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"Jackson entra con derecho propio a este selecto club de humanos, no por sus virtudes, sino a pesar de sus debilidades y limitaciones", opina Restrepo.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
Si Aquiles, Héctor o Sócrates hubieran vivido y muerto en este siglo XXI, no habrían tenido el despliegue informativo que rodeó la muerte de Michel Jackson.
Para los dos guerreros hubo tratamiento de héroes en los cantos de Homero, que los convirtieron en ídolos de su tiempo y de todos los tiempos; y a Sócrates lo inmortalizó Platón, y lo reviven los tratados de filosofía de siempre. Pero insertados en nuestros días y puestos físicamente vivos ante las actuales generaciones, hubieran merecido el limitado homenaje tributado a Alexander Solzhenitsyn, o a Mario Benedetti, o al mismo Rafael Escalona, o a Fanny Mickey, muertos en el último año y registrados en los medios con cicatera generosidad en nada parecida a la explosión de publicaciones y a la jacksonmanía que recorrió al mundo con motivo de la muerte del ídolo del rock.
Unos más que otros, pero todos, han sido ídolos, héroes, santones de la humanidad, referentes indiscutibles en el mundo o en sus comunidades.
Variedad de ídolos
Pero los héroes son diferentes. Uno es el heroísmo de Aquiles o de Héctor, los dos esforzados, valientes, dispuestos a proteger y defender su patria con todo lo que eran y tenían; otra clase de heroísmo es el de Sócrates, en quien la elevación del alma perfila al sabio heroico; se parece, pero no es igual, el perfil de la madre Teresa de Calcuta a quien hacen heroína los valores de la fe y del amor al prójimo que distinguen a los santos; son héroes el Libertador Simón Bolívar y el sacerdote Maximiliano Kolbe, quien ante la sentencia que condenó a morir de hambre a 15 prisioneros en Auschwitz, dio un paso adelante para ponerse en lugar de un condenado que tenía esposa e hijos, y murió reemplazándolo. Los dos, el Libertador y el sacerdote, aparecen como héroes del amor a los demás.
Hay héroes que piensan en sí mismos y que indirectamente sirven a los demás. Son los que lucieron medallas de oro en las olimpíadas de Pekín. Hicieron lo que nadie había hecho antes: rompieron récords de natación, o de levantamiento de pesas, o de salto en garrocha o en lanzamiento del martillo o de la jabalina. En cada caso los humanos tomamos nota de que uno de los nuestros había hecho real algo posible: superar cuanto se había logrado hasta entonces.
Entre toda esta variedad de ídolos de la humanidad, Michel Jackson está ocupando un lugar, por consagración de sus millones de fanáticos en el mundo. Ese fervor popular reemplaza al óleo perfumando con que se ungía a los reyes en la antigüedad. ¿Pero cuáles son sus credenciales?
Las credenciales de Michel
Gran parte de la información sobre él, se ha centrado en lo que fue la preocupación de los jueces que manejaron la acusación de pedofilia que el artista debió sortear el año pasado. Otras informaciones destacan su problema de identidad, manifiesto en el proceso de cambio de color de su piel, para dejar de ser negro y convertirse en blanco. Una imagen repetida hasta el hartazgo lo muestra asomado a una ventana mientras sostiene a un bebé en el vacío. Unos creen que iba a arrojarlo, otros creen que lo mostraba a los medios de comunicación en un gesto patético y ambiguo. Pero el rasgo que acentuaron las investigaciones sobre la causa de su muerte, fue su adicción a las drogas.
Es evidente que ninguno de estos hechos lo convierte en héroe. Lo ideal sería encontrar en él un ídolo integral que, como las piedras preciosas, pueda lucir deslumbrante en todas sus dimensiones. Sin embargo no se puede concluir que los de hoy son héroes degradados, ídolos de alfeñique, si se los compara con los de ayer: los guerreros griegos, el sabio ateniense, los campeones de la ciencia, de las letras o de las artes, los santos o los próceres. Jackson entra con derecho propio a este selecto club de humanos, no por sus virtudes, sino a pesar de sus debilidades y limitaciones. Está emparentado con todos ellos por un gen que es común a todos los héroes e ídolos: la fidelidad a la vocación de la excelencia.
Todo ser humano, obediente a su naturaleza, quiere ser excelente. En este rockero, compositor, cantante y artista del baile y de las coreografías espectaculares, la humanidad aplaude la excelencia profesional, de la misma que al Nobel de medicina, o de química, o de literatura, o de paz, les premian el excelente desempeño y los altos logros en sus campos.
Cuando un ser humano logra la excelencia en una actividad, le notifica a la humanidad la certeza de que las posibilidades del humano son infinitas. Por eso esta despedida de ídolo para Michel Jackson.
jrestrep1@gmail.com
Terra Magazine