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Democracia de un único partido

The New York Times
Thomas L. Friedman

Thomas L. Friedman
The New York Times

Observando los debates en el Congreso sobre la salud, el clima y la energía, es difícil no llegar a la siguiente conclusión: Sólo existe algo peor que una autocracia de un único partido: la democracia de un único partido, que es la situación de los Estados Unidos hoy.

Esa autocracia de un único partido, claro, tiene sus desventajas. Pero cuando es liderada por un grupo de personas razonablemente iluminadas, como es el ejemplo de China, puede tener grandes ventajas. El partido tiene autonomía para imponer medidas políticamente difíciles, pero esencialmente importantes para poner su sociedad en sintonía con el siglo XXI.

No es por casualidad que China se comprometió a superar a los Estados Unidos en los sectores de automóviles eléctricos, energía solar, eficiencia energética, baterías, energía nuclear y eólica. Los líderes chinos entienden que en un mundo en franca explosión poblacional, con la clase media creciendo en los mercados emergentes, la demanda por energía limpia y eficiencia energética aumentará dramáticamente. Beijing quiere garantizar el dominio de esa industria y está elaborando políticas para eso, incluyendo el aumento de los precios de la gasolina, de arriba hacia abajo.

Nuestra democracia de un único partido es peor. El hecho es que, tanto en las legislaciones sobre energía y clima como en las del sistema de salud, sólo los demócratas están verdaderamente actuando. Con pocas y nobles excepciones, el Partido Republicano está de brazos cruzados y sólo dice "no". Muchos republicanos sólo quieren ver al presidente Barack Obama fracasar. Es una pena. Obama no es socialista, es centrista, pero, en el caso de que dependa totalmente de su partido para aprobar sus legislaciones, será aniquilado por las diferentes facciones demócratas.

Vea el ejemplo de la legislación sobre clima y energía propuesta en la Cámara. Sus patrocinadores trabajaron el doble para obtener esa pionera legislación cap-and-trade, que limita las emisiones de gases contaminantes en el país.

¿Por qué? Porque sin que hubiese prácticamente ningún diputado republicano dispuesto a votar a favor de un precio por el carbono, algo que estimularía las inversiones en energía limpia y eficiencia energética, los patrocinadores de la ley dependieron totalmente de los demócratas -y eso significó ofrecer compensaciones políticas a los representantes de los estados ricos en carbón y productos agrícolas. Por suerte es un proyecto que todavía vale la pena. Pero todo podría haber sido mucho mejor, y podrá ser en el Senado. Ocho o diez republicanos dispuestos a establecer un precio para el carbono serían suficientes para neutralizar a los demócratas que desean disminuir la importancia de la ley.

"China va a superarnos y quitará nuestros empleos en el sector de energía limpia -una industria que prácticamente inventamos- y ellos lo harán con una economía equilibrada que no tenemos y no deseamos", dijo Joe Romm, del blog climateprogress.org.

La única forma de alcanzarlos es creando una legislación que imponga un precio más alto para el carbono emitido, además de normas de eficiencia y energía renovable, que estimularían inversiones privadas sólidas en tecnología limpia. Eso es difícil en una democracia de un único partido.

Lo mismo se aplica a la cuestión de la salud. "El mecanismo central a través del cual Obama intenta ampliar la cobertura y controlar los costos funciona a través de las nuevas 'bolsas', cámaras de compensación de seguros, proyectadas a partir de la propuesta que Mitt Romney implementó cuando era gobernador del estado de Massachusetts", dijo Matt Miller, responsable por el presupuesto del gobierno Bill Clinton y autor del libro The Tyranny of Dead Ideas (La Tiranía de las Ideas Muertas). "La idea es permitir que individuos obtengan cobertura colectiva de las aseguradoras privadas, con subsidios para los ciudadanos de baja renta".

Y es posible que Obama intente financiar esos subsidios, o por lo menos una parte de ellos, con la idea sugerida por John McCain, a través de la reducción de la exención fiscal para los planes de salud suministrados por empleadores. ¿Dirían sí los republicanos a sus propias ideas, en el caso de que ellas sean adoptadas por Obama? En el caso de que Obama no sea capaz de obtener algunos votos de republicanos, será muy difícil llegar a un buen plan que ofrezca atención a la salud de todos los estadounidenses.

"El hecho de que Obama esté en el camino correcto para concederles a los Estados Unidos el plan de salud de Romney con la financiación propuesta por McCain no quiere decir que los republicanos lo recibirán con buena voluntad -incluso porque, puede ser políticamente más ventajoso para ellos gritar 'socialista'", afirma Miller.

El Partido Republicano solía ser el partido de los negocios. Para competir y vencer en un mundo globalizado, nadie necesita quitarse de los hombros el fardo del seguro salud y entregárselo al gobierno del empresariado estadounidense. Nadie necesita más una reforma en las políticas de inmigración que la industria de los EE.UU. -para que las mentes más inteligentes del mundo puedan visitar el país sin restricciones. Nadie necesita más un incentivo a la tecnología limpia -la próxima gran industria mundial- que el empresariado estadounidense. Pero el Partido Republicano todavía se resiste al sistema de salud público, a la reforma de la inmigración y sólo quiere saber de perforar pozos de petróleo.

"La globalización castró el Partido Republicano, haciendo con que representase no a los necesitados víctimas de la recesión, sino a las víctimas de los Estados Unidos globalizados, a las personas que fueron dejadas hacia atrás, sea en la realidad, o en sus pesadillas", dijo Edward Goldberg, consultor del área de comercio global que imparte clases en Baruch College.

"La necesidad de competir en el mundo globalizado obligó a la meritocracia, al gerente de la corporación multinacional, al agiotista y al empresario del área de tecnología a que repiensen las ventajas de apoyar al Partido Republicano. Ellos, al principio, abandonaron el partido, dejando hacia atrás no a una alianza pragmática, sino a un grupo de cínicos ideológicos".

Thomas L. Friedman es columnista del periódico The New York Times desde 1981. Fue corresponsal en Beirute, Jerusalém, Washington y en la Casa Blanca (EUA). Fue galardonado por tres veces con el Premio Pulitzer, y en 2005 fue electo miembro de la coordinación de la institución. Artículo distribuido por The New York Times News Service.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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