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EFE
"La historia del secuestrado desconocido encaja dentro de la singular lógica en que la vida y la libertad de los secuestrados aparecen subordinadas al juego político en que ellos son medios utilizables para obtener un fin", opina Javier Darío Restrepo. En Bogotá, un grupo de niños camina con carteles con las fotos de sus familiares secuestrados por las FARC.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
Las cifras no coinciden cuando se trata del número de secuestrados en poder de la guerrilla: ¿son 800, o 600, o 300, o cerca de 50? Es como si el país hubiera perdido la cuenta de las víctimas de ese crímen espantoso que es el secuestro.
Durante un tiempo la memoria colectiva concentró alrededor del nombre y la figura de Ingrid, el drama del secuestro: mujer, madre, joven, inteligente, apoyada por el gobierno francés, atrajo la atención y la sensibilidad de la opinión pública. En otro momento el pensamiento común se concentró en los contratistas de Estados Unidos, porque su secuestro exhibía el agregado de un desafío guerrillero a los Estados Unidos. Las revelaciones de Jorge Enrique Botero sobre las alambradas de las FARC tan parecidas a campos de concentración, o sobre el coronel Mendieta y su larga agonía; o la espectacular noticia sobre el hijo de Clara Rojas, nacido en cautiverio, alimentaron el imaginario popular con una rica variedad de figuras y personajes en secuestro; pero estos ires y venires de la voluble opinión pública mantuvieron en la sombra los nombres de los otros secuestrados que, como en el caso de aquellos soldados anónimos que recibieron el homenaje de la tumba erigida en honor al soldado desconocido, deben honrarse al exaltar como personaje de este año de liberaciones, al secuestrado desconocido.
Lo lloran y lo esperan todos los días sus familiares y conocidos, pero el país lo desconoce y mantiene con él una solidaridad formal y fría, cercana a la indiferencia.
La política o el secuestrado
El año termina bajo el signo de los secuestrados y con graves preocupaciones como la que registraba desde su cambuche, el secuestrado Gilberto Echeverri al escribir el 15 de abril de 2003, después de oir una alocución presidencial: "el presidente Uribe les notifica a las FARC que los buscará en donde se encuentren y los derrotará. Para nosotros es la peor noticia; es la polarización que frena el acuerdo humanitario, para mí puede significar que tal vez nunca regrese vivo a casa." Igual presentimiento sugiere el diario de otro secuestrado, el gobernador Guillermo Gaviria: "en el principio del gobierno de Álvaro Uribe, la liberación puede fácilmente empantanarse." Las esperanzas de estos dos secuestrados se apagaban ante el efecto devastador de la bravuconería presidencial.
Es muy probable que expresiones parecidas y un desaliento igual se estén repitiendo ahora, en los cambuches de la selva, ante las expresiones de un presidente capaz de entender una liberación como una celada y una amenaza.
La historia del secuestrado desconocido encaja dentro de la singular lógica en que la vida y la libertad de los secuestrados aparecen subordinadas al juego político en que ellos son medios utilizables para obtener un fin.
Fue evidente en la Operación Jaque, brillante e ingeniosa, pero parte de un juego político que a veces convenía al presidente Uribe y otras a su ambicioso ministro de defensa y, desde luego a los secuestrados liberados, pero como comparsas de los actores principales.
Cuando los secuestrados fueron las víctimas, que fue el caso del ex ministro Echeverri y del gobernador Gaviria con un grupo de soldados, más que el fracaso de la operación temeraria, se destacó la acción criminal (que lo fue) del grupo guerrillero. En el anuncio que acaba de hacerse por parte de la guerrilla, contrastan la esperanzada alegría de las familias de los secuestrados y de los colombianos, con las reticencias y el crujir de dientes del presidente. Más que la alegría de los liberados, al gobierno parece importarle de modo preferente el impacto político de la operación que, desde luego, dejará al desnudo la eficacia de la acción política sobre las operaciones armadas en las que el presidente confía con fe de carbonero.
Un nicho en la memoria
Un año marcado por hechos de tan diversa naturaleza: pirámides, volcanes e inundaciones; falsos positivos, congresistas en líos con la justicia por la parapolítica, generales destituidos, el primo encarcelado, bombardeo a las FARC en territorio ecuatoriano, crisis diplomática con los vecinos, ministro con hermano en la cárcel acusado de connivencia con narcotraficantes, caída de altos mandos de las guerrillas, etc, en un año así las liberaciones de secuestrados parecen conservar un privilegiado nicho en la memoria colectiva.
Como en la Operación Jaque, el éxito del operativo y la alegría de los liberados tuvieron la sombra del recuerdo de cuantos aún quedan en la selva. Entre ellos se levanta la presencia acusadora del secuestrado desconocido.
En efecto, mientras en los cambuches quede uno solo de ellos, la sociedad colombiana tendrá que sentirse derrotada y secuestrada.
Terra Magazine