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La espera indígena continúa

EFE
En la misma semana no era políticamente oportuno entrar en conflicto con los banqueros y con los poderosos terratenientes, a la vez barones electorales de sus regiones, dice Restrepo.

Javier Dario Restrepo
Bogotá, Colombia

A pesar de que en los predios de la Universidad Nacional, en Bogotá, acampaban 15.000 indígenas de las distintas etnias que le dan al país ese carácter multiétnico de que habla la Constitución , el hecho transcurrió invisibilizado por la prensa.

Habían recorrido con una disciplina ejemplar cerca de 700 kilómetros y le habían planteado al país la expectativa de encontrar respuestas y soluciones a demandas seculares, pero esas expectativas fueron silenciadas por el estruendo de la caída de las pirámides y por los reclamos airados de miles de ahorradores que urgían la devolución de su dinero.

El silencio de los medios de comunicación fue el reflejo del silencio del presidente Alvaro Uribe. ¿Por qué calló el presidente?

El silencio presidencial

No solo fue la coincidencia de su viaje a Lima, cuando la caravana indígena llegaba a Bogotá. Además existen otras explicaciones posibles.

El presidente no quiso repetir el intento frustrado de otro encuentro con los indígenas. Los dos desencuentros de Cali fueron suficientes para demostrar que a esta población nativa colombiana no se la puede manejar con la técnica publicitaria de los habituales consejos comunitarios del presidente Uribe. Estos grupos étnicos tienen un concepto y una experiencia más genuinos de lo comunitario, porque las suyas son comunidades vivas que actúan a todas horas y para todas las circunstancias. El presidente y sus asesores, duchos en el manejo político, no le dieron a este aspecto la importancia que merece.

También es posible que la presidencia no tenga soluciones fáciles para las demandas de los indígenas. O si las tiene, no está en capacidad de emprender su aplicación y de pagar los costos que demandan. El solo tema de las tierras pone en aprietos al presidente con terratenientes que no están dispuestos a disminuir la extensión de sus dominios, y sí a ampliarlos. Y en la misma semana no era políticamente oportuno entrar en conflicto con los banqueros (cuestionados por el escándalo de las pirámides) y con los poderosos terratenientes, a la vez barones electorales de sus regiones. En esas condiciones un diálogo con los indígenas habría sumado otro conflicto al que ya había estallado.

La firmeza de los indígenas explica otra posible causa para el desencuentro. Al fracasar el intento por desacreditarlos moralmente con la acusación de alianza con la guerrilla -recurso utilizado como arma defensiva contra los opositores de toda clase- los indígenas impusieron ante la opinión su condición de grupo pacífico, víctimas más bien que aliados de la guerrilla, opuestos a las soluciones violentas -se las sugirieron durante su estadía en la Universidad Nacional y las rechazaron- ¿Se convirtió esa fortaleza moral indígena, en otro obstáculo para su encuentro con el presidente?

La mirada del indígena

Según la lógica imperante debían quedarse en Bogotá, tomarse la Plaza de Bolívar, exigir la entrevista, exponer la prioridad de sus demandas sobre el vocerío de los estafados de las pirámides y convocar a la opinión sobre su reclamo de tierras que para ellos no son solo un factor de economía, sino un elemento cultural y de tradición, y el respeto por sus derechos y su autonomía cultural.

Pero no pensaron en el reclamo violento. Los vi en la mañana del lunes embarcarse en sus pintorescas chivas, sin amargura y sin resignación.

La visión que ellos tienen del mundo y de la historia es distinta. Fue un contraste que las autoridades distritales destacaron cuando les propusieron un acuerdo con su eficiente guardia "para aprovechar toda su experiencia en resolución de conflictos".

Cuando escribo esto, recibo la noticia de la exitosa operación rescate de siete personas secuestradas por las FARC, por parte de una guardia indígena sin más armas que sus bastones de mando y su autoridad. Asombrada, la columnista Patricia Lara señaló su capacidad para desarmar a los violentos sin violencia y la lección de justicia distributiva en el hecho cotidiano de la repartición de alimentos: primero los ancianos, después niños y mujeres embarazadas. Si algo sobra, primero las mujeres y después los hombres, que si nada queda, así lo aceptan.

El gobierno no tuvo tiempo para recibirlos y los ministros designados para escucharlos no fueron tenidos en cuenta, por un grupo humano que nada pedía porque exigía justicia, y que va más allá de la impaciencia porque tiene todo el tiempo del mundo.

Al finalizar la semana, el gobernador indígena Daniel Piñacué esperaba la audiencia acompañado por un pequeño grupo. Los indios siempre han esperado acuclillados sobre su concepto del tiempo, que es circular y en el que todo se repite para renovarse.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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