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Cortesía
La piel de La Boca, el libro más reciente de Jorge Carrión, está escrito en una primera persona no autobiográfica
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Pablo E. Chacón
Buenos Aires
Jorge Carrión* es más un etnógrafo que un viajero informado, más un escritor que un cineasta o videasta, no es el turista accidental ni sus crónicas tienen semejanza alguna con las de Paul Theroux o las de Bruce Chatwin, que antes de conocer la Patagonia pasó unas cuantas semanas en la capital argentina. Es curioso que la imagen más cercana sea la de un arco que casi se toca por el extremo y el tiempo: la escritura de Carrión sobre el porteñísimo barrio de La Boca y ayacencias se acerca a las visiones del dramaturgo irlandés Eugene O¿Neill, que recorrió, durante nueve largos meses, en la primera década del siglo XX, toda la zona que el español, nacido en Tarragona, habita, vive y comparte con los lugareños del que se cuenta fue el lugar de la primera fundación de Buenos Aires, el lugar de la fundación mítica de Buenos Aires sobre la que tanto especuló (y escribió y hasta fabuló) Jorge Luis Borges.
O¿Neill desembarcó como marinero y se quedó, nadie sabe muy bien buscando qué, dicen que huyendo de su padre y de su familia, hasta que un día se fue como volvió y reapareció, a los pocos años, como un dramaturgo de fuste, que llegó hasta el Nobel de Literatura y la fortuna, que siempre vaciló entre sus manos, que jamás dejaron de perderse entre faldas, jugadores de poker clandestinos, barrios bajos y mujeres de vida complicada, de vida "fácil", mujeres de "la vida", cuando Buenos Aires era uno de los "mercados de la carne" más solicitados y visitados por los europeos de pro, cuando el tango todavía no había llegado a París y en las orillas de La Boca, en Barracas, cruzando la zona de San Telmo (hoy un centro de atracción turística mundial), se amontonaban las vacas de los millonarios, los depósitos, los cueros y las curtiembres que multiplicaban el Viejo Continente su peso en oro.
El irlandés, como corresponde, hizo el circuito del linyera, extranjero, urbano y alcohólico, en una ciudad que se iba armando como un troquel de etnias llegadas a "hacer la América" desde todo el mundo pero sobre todo desde los países mediterráneos, España e Italia. El futuro dramaturgo dejó piezas memorables sobre esa zona del mundo que se inundaba seguido, que había padecido la peste amarilla y que era un centro de compraventa de todo lo legal y lo ilegal que se pretendiera en la época, incluso como habitué que era de las pocilgas donde se pasaban, con acompañamiento de señoritas, las bobinas pornográficas que los camarógrafos franceses venían a filmar a los burdeles regenteados por polacos y marselleses, y que también se vendían como el cuero o más que el cuero, pero para una clientela elegida (entre la que nunca faltaba el nombre del rey español Alfonso XIII, pornógrafo, amigo del actor Douglas Fairbanks y coleccionista).
Si todavía pueden verse, por la avenida Almirante Brown de La Boca, a metros de La Bombonera, el estadio de Boca Juniors, sobre las vidrieras y los letreros luminosos, los dibujos y las figuras de esa época más próspera, representada por marquesinas de yeso trabajado donde en sus salones de café hacían sus pininos las llamadas ¿figurantas¿ y las pretendientes a actriz, acaso haya sido una de las pruebas que se haya puesto a sí mismo Carrión, que no dudó, la ocasión lo requería, ni siquiera para entrar sólo, con sus equipos de audio y video, a la isla Maciel, una de las zonas más peligrosas de esta urbe, límite entre La Boca y Avellaneda, un solar raquítico y pobrísimo que en su época de gloria albergó más de cuarenta prostíbulos y el más importante de todos, "El Farol Colorado", cuyo dueño era un intendente, y que entonces se visitaba como ahora se visita Puerto Madero o la Recoleta, siempre transitada por jóvenes cosmopolitas y plurilingües que no abren la boca por menos de trescientos euros.
Carrión vino y se fue y volvió y se quedó, y se quedó más tiempo y alquiló una pieza en una casa reciclada una casa de familia, la casa de una actriz y acróbata, hija de inmigrantes gallegos que huyeron de Franco como de una plaga, y que prefiere ignorar, modestia criolla, cualquier comentario sobre el racismo que subtiende a la nueva Ley de inmigración/emigración que aprobó la Unión Europea (UE), y que con tanto fervor promueven el francés Nicolás Sarkozy y el italiano Silvio Berlusconi, aunque en Buenos Aires, el nuevo jefe de gobierno, el populista de derecha Mauricio Macri, hijo del empresario italiano Franco Macri, pretenda copiar esas leyes a escala sudamericana: pretendiendo, por ejemplo, que aquellos que no son porteños, es decir, la mayoría de los trabajadores que hacen el trabajo pesado en la ciudad, que llegan del primero y del segundo cordón del suburbano bonaerense, la provincia más grande del país, se atiendan en los hospitales de esa provincia o saquen turno, después de los porteños, como si los habitantes de la megalópolis fueran ciudadanos de primera clase y los demás de cabotaje.
Esos detalles Carrión los registra con ojo de entomólogo, no de sociólogo, sino en el efecto que provocan sobre los sujetos de a pie, y sobre ellos trabaja y con ellos se anima, sobre todo cuando describe al grupo de teatro independiente de Catalinas Sur, una verdadera "fábrica de subjetividades" que se maceran al calor de la vida en común y no a la manera del individuo indeterminado que se junta por inercia y rebota como un globo.
Esa "fábrica de subjetividades" no dejó de emitir sonido ni siquiera en el peor momento de la peor crisis del país, en el 2001, y resultó cobijo y alimento para más de un desheredado y un alma en pena. Esos personajes de Carrión son del río de la Plata: son los personajes que retrataron los enormes Juan Carlos Onetti, Juan José Saer y Antonio Di Benedetto, y los que retrata una nueva generación de narradores-cronistas, Fabián Casas, Alejandro Caravario, Juan Diego Incardona, Martín Gambarotta, Daniel Durand, Juan Becerra, Santiago Llach, Alejandro Rubio, Martín Rodríguez, más ácidos pero quizá menos sensibles a las variaciones espacio-temporales que las mujeres registran como un radar.
Evitemos los nombres, porque los fantasmas se agitan. El conventillo en el que para Carrión es la señal de un pasado proletario y de un presente high tech, que se pretende sin clases aunque todo en Buenos Aires las reponga: los policías, los juicios a los represores, Palermo viejo reconvertido a parque temático, "Palermo Rúcula", una historia que alardea de su historia agropecuaria y que no quiere más que maximizar sus ganancias y minimizar pérdidas, cosa normal, podría decirse si no fuera porque las pérdidas esta vez no son sólo monetarias sino que se miden en vidas, desperdiciadas, arruinadas, desafectadas, alienadas, sin chance alguna de movilidad social.
La piel de La Boca se cae a jirones, está escrito en una primera persona no autobiográfica pero que Carrión no quiere y no pretende desconocer como propia, como suya, como suyas son las lágrimas y la tristeza y la segura nostalgia de ese río color león, la nostalgia de la Onetti hablaba en su piso de Madrid, para la que el escritor, cineasta y viajero retorne a intentar capturar sin palabras, con el ojo seco y una cámara: para saber si eso es imposible como que se refleje la imagen de quien se asoma a las aguas del Riachuelo.
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* Jorge Carrión nació en 1976. Escritor, doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Escribe en revistas y suplementos culturales. Publicó La brújula, en 2006; GR-83, en 2007, Australia, en 2008, y La piel de La Boca, en Libros del Zorzal, 2008.
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