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Tiempo de compromisos

AP
"Mientras resista el gobierno a asumir metas globales, las empresas toman la delantera del proceso y anticipan lo que será la tarea que cabrá a todos", dice Marina Silva.

Marina Silva
Brasilia, Brasil

Hace una semana, los ejecutivos de las más grandes empresas del país, reunidos en São Paulo, en el seminario "Brasil y los Cambios Climáticos: Oportunidades para una Economía de Bajo Carbono", se comprometieron a hacer su parte con relación al medio ambiente.

Asumieron el compromiso de reducir, a lo largo de los próximos años, el llamado contenido específico de carbono de sus productos. Ese contenido mide cuánto de carbono fósil se emite en el proceso que va desde la fabricación hasta el consumo de las cosas que están en nuestro día a día.

Esa no es una cuestión menor, marginal, meramente romántica. Es crucial. Dejarla de lado es quedarse atrás con relación al resto del mundo. La economía de bajo carbono, conectada con la realidad del calentamiento global, ya avanza en los foros y organismos internacionales. Las empresas que ignoren esto perderán mucho más dinero de lo que se imaginan que van a perder para adaptar sus procesos a las exigencias ambientales.

La iniciativa de las empresas también es importante para revigorar las difíciles negociaciones, todavía en marcha, entre los representantes de los gobiernos participantes de la Convención del Clima, cuya reunión anual está marcada para diciembre, en Copenhague, Dinamarca. En ella se deberá definir la continuidad del Protocolo de Kioto que abarca los países más ricos.

Pero la novedad esperada para esa reunión es un posible compromiso de los grandes países emergentes -principalmente Brasil, China e India- con los esfuerzos internacionales de reducción de las emisiones de carbono hacia la atmósfera. Brasil probablemente no avanzará más allá de la promesa que hizo el año pasado de reducir en un 70% la deforestación de Amazonia hasta el año 2017.

Está prevista hasta el final de este año una verificación completa de las emisiones de gases del efecto estufa en cada sector del país, a partir de datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), de la Empresa de Investigación Energética (EPE) y de la propia industria. De forma preliminar ya sabemos que Brasil camina hacia un perfil de emisiones similares a las de los países desarrollados, impulsadas por los sectores de industria, energía y transportes. Una tendencia que debe ser equilibrada.

Ese equilibrio significa ir más allá del enfrentamiento de la deforestación y de las quemas. Representaría, por ejemplo, mejorar mucho la actividad pecuaria, donde 190 millones de cabezas de ganado ocupan 200 millones de hectáreas de pasto: un único buey o vaca en un área más grande que una cancha de fútbol.

Mejorar ese índice reduciría la presión por la deforestación y podría aumentar la oferta de áreas ya deforestadas para la producción agrícola, de florestas energéticas, de biocombustibles y para la recuperación forestal.

De esa forma, en estos días que preceden la reunión en Copenhague, el contraste más notable en nuestro país es entre el gobierno federal y algunas de nuestras empresas más grandes. Mientras resista el gobierno a asumir metas globales, en una lógica comprensible sólo en el juego diplomático internacional, las empresas toman la delantera del proceso y anticipan lo que será -tarde o temprano- la tarea que cabrá a todos: reducir las emisiones atmosféricas de gases que están calentando el planeta y provocando los cambios climáticos globales.

Para interrumpir ese juego diplomático inmovilista de los gobiernos, debemos recordar que lo que está en juego es nada más nada menos que la condición de supervivencia de una gran parcela de la especie humana y de la biodiversidad del planeta. Dada la dimensión del problema, es mejor tomar la actitud correcta antes temprano que tarde.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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