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Colombia entre la fe militante y la fe sencilla

Getty Images
Colombia tuvo en los últimos 21 años un incremento de 2076 por ciento en el número de sectas y movimientos religiosos no cristianos. "¿Quiere decir esto que el catolicismo va en retirada, presionado por una competencia creciente y por una falta de respuesta a su clientela?", cuestiona Javier Darío Restrepo.

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

Al nuevo Procurador lo miran sus críticos con una abierta desconfianza por su militante actitud religiosa, hecha pública en varias ocasiones. Temas como el del aborto, el de los homosexuales o el de los derechos de los gay, en los que la Iglesia Católica mantiene posiciones definidas y vigorosas, contra posiciones igualmente recalcitrantes de viejos y nuevos liberales, de progresistas y defensores de un laicismo adverso a la tradicional influencia eclesiástica en la vida nacional, fueron invocados como otros tantos argumentos en contra de la elección del veterano jurista, Alejandro Ordóñez. El tema religioso dejó en un segundo plano sus méritos y ejecutorias como magistrado.

Más que un choque, la elección del nuevo Procurador con votos de conservadores, liberales, gobiernistas y opositores, planteó una discusión sobre la conveniencia o inconveniencia de que en el país se mantenga la influencia del catolicismo, tal como se ha vivido a lo largo de la historia nacional.

El ambiente religioso de las fiestas de fin de año parece dejar a un lado la polémica, pero el problema es real: ¿cuál es el papel de la Iglesia católica en la vida del país? ¿Se trata de una Iglesia en retirada? ¿Así como en la Constitución del 91 desapareció el reconocimiento de la Iglesia Católica como factor de orden social, su influencia política debe desaparecer? ¿Es una herejía democrática que en el despacho del Procurador se entronice un crucifijo en vez del general Santander?

¿Una Iglesia en retirada?

El 1987 el Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano (SPEC) registró la existencia de 36 sectas y de 16 movimientos religiosos no cristianos en el país. 21 años después en el Ministerio del Interior aparecen inscritos 1080 grupos religiosos; o sea un incremento del 2076 por ciento.

¿Quiere decir esto que el catolicismo va en retirada, presionado por una competencia creciente y por una falta de respuesta a su clientela?

De creerle a las encuestas, en los 9 años comprendidos entre 1992 y 2001 algo le pasó al catolicismo colombiano, que determinó una deserción de grandes proporciones. En 1927 los obispos no manejaron estadísticas, pero afirmaron sin dudar: " el sentimiento religioso es de la casi totalidad del pueblo colombiano." No pareció cambiar sensiblemente esa situación en 1992. La elocuente mayoría de los católicos se mantuvo como una constante durante más de 90 años.

En la navidad de 1964 el director de la revista Visión le dedicó su edición al examen de la Iglesia de esos años, y la saludó como la Iglesia cambiante, "que está cambiando para mejor." "Las nuevas generaciones del clero, decía, se apasionan por una misión más grande y profunda en el orden social..Quieren que haya justicia en el mundo y la buscan con arrojo. Alrededor de una Iglesia así se reúne con facilidad una Iglesia activa y deja de ser la religión católica un servicio para mujeres, como venía sucediendo." Esa visión positiva del expresidente Alberto Lleras no es la que revela la encuesta de 2001. ¿Qué sucedió en estos años de cambio de siglo?

¿Retroceso?

La propongo el hecho al padre Héctor Eduardo Lugo, un religioso franciscano, antiguo provincial de su orden, doctor de la Universidad de la Sorbona en religiones comparadas, profesor de la Universidad Javeriana y director del departamento de educación de la Conferencia episcopal, . títulos suficientes para asegurar que conoce y ha reflexionado sobre el tema. ¿Qué pensar de ese retroceso?

- Que es algo bueno para la Iglesia.

No hay ironía ni salida de tono en la escueta respuesta. Según él a la Iglesia le hacen daño esas mayorías que representan una victoria estadística, pero no una realidad de fe.

Oyendo su explicación, fría e inteligente, recuerdo una reacción parecida de otro sacerdote, el teólogo Alberto Parra cuando se aprobaba la constitución laical de 1991 y se había reformado el Concordato:"La Iglesia tendrá que hacer algún día el balance de lo logrado con la instrucción religiosa obligatoria, que logró transmitir verdades pero escasamente convicciones¿La no obligatoriedad de la enseñanza religiosa es un acicate para la Iglesia enfrente a su asunto esencial de lanzarse a una nueva evangelización " Una evangelización para tiempos sin concordato. Invocaba el sacerdote una expresión conciliar: "la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad.".

Es evidente, pues, que hay dos miradas divergentes sobre el hecho que la prensa ha calificado como una crisis del cristianismo en Colombia. ¿Por qué la divergencia?

Las miradas

Todo depende de las miradas.

Usted puede mirar a la Iglesia como una empresa multinacional que opera con autonomía en cada país y en todo el mundo. Emprende campañas que trascienden todas las fronteras. Un ejemplo: el óbolo del Papa, que se recolecta en todos los países en donde opera una "filial" y robustece un fondo para las obras benéficas del Papa. Consignas como la del NO al aborto se difunden en todos los países, no importa la política que los gobiernos hayan adoptado al respecto. La Iglesia es, pues, una gran multinacional de la fe, según esta mirada.

Los que parten de la idea del fundador, encuentran completamente ajena la idea del imperio multinacional en expansión y de los altos porcentajes de adhesión. Por el contrario, el lenguaje con que Cristo se refiere a su Iglesia, abunda en metáforas de lo pequeño. Nada de multitudes incontables, ni de empresa poderosa en el imaginario evangélico. Según El, los cristianos serían "una pequeña grey"; cumplirían la función modesta y casi invisible de la sal y de la levadura, que siempre se aplican en pequeñas cantidades; y tendría la apariencia de la más pequeña de las semillas, la de mostaza.

Las enormes multitudes cuentan como el campo de acción de ese pequeño grupo, que como la sal o la levadura, todo lo debe fermentar y llenar de sabor. Es una pequeña semilla con un enorme poder.

Para quienes miran así a la Iglesia, las estadísticas no importan; las grandes multitudes del catolicismo sociológico inspiran más desconfianza que orgullo. O como explicaba el teólogo Lugo esas masas son una carga para una Iglesia que confía más en el poder fermentador de unos pocos, en su capacidad para darle un sabor cristiano a la vida, que en el triunfalismo de unas masas con banderas y cantos a Cristo Rey, pero incapaces de asumir el control de sus propias vidas.. Desde este punto de vista un solo creyente consecuente con su fe, es un triunfo y es lo que se celebra en las canonizaciones de los santos. Cada santo es una victoria de la Iglesia.

La derrota corre por cuenta de ese 80 o 90% que llena templos y procesiones pero que convive con un patrón de vida en que está ausente la forma de vivir del creyente. Donde haya injusticia, exclusión, intolerancia, culto a los poderes, desprecio del ser humano, hay un cristianismo en decadencia, aunque se levanten imponentes catedrales y las cifras de bautizados dominen la demografía. Frente a estos hechos el problema no son las misas y rosarios del procurador Ordóñez, un asunto de mayor fondo es la legitimación que los ritos puedan hacer de la intolerancia y el fanatismo.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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