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The New York Times
Thomas L. Friedman
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Thomas L. Friedman
De The New York Times
En abril, hice una pausa para cargarle los palos de golf al ex campeón del U.S. Open Andy North, cuando él se unió a Tom Watson para defender su título en el torneo de dobles del Liberty Mutual Legends of Golf, en Savannah, Georgia. Entonces, más que con interés casual fue con reverencia que vi a Watson a través la señal de televisión de las Fuerzas Armadas en Afganistán, mientras hacía su campaña espectacular para ganar el British Open a los 59 años de edad.
A Watson le gusta hablar más sobre las relaciones exteriores que sobre golf. Entonces, para que supiera cuántas personas querían que ganara, le envié un correo electrónico antes de la vuelta final: "Incluso el Talibán está a tu lado".
De hecho, me impresionó la cantidad de golfistas y no golfistas que acompañaron el desempeño histórico de Watson, empatando por el liderazgo después de cuatro vueltas en Turnberry, pero perdiendo el desempate decisivo contra el jugador de 36 años Stewart Cink.
Yo no estaba solo al entristecerme porque Watson no logró igualar el último hoyo y salir victorioso. Como cientos de miles, le grité a la televisión, ni bien su bola corrió por el green 18 ¿directo a un problema- "¡Para! ¡Para! ¡Para!", como si yo tuviera algo personal en juego. ¿Por qué eso?
Por muchas razones. Para empezar la charla, la campaña de Watson fue excepcionalmente fuera de lo común -un hombre de 59 años de edad, que jugó sus dos vueltas de apertura en este torneo contra un italiano aficionado de 16 años de edad-, ya que fue capaz de superar a los más grandes golfistas del mundo por lo menos una década después que cualquiera hubiera soñado que eso pudiera ser posible. Ver esto suceder realmente amplió nuestro sentido de lo que cualquiera de nosotros es capaz.
Es decir, cuando Kobe Bryant marca 70 puntos, nos impresiona. Cuando Tiger Woods gana por 15 golpes, nos pasma. Pero cuando un hombre de nuestra edad y tamaño derrota a los mejores del mundo -que tienen la mitad de su edad- nos identificamos con él.
Claro, Watson tiene habilidades excepcionales en el golf, pero cuando eres un baby boomer, es imposible mirarlo y no decirle algo que nunca dirías sobre Tiger o Kobe: "Tiene mi edad, tiene mi constitución física, es de mi altura, y también hizo una cirugía en el cuadril, como yo. Si logra hacer eso, tal vez yo también logre hacer algo así".
Neil Oxman, el cargador de palos de Watson, que es un gran consultor político demócrata en la vida real, me dijo: "Después de la vuelta del jueves con Tom, cuando dejamos la tienda de puntuación le dije: "Sabe, esto es la vida. Él entendió lo que le quise decir. El domingo por la mañana, estábamos los dos en un rincón del vestuario, no había nadie cerca, sentados en estos dos sillones, uno frente al otro, detrás de una media pared".
¿Estábamos charlando sobre varias cosas, y le dije: 'Para muchas personas, lo que usted hizo es una afirmación de la vida'. Saqué eso de una historia sobre cuando Betty Comden y Adolph Green -los escritores de Singin in the Rain- le mostraron a Leonard Bernstein la famosa escena de Gene Kelly. Bernstein les dijo: 'Esta escena es una afirmación de la vida'. Lo que Tom hizo la semana pasada fue una afirmación de la vida".
También, como el propio Watson evalúa, la forma como perdió el torneo se destacó porque el golf es el deporte más parecido a la vida. Watson acertó dos golpes perfectos en el 18º hoyo en la vuelta final, y el segundo saltó demasiado duro y corrió por el green, dejándole un golpe corto difícil, que no logró realizar. Si su bola hubiese parado un poco más cerca, hubiese finalizado fácilmente y hubiera ganado.
Este es el punto. Béisbol, basquetbol y fútbol se juegan en superficies planas, proyectadas para producir saltos verdaderos. El golf se juega en un terreno desfavorable, proyectado para sorprender. Saltos buenos y malos en la esencia del juego.
Y la razón por la cual el golf es tan parecido con la vida es que el juego -como la vida- consiste en cómo reaccionas a estos saltos buenos y malos. ¿Culpa usted a su cargador? ¿Hace trampa? ¿Tira usted sus palos? O acepta todo con dignidad y gracia, y sigue adelante, como Watson siempre lo hizo. De ahí el dicho: Juegue un partido de golf con alguien y aprenderá todo lo que necesita saber sobre su carácter.
El golf muestra el carácter individual. La bola está fija. Nadie te la tira. Tú empiezas el movimiento, y sólo debes vivir con los resultados. No hay compañeros de equipo para culpar o con quien compadecerse. Los golfistas profesionales, a diferencia de los jugadores de béisbol, fútbol o basquetbol, no tienen sueldos fijos. Ellos comen lo que matan. Si juegan bien, ganan dinero. Si no, no. Me imagino cuál sería el porcentaje de aciertos en los tiros libres del jugador promedio de la NBA si necesitaran hacer tiros libres para recibir su dinero como los golfistas, necesitan hacer putts de tres pies de distancia.
Este juego maravilloso, sin embargo cruel, nunca deja de probarle o enseñarle. "El único comentario que puedo hacer", me dijo Watson más tarde, "es lo que el inmortal Bobby Jones dijo: Uno aprende por la derrota, no por la victoria. Puede que yo nunca tenga la posibilidad de ganarles a esos jóvenes de nuevo, pero saqué una cosa del último hoyo: acertar el golpe del tee y el de aproximación exactamente de la forma que quería no fue suficientemente bueno... Necesitaba terminar".
Entonces Tom Watson aprendió una lección brutal en el golf que nunca olvidará, pero nos dio a todos nosotros una increíble lección sobre posibilidades, que nunca nos olvidaremos.
Terra Magazine