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"Como es el uso de los recursos naturales, como herramienta indispensable para la justicia social. Solucionar los varios problemas ambientales que tenemos hoy, beneficia a todos", dice Marina Silva.
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Marina Silva
Brasilia, Brasil
Este jueves participaré en un evento que tiene un significado muy especial: el lanzamiento de la Campaña de la Fraternidad Ecuménica de 2010, en el Corcovado, en Río de Janeiro.
A diferencia de las campañas de la fraternidad realizadas anualmente por la Iglesia Católica, las campañas ecuménicas son organizadas por el Consejo Nacional de Iglesias Cristianas de Brasil (CONIC) y ocurren una vez a cada cinco años. Esta será la tercera. La primera se realizó en 2000 y la segunda en 2005.
Esta vez, la temática es Economía y Vida, basada en la frase radical de Jesús: "Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero", del evangelio de Mateo, capítulo 6, versículo 24. El objetivo es movilizar a las iglesias y a la sociedad para "darle respuestas concretas a las necesidades básicas de la gente y proteger la naturaleza a partir del cambio de actitudes personales, comunitarias y sociales, fundamentadas en alternativas viables derivadas de la visión de un mundo justo y solidario". Con esa frase, los organizadores no podrían haber sido más exactos al describir los problemas que están en juego cuando hablamos del sueño de un futuro mejor.
Al unirnos para alcanzar esos objetivos, también estamos manifestando la opción por una vida más simple, menos gananciosa, consumista e individualista. Sin embargo, para lograrlo tendremos que enfrentar desafíos de alta complejidad, que llevan a profundas transformaciones sociales y culturales. Porque actualmente vivimos una completa inversión de valores, en la cual la gente vale menos que los objetos y los derechos humanos fundamentales como la salud, la educación y la alimentación, se tratan como mercaderías al sabor de las motivaciones económicas y la ganancia.
El economista Muhammad Yunus, premio Nobel de la Paz de 2006 y creador de un sistema de microcrédito para los pobres, fue directamente al punto cuando afirmó, en una entrevista a la prensa, que la crisis económica mundial es una oportunidad para el desarrollo de un sistema financiero para el pueblo, no para los ricos, porque "la economía, actualmente, está dirigida sólo para la obtención del máximo de ganancia".
Tal vez no tengamos muchas oportunidades de realizar el cambio que nos gustaría hacer en nuestras sociedades si no desmitificamos la riqueza material como el último de los fines, aquél que domina las relaciones humanas y las brutaliza, sacrificando la solidaridad y llevando a la incapacidad de entender la realización personal y la felicidad lejos de la acumulación ilimitada de bienes.
Riqueza no significa solamente tener dinero. Significa hacer parte de una población saludable, sin miseria ni abandono de seres humanos en situaciones de extrema degradación. Es disponer de un ambiente natural y acogedor, sin contaminación, sin la destrucción irresponsable e insana del ecosistema cuya integridad es esencial para nuestra propia supervivencia. Es tener un trabajo digno, no ser objeto de prejuicios, viviendo en una comunidad cuyas relaciones se basan en el respeto recíproco.
Los movimientos progresistas cristianos dan una enorme contribución al país empeñándose en la recuperación de la ciudadanía política de las personas excluidas históricamente y al conectarlas a los derechos que necesariamente deben estar en la base de un nuevo modelo de desarrollo para el país.
Como es el uso de los recursos naturales, como herramienta indispensable para la justicia social. Solucionar los varios problemas ambientales que tenemos hoy, beneficia a todos. Pero si no los resolvemos, los más pobres serán los más afectados.
Los desafíos ambientales también le plantean a la política el reto de una actuación generosa, desinteresada, al servicio de la sociedad y de los grupos más fragilizados, capaz de cuidar hoy de las generaciones futuras.
Como bien lo recuerda otro pasaje bíblico, del Génesis, cuando Abraham sembró un bosque en Berseba para adorar a Dios. Al hacerlo, aquel que fue llamado de "padre de todos los pueblos" también selló simbólicamente una alianza intergeneracional con la humanidad. La cual aún está viva y exigiéndonos nuestro compromiso y acción.
Terra Magazine