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The New York Times
Christopher Hitchens
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Christopher Hitchens
The New York Times
Cuando vi la propaganda de página entera en el The New York Times del domingo, ya estaba tan entorpecido y habituado que no llegué a considerar grotesco lo que vi. En aquel trozo de papel se destacaban las palabras: "El trabajo sigue, la causa permanece, la esperanza todavía vive y el sueño jamás morirá". A continuación aparecía el nombre del político que un día leyó esas palabras en su discurso.
La declaración parece en perfecta sintonía con la determinación de los medios de comunicación de masa de los EE.UU, en no desistir hasta que cada niño del país, o incluso del mundo, sepa de memoria todas las palabras del estratega Bob Shrum. En la nota de pie de página, en letras pequeñas, se lee: "Seguiremos su legado de fe en las personas y en el trabajo que todavía está lejos de ser concluido". Eso también podría haber salido de prácticamente cualquier homenaje hecho después del día 26 de agosto. Por último, la logo marca de Levi's y el eslogan aguerrido: Go Forth (Vaya más allá). (¿Y qué hacer? ¿Multiplicarnos? Ahora que los Kennedys ya se fueron.)
Cuando reiteradas infinita e incesantemente, las palabras más comunes empiezan a perder su real sentido. La palabra "sueño" es hoy algo tan vago al punto de perder su contenido y, con la ayuda de Barack Obama, "esperanza" va por el mismo camino. Por ejemplo, en dos ocasiones, el sábado, escuché las palabras de la iglesia católica durante la ceremonia fúnebre, sobre la "esperanza cierta y garantizada de la resurrección". Si eso significa algo, no es que haya algo de garantizado sobre la resurrección, y sí con relación a la esperanza que las personas tienen de ella.
Uno de los aspectos más despreciables del "legado" Kennedy es la incontrolable horda de políticos/celebridades, tratando de salirse bien en los medios de comunicación, su artificialidad y la retórica incansable de la "transmisión del legado". Unas viejas imágenes con obituarios de archivo mostraron el momento en que eso empezó a suceder. En 1962, a pesar de haber sido preparado por su familia para asumir la silla en el Senado, por el estado de Massachusetts, Edward Kennedy (voy a llamarlo así porque nunca lo conocí personalmente) enfrentó un oponente fuerte y articulado en las primarias llamado Edward J. McCormack Jr., procurador general del estado.
Las imágenes mostraban a McCormack acusando al oponente de ser un aprovechador y apuntando la influencia de la familia en su carrera, para entonces mostrar un tipo de luz penetrando en los ojos de Kennedy mientras él sigue con sus mentiras y dice que la elección nada tiene que ver con el poder de influencia de su familia en Washington, sino que es una expresión del "destino" del pueblo de Massachusetts. Cuando los aplausos falsos empiezan a crecer y McCormack se da cuenta de que los tiempos estaban cambiando, casi se puede escuchar al futuro heredero del senado pensar: Esa fue fácil.
La familia que el senador dejó debe estar pensando lo mismo, porque toda la historia de gloria de los Kennedy fue transmitida en red nacional. Creo que ahora ellos ya piensan que eso es un derecho adquirido. Claro que "la tragedia" en el incidente de 1969 en Chappaquiddick tuvo su utilidad. Asimismo, debe ser necesaria una buena dosis de ingenuidad de las redes de televisión para simplemente ignorar las simpatías fascistas y el histórico de falsario de Joseph Kennedy padre, las campañas sanguinarias de sus hijos en Cuba, las conexiones con la mafia, el asesinato de Ngo Dinh Diem en Vietnam, los vicios en narcóticos cada vez más frenéticos y patéticos de JFK, la explotación de mujeres frágiles como Marilyn Monroe y mucho más.
De cierta forma, esa cobertura mediocre reveló ser un mal servicio incluso para el fallecido. Al fin y al cabo, era verdad, en parte, que el hermano más joven sobrevivió al histórico criminal, narcisista y sediento de poder de su familia. En la mañana siguiente a la muerte de Edward Kennedy, su mejor biógrafo, Adam Clymer, escribió que estaba muy mal ver la discontinuidad en la carrera de Kennedy y que él hubiese sido, de hecho, un legislador competente antes de abandonar la carrera por la Casa Blanca en 1980. Todo eso puede ser verdad, pero los obituarios hubiesen sido muy diferentes -dada la índole de la profesión periodística- si Kennedy hubiese fallecido en 1991, en la época del episodio en la discoteca Au Bar, de Palm Springs, y no hubiese decidido ser nuevamente un ciudadano decente.
Un ex colaborador de Kennedy en los tiempos del senado se sentó conmigo la semana pasada y me contó que la presidenta socialista de Chile, Michelle Bachelet, había visitado la casa de Kennedy el año pasado y le había ofrecido al Senador el premio de derechos humanos más prestigiado en su país. Su trabajo en esa área tal vez haya servido para compensar lo que sus hermanos hicieron en el hemisferio Sur, lo que Lyndon Johnson denominó "maldita Familia Asesina". Entonces, lógico, su trabajo en la cuestión de la salud (en que incluso Richard Nixon tenía un histórico mejor) y su última decisión de encarar la vida de frente prevalecieron.
En aquellos meses próximos al fin, después de la repulsión que sintió al ver la propaganda anti Obama esparcirse por el partido demócrata en las primarias -que después fue retomada por la derecha en las elecciones generales- él retiró su apoyo a la candidatura de un político cuya victoria significaría la perpetuación de una dinastía política más como Bush, Gore o Clinton. ¡Qué favor nos hizo con su repulsión! Y que conveniente que el autor del acto heroico sea un Kennedy. La retórica política del Obamanismo es, incluso, una verborrea peor que la de los Kennedy, pero no se puede tener todo.
La verdad es que, no sólo en los EE.UU., las personas reaccionan con mucha facilidad a cuestiones como redención, reparación y compensación por tiempo y oportunidades perdidos. Como dirían los griegos, el hombre sólo es feliz cuando muere. El último año de Kennedy fue tal vez su mejor año, ¿y cuántos hombres y mujeres pueden darse el lujo de decir eso?
Terra Magazine