue que decidió radicarse en Brasil. Y también la dirección postal y fiscal de la mayor parte de sus empresas (automóviles, computación, alimentos), cuyas acciones figuraban a nombre suyo y de sus hijos pero cuya dirección formal ejercía Mariano, uno de los hermanos menores de Mauricio (Mire el reportaje de Terra Magazine con Marie France Peña Luque, "Los Macri carecen de escrúpulos", dice ex cuñada de Mauricio).
En aquel momento, marzo de este año, este cronista prometió silencio. La ex cuñada de Macri hijo deslizó que Franco estaba deshaciéndose de sus empresas (o reconvirtiéndolas) para empezar a trabajar con las diversas avanzadas del capitalismo de estado chino. Esta semana, varios semanarios económicos locales y algunos brasileños confirmaron aquel rumor. Pero esa es otra historia.
La historia de Macri jefe de gobierno porteño se complica todos los días. Las críticas de los opositores son impiadosas (sobre la subejecución del presupuesto comunal, sobre la indecisión del hombre respecto a su futuro político -¿será en el 2011 candidato a jefe de gobierno otra vez o se presentará a la cabeza de una alianza populista de derecha por el premio mayor, la presidencia de la Nación y le dejará su puesto a la favorita de los porteños, su actual vicejefe de gobierno, Gabriela Michetti, una licenciada en Ciencias Políticas formada en una universidad católica?-, pero con todo, esos problemas, si son importantes, son menores respecto a otros, los más urgentes y que se relacionan con la gestión, como llaman al acto de gobernar sus adláteres, la mayoría licenciados en marketing e ingeniería electoral: la gestión es el día a día que este hombre de 48 años parece no poder dominar.
Se pueden enumerar los más importantes: el ministerio de Desarrollo Social, a cargo de María Eugenia Vidal, empezó por "tercerizar" los servicios sociales para los niños de la calle (y todo indicaría que las beneficiadas para ese servicio resultaron ONG's católicas, de vieja relación con Macri o alguno de sus ministros, todas vinculadas al arzobispo de Buenos Aires y "papable", Jorge Bergoglio, confesor de Michetti, de Telerman y de Elisa Carrió, líder de la "opositora" Coalición Cívica). El posible cierre de los "paradores" y "casas de tránsito" donde comen y duermen cientos de indigentes que vagan de día por las calles de la ciudad, expulsando aún más al límite a esos sujetos y de su trabajo a cantidad de trabajadores sociales. Los insolubles problemas del Teatro Colón, uno de los orgullos de esta ciudad, que este año suspendió todas las funciones y que mantiene un litigio gremial sin vistas de rápida solución.
La cuestión de la basura: la zona norte está más favorecida que la zona sur, abandonada de ese servicio elemental, situación agravada porque Macri decidió levantar los containers que Telerman había puesto en cada esquina, como forma de controlar la contaminación visual y epidemiológica. Los problemas educativos: gran parte de las escuelas del estado no cuenta con servicios de calefacción, lo que obligó varias veces a suspender las clases por el frío. El cierre inconsulto de los talleres barriales que se abrieron después de la crisis del 2001, donde se podía aprender desde lencería hasta la prácticas de yoga y periodismo gráfico (y que resultaban fenomenales inductores de lazos sociales en una sociedad en donde la anomia es norma, una sociedad disgregada, atomizada y estragada por la violencia).
La violencia, precisamente: al no contar la ciudad con una policía propia, la idea del Pro (el partido de Macri) era armar una policía propia en dos años. Pero, desbordados por la prostitución infantil, la mendicidad, la "vista gorda" que hace la policía federal, los continuos asaltos y hasta los ajustes de cuentas entre narcotraficantes peruanos y colombianos, el gobierno de la ciudad decidió construir un híbrido con miembros de esa misma policía, la policía bonaerense y elementos de agencias de seguridad privadas, que seguramente superpondrán sus tareas, sumando a la cuenta cero. Y el gravísimo problema de la salud (ver nota sobre laboratorios farmacéuticos protegidos, Macri-laboratorios privados: una boda anunciada), con hospitales sin médicos y sin insumos básicos pero puestos en línea según la orden, en el caso de los dispositivos de salud mental, de echar abajo los viejos neuropsiquiátricos porteños y cambiarlos, nadie sabe con qué dinero y qué tipo de profesionales, por centros ambulatorios, a la manera de la Trieste de Franco Bassaglia, como si Macri fuera Enrico Berlinguer.
El líder del Pro llegó al gobierno de la ciudad mostrando las manos limpias, como representante de la "nueva política", pero ya es el jefe comunal que tuvo que despedir a la mayor cantidad de funcionarios en menos tiempo de gestión por actos de corrupción.
Sin embargo, no todas son malas...
Supuestamente enfrentado con el gobierno de la presidente Cristina Fernández, Macri ya tuvo reuniones con Alfredo de Angeli, uno de los líderes de la Federación Agraria Argentina (FAA), y con Luciano Miguens, presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA), que irían como candidatos a diputados nacionales, uno por la provincia de Entre Ríos y el otro por la Capital Federal, en el gran combo de la derecha local... aunque más no sea como para diferenciarse en algo.
Porque si hay un punto de acuerdo, explícito o no tanto con el gobierno nacional, es en la cuestión de la industria de los juegos de azar. En ese acuerdo, la ideología es secundaria respecto al dinero que entra todos los días a las cajas respectivas, con independencia de los porcentuales negociados. Es el paso del estado benefactor al estado recaudador, un laboratorio político que recién empieza pero nadie sabe cómo termina.
Terra Magazine
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