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EFE
Manuel Zelaya, durante la rueda de prensa que ofreció tras su intervención ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, Estados Unidos.
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Hugo Muleiro
Buenos Aires
"En Estados Unidos nunca hubo un golpe de estado porque no hay una embajada estadounidense". La vieja broma latinoamericana, de pretensiones "anti-imperialistas", recuperó vigor en estos días de convulsión en Honduras, pero en realidad había sido evocada antes de que Manuel Zelaya fuera desplazado del cargo a punta de pistola.
Tanto cambiaron los tiempos que fue pronunciada a viva voz en la Casa Blanca, el 23 de junio, y en presencia del mismísimo Barack Obama, por un periodista chileno que cubría la visita de la mandataria Michelle Bachelet. Dicen que Obama se rió y que Bachelet también, pero como el periodista recordó que fue ella quien poco tiempo atrás había evocado la broma, la presidenta se apresuró a aclarar que la conoció gracias a un estadounidense... Es que a Obama recién lo estamos conociendo, y no sabemos bien hasta dónde llega su sentido del humor.
Tampoco se sabe con la profundidad necesaria cuál será su política para América Latina, aunque en la cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago, en abril, aceptó que su país cometió "errores" en la región, que ya no repetirá. Y antes de la reunión en Puerto España, CNN le había preguntado con insistencia qué le iba a decir a los mandatarios que impulsaron o impulsan proyectos de reelección. Y él respondió que nada les iba a decir, porque cada país debe resolver por sí mismo el modelo político que aplica, aunque Estados Unidos prefiere para sí -comentó al paso- un sistema de "alternancia".
Si estas palabras de Obama merecen atención, también la merecen las preguntas que toda la región se hace en estos días: la inteligencia, el Departamento de Estado, la embajada estadounidense en Tegucigalpa, ¿nada, pero nada sabían que se fraguaba un golpe de estado?
Estados Unidos tiene presencia militar en Honduras y controla el espacio aéreo de ese país en protección de su poderosa base de Palmerola, ubicada entre Tegucigalpa y San Pedro Sula. Se trata de una de las mejores pistas de Centroamérica, por la extensión de sus pistas, y por ello la que puede recibir aviones de gran porte. Así, es presunción extendida que es "imposible" que la coordinación indispensable para sacar a Zelaya del poder no haya estado en conocimiento de "la embajada".
Quizá por ello Zelaya, el domingo en San José, demandó al embajador estadounidense, Hugo Llorens, que dijera claramente si apoyaba o no el golpe. El diplomático se vio forzado a declarar inmediatamente que no lo apoyaba.
Los pronunciamientos en Washington fueron varios, y de tono diverso, en las 36 horas subsiguientes. En los extremos de esos tonos, Obama habló primero, el mismo domingo, de "preocupación", pero el lunes subió la voz para condenar "el golpe de estado" y dijo que Zelaya es el presidente que su país reconoce como legítimo.
En el abanico de esos movimientos dubitativos toma cuerpo la suposición de que militares "halcones", en acuerdo con una parte de la inteligencia norteamericana y funcionarios del Departamento de Estado de la misma orientación, avalaron en Honduras un "ensayo", una "prueba de fuerza" con Obama, para verificar hasta dónde llega su proclamada prescindencia en los asuntos internos de los países de América Latina. Y, de paso, según esta conjetura expresada por varios analistas, avisar a la región que el giro hacia la izquierda, por así llamarlo, puede empezar a encontrar límites.
En aquellas intervenciones en la cumbre de las Américas, Obama dijo que así como en adelante su país no se inmiscuirá en los asuntos internos de los países del continente, es justo que reclame que esos países no le echen la culpa a Washington cada vez que tengan un trastorno. Trasladada la exigencia, bien se puede decir ahora que no es atribuible exclusivamente a una intervención norteamericana lo que está sucediendo en Honduras.
La confrontación más visible es el cuestionamiento de sectores políticos, militares y de la Iglesia católica a la consulta no vinculante que Zelaya iba a realizar el domingo del golpe para que los hondureños digan si están de acuerdo o no en que en la votación de noviembre haya una urna separada, para conformar una Asamblea Constituyente.
La objeción fácil y a la mano es que Zelaya quiere "perpetuarse indefinidamente en el poder, como Chávez", nombrado y archinombrado en Honduras, en toda circunstancia y en cualquier conflicto.. Tanto que el martes 30 por la noche, ante una refriega de fuerzas policiales con manifestantes adherentes a Zelaya, un diario local habló de "turba chavista".
Pero, como siempre, nada es tan sencillo ni se puede reducir a consignas. Aunque tomará tiempo descifrar la profundidad de la crisis, surgen como elementos decisivos iniciativas que Zelaya tomó y que nada tienen que ver con la consulta, la reforma constitucional y la supuesta reelección. En efecto, sus medidas para comprar petróleo venezolano impactan de lleno en un viejo esquema local de importación manejado por un grupo selecto de empresarios.
También intentó cortarle el paso a un muy antiguo negocio de importación de armas y, además, al integrar al país al ALBA, puede quedar en condiciones de amenazar un circuito en el mercado de medicamentos, acercándose a la producción alternativa de algunos de los miembros de ese grupo.
Para el esquema político y económico consolidado en Honduras esas iniciativas son motivo de una verdadera conmoción, tanto que en el Partido Liberal, del que es originario Zelaya, están los más encarnizados adversarios del presidente desplazado.
Además, Zelaya había anunciado su propósito de construir un aeropuerto nuevo en Palmerola, alternativo al de Toncontín, lo que iba a afectar a la base estadounidense. Esto último era público y notorio, y también lo sabía "la embajada".
Terra Magazine
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