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The New York Times
Thomas L. Friedman
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Thomas L. Friedman
De The New York Times
Camp Leatherneck, Afganistán - Estoy aquí en la Provincia de Helmand, al sur de Afganistán. Esta es la parte más peligrosa del país. Es donde la mafia y los mulás se encuentran. Es aquí donde el Talibán cosecha las amapolas que se transforman en la heroína que financia su insurrección. Es por eso que, cuando el presidente Barack Obama anunció que más que duplicaría las tropas americanas en Afganistán, aquí es donde los fusileros navales aterrizaron para pelearse con el Talibán. Hace 115 grados (Fahrenheit, 46º Celsius) al sol, y el Almirante Mike Mullen, director del Estado Mayor General de los Estados Unidos, está dirigiendo a los soldados en un teatro de operaciones improvisado.
"Vamos a hacer un conteo", dijo Mullen, "¿cuántos de ustedes están en su primer destacamento?" Levantaron unas dos docenas de manos. "¿Segundo destacamento?" Levantaron más manos. "¿Tercer destacamento?" Levantaron muchas manos también. "¿Cuarto destacamento?" Levantaron unas dos docenas de manos más. "¿Quinto destacamento?" Levantaron otras manos también. "¿Sexto destacamento?" Levantó una mano. Mullen le pide al soldado que dé un paso al frente para apretarle la mano.
Esta escena es una razón para preocupación, para optimismo y para cuestionar todo lo que estamos haciendo en Afganistán. Es preocupante, pues entre los surtos en Irak y en Afganistán, estamos tiranizando a nuestros militares. No sé cómo estas personas y sus familias soportan eso. Nunca tantos exigieron tanto de tan pocos.
¿La razón para el optimismo? Todos estos destacamentos nos dejaron con un gran cuadro de oficiales con experiencia en Irak y Afganistán, ahora administrando ambas guerras -de generales a capitanes. Ellos saben cada error que fue cometido, escucharon todas las mentiras, vieron a sus propios soldados morir por estupidez, imaginaron soluciones y construyeron relaciones con insurgentes, jeques e imanes en el suelo, que les dieron a los mejores de ellos entendimiento detallado del Medio Oriente "real", que rivalizaría con cualquier profesor de estudios sobre Medio Oriente.
Hace bastante tiempo, argumento que debería haber una prueba para cualquier oficial que quiera servir en Irak o en Afganistán -sólo una pregunta: "¿Cree usted que la menor distancia entre dos puntos es una línea recta?" Si uno contesta "sí", puede irse a Alemania, Corea del Sur o Japón, pero si contesta "no" puede irse a Irak o Afganistán. Bueno, esta guerra produjo una clase de oficiales que son pensadores muy anticonvencionales. Aprendieron todo de la forma más difícil -no en el salón de clase en Annapolis o en West Point, sino en las calles de Fallujah y Kandahar.
Los denomino: "Una Clase Demasiado Testaruda para Desistir" Digo esto con afecto y respeto. Cuando todo parecía perdido en Irak, fueron demasiado testarudos para desistir y descubrieron una nueva estrategia anti insurgencia. Que no produjo un éxito irreversible todavía -y puede que nunca lo produzca. Pero mantuvo viva la esperanza de un resultado decente. Las mismas personas están intentando hacer lo mismo en Afganistán ahora. ¿Su mayor descubrimiento estratégico? "No contamos más los enemigos muertos en acción", me contó uno de los oficiales.
Al inicio, tanto en Irak como en Afganistán, nuestras tropas hacían el conteo de cuerpos, a la Vietnam. Pero el gran cambio vino cuando los oficiales en el mando de estas guerras entendieron que las relaciones construidas importaban más que los muertos en acción. Una relación construida con un alcalde o imán o insurgente iraquí o afgano valía mucho más que un muerto en acción. Relaciones traen informaciones; ellas traen cooperación. Una buena relación puede salvar las vidas de decenas de soldados y civiles. Una razón por la que la tortura y Abu Ghraib salieron del control fue porque nuestros soldados habían construido tan pocas relaciones que, en vez de eso, intentaban sacarles informaciones a las personas golpeándolas. Pero la construcción de una relación da trabajo.
Y esto lleva a mi incomodidad. Los Estados Unidos adoptaron a Afganistán como nuestro nuevo bebé. El aumento en las tropas que Obama ordenó aquí al inicio de su ejercicio llevó esta misión de una intervención limitada, con resultados limitados, a un proyecto completo de construcción de una nación, que tardará mucho tiempo en dar resultados - si es que dará. Vinimos aquí para destruir a Al-Qaeda y, ahora, estamos en una gran guerra con el Talibán. ¿Esto realmente es usar bien el poder americano?
Por lo menos La Clase Demasiado Testaruda para Desistir está en el mando, y tiene una estrategia: Limpiar áreas del Talibán, mantenerlas en alianza con el ejército afgano, reconstruir estas áreas construyendo relaciones con gobernadores distritales y asambleas locales para ayudarlos a mejorar sus habilidades de ofrecer servicios para el pueblo afgano -especialmente tribunales, escuelas y policía- para que puedan darle soporte al gobierno afgano.
¿Las malas noticias? Esta es la Introducción a la Construcción de un Estado, y nuestros aliados, la policía y el gobierno afgano actual, son tan corruptos que no sólo algunos afganos prefieren el Talibán. Con tiempo, dinero, soldados y trabajadores de asistencia infinitos, probablemente podremos reverter esto. Pero no tenemos nada de esto. Siento una distancia surgiendo entre nuestros fines y nuestros medios y nuestras limitaciones de tiempo. Mi corazón dice: Misión crítica -ayude a los afganos que quieren un gobierno decente. Mi cabeza dice: Misión imposible.
¿Entenderá Obama cuánto apostó de su presidencia al transformar a Afganistán en un país estable? Ahora es demasiado tarde. Entonces, espero que La Clase Demasiado Testaruda para Desistir pueda llevar todo lo que aprendió en Irak y ayudar a reconstruir El País que Está Muy Estropeado para Funcionar.
The New York Times