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"Si la Nasa y sus sondas anunciaran el encuentro de los extraterrestres, ¿qué cambiaría en la vida del planeta tierra?", se pregunta Restrepo.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
Descifrar algo sucedido hace 14 billones de años y explorar lo que hay a 4.36 años luz de distancia, son dos de las tareas que la humanidad ha acometido en los últimos años. Los científicos quieren saberlo todo sobre ese gran estallido que dio origen al universo. Lo dicen y es imposible imaginarlo: todo el universo observable tenía un tamaño 100 trillones de veces más pequeño que un átomo. Pascal hablaba del infinito de lo pequeño, pero nunca debió entrever este dato que hoy manejan los cinco mil científicos vinculados al proyecto del CERN, el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares de Ginebra.
Oyendo el big bang
¿Qué sucedió cuando todo comenzó tras aquella gran explosión del núcleo primordial, o "big bang" que la ciencia parece escuchar todavía?
El pasado 10 de septiembre entró en funcionamiento la primera etapa del gran colisionador de hadrones, que así se llaman las partículas más pequeñas conocidas por el hombre. El acelerador y colisionador de partículas, ubicado en Meyrin, un pueblo suizo fronterizo con Francia, es un tubo circular de 27 kilómetros, sepultado a más de 40 metros bajo tierra, en donde con la ayuda de intensos campos magnéticos se acelerarán partículas subatómicas. Allí se trata de ver lo que ocurrió en el estallido creador del universo.
En los 20 países europeos que han invertido 50.521 millones de euros para la primera etapa de la investigación, que cubrirá el período 2007-2013, la expectativa va más allá del hallazgo de una respuesta teórica: se trata de encontrar nuevas fórmulas de producción de energía y de tener una nueva visión clarificadora sobre el origen del universo. Algo así como descubrir la más remota de las respuestas a la pregunta: ¿de dónde venimos? Y afrontar los consiguientes reajustes del conocimiento y sus aplicaciones prácticas.
En busca de extraterrstres
En estos días está en marcha el nuevo colosal proyecto de la Nasa con su sonda Kepler, lanzada al espacio con el impulso de un cohete Delta III, para buscar vida extraterrestre, en una zona entre las constelaciones Cisne y Lira, poblada por 100.000 estrellas de la vía láctea.. De ellas han sido identificadas 300 que hacen pensar a los astrónomos si ofrecen condiciones condiciones semejantes a las de nuestro planeta, o si, al ser diferentes, acentuarán la arrogante convicción de los humanos, de ser únicos en el universo.
Durante los próximos 15 años la tecnología y la ciencia buscarán esos seres inteligentes que hasta ahora han sido solo un presentimiento de teólogos, filósofos, científicos, poetas, novelistas y libretistas de radio, cine y televisión.
El 12 de abril de 1961, cuando Yuri Gagarin a bordo del Vostok I sobrevoló por primera vez el espacio, la prensa mundial destacó como un dato curioso su afirmación de que no había visto a Dios entre las estrellas. A su vez el diario ruso Izvestia comentó: "la religión dice que son ángeles los que viajan por el espacio exterior, pero son los cosmonautas el símbolo del hombre libre de cadenas espirituales y materiales."
Pero el tema religioso pasó a un segundo plano ante la curiosidad científica sobre un hallazgo que tampoco había hecho Gagarin: los extraterrestres. Que no hubiera visto a Dios era explicable; pero que se pudieran encontrar extraterrestres en el espacio, era una posibilidad.
Dos teólogos, los padres Secchi y Pohle en 1884 coincidieron en dos publicaciones separadas sobre el tema: "es absurdo mirar esas inmensas regiones de los cielos, como desiertos inhabitados," escribió el jesuita Secchi. Por su parte el alemán, José Pohle había publicado en "Los mundos estelares y sus habitantes" un argumento teológico: "ninguna gloria llega a Dios sin la existencia de seres inteligentes en esos otros mundos distintos del nuestro. Hay la necesidad de que haya otros mundos habitados en el universo."
El inicio de la era espacial revivió esas ideas: "es absurdo buscar el sentido del universo solo en nuestra pequeña historia terrestre", escribió el investigador italiano Bavink en "Resultados y Problemas de las Ciencias Naturales," aparecido en 1947. Desde entonces se hicieron cada vez más frecuentes las apariciones de los extraterrestres de ficción en las creaciones artísticas. Una vieja novela de Nicolás Wohl, "Sin Pecado Original",exploró un futuro con habitantes de otros planetas. "¿Quién puede asegurar que no hemos sido ya descubiertos y encontrados tan insignificantes en nuestro pequeño mundo que no nos lo hayan notificado?" se preguntaba el autor. Orson Welles aterrorizó a sus oyentes con una supuesta invasión de marcianos, a los que los niños de hoy se han acostumbrado hasta convertirlos en juguetes y personajes habituales de sus ficciones.
¿Y si aparecen los extraterrestres?
Pero si la Nasa y sus sondas -hoy la Kepler, mañana la Galileo u otra- cortaran la respiración del mundo con el anuncio del encuentro de los extraterrestres, ¿qué cambiaría en la vida del planeta tierra?
Cuando desde el Apolo XI se transmitió la primera imagen de la tierra, como un sereno planeta azul que flotaba en el espacio, algo comenzó a cambiar en la visión y en la actitud de los humanos hacia su planeta. Sentirse habitantes de una misma nave azul, vivir bajo esa apariencia pacífica, compartir la misma suerte de este gran lugar común, fueron reacciones que se dieron y se darán en el futuro, sobre otra manera de pensar el mundo.
Los extraterrestres no sacudirían tan solo una retórica sensación de soledad cósmica, también pondrían en tela de juicio numerosas certezas que dejarían al descubierto nuevas posibilidades, por ejemplo, que hay otras formas de ser inteligentes.
Si eso se logra estarían bien invertidos el presupuesto y las expectativas de esta gran aventura científica de la sonda Kepler.
Terra Magazine