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Sonia, una ficha clave para las FARC, según Jorge Enrique Botero

EFE
En un veredicto sin precedentes, Anayibe Rojas Valderrama, miembro de las FARC, fue hallada culpable de ingresar cocaína a EE.UU. por un jurado de ese país.

Jorge Enrique Botero
Bogotá, Colombia

Terra Magazine publica en exclusiva los detalles inéditos de la vida de Anayibe Rojas Valderrama, alias Sonia, una de las guerrilleras más reconocidas de las Farc, y quien fue condenada a 11 años de prisión en los Estados Unidos, el pasado 3 de julio de 2007. El escritor colombiano Jorge Enrique Botero recopila los pasos de Sonia en su libro El hombre de hierro, desde su ingreso a las Farc, cuando apenas tenía 14 años; hasta su estado actual en una celda, donde se encuentra recluida desde hace más de 3 años.

El caso de Sonia es famoso porque fue la primera vez que un tribunal estadounidense condenó a un miembro de las Farc y sentó un precedente para los juicios de otros guerrilleros, como Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad; y por ser una de las fichas claves en el posible Intercambio Humanitario, ya que hace parte del grupo de canjeables que piden las Farc.

Sonia, durante sus 20 años de permanencia en la organización guerrillera, se ganó la confianza de su jefe directo José Cabrera Cuevas, alias Fabián Ramírez, reconocido en el sur del país como jefe del frente 14.

Esta mujer, que fue capturada cuando tenía 40 años, podría recobrar la libertad a sus 51 años. Botero narra los operativos de su captura, así como las particularidades de su carácter y estilo, en un relato de primera mano y gracias a un fiel trabajo de reportería.

16. Y Sonia tuvo la dicha de conocer el mar

El camino de Simón Trinidad a la Corte comienza a las tres de la madrugada. A esa hora le llevan el desayuno a su celda. Jugo, leche y algunas harinas. Él se echa agua en la cara, se afeita y se enfunda el overol anaranjado, se pone sus medias y sus tenis. Y espera. Hacia las cuatro de la mañana, le esposan las manos y le ponen los grilletes en los pies. Lo sacan de la celda de confinamiento y lo llevan a una especie de sala de espera, donde se van acumulando los otros presos que van a sus audiencias.

Recién comenzado su juicio, Trinidad iba un día camino a la sala de espera cuando advirtió a la distancia (unos 30 metros) a una mujer que lo miraba fijamente. Ella también iba de anaranjado y escoltada, o sea que era reclusa. A medida que los dos se acercaban, ella seguía concentrada en él, hasta que le preguntó en voz alta:

- ¿Usted no es Simón Trinidad?

- El mismo - le contestó él.

- Pues se ve más chiquito que en televisión, en televisión yo lo miraba más grande

- ¿Y usted quién es? - preguntó Trinidad intrigado.

- Yo soy Sonia - dijo ella.

Trinidad dizque sacó su mejor sonrisa y levantó sus puños es posados y se puso a gritar como loco.

- ¡Vivan las Farc!, ¡viva Manuel Marulanda!

- Mucho loco - comenta Sonia.

- A mi me dio fue risa y le respondí el saludo levantando también mis puños, pero no me puse a echarle vivas a nadie. Cuando ya se iba y se me perdía en la distancia sólo atiné a decirle "Que Dios lo bendiga".

Le pregunto a Sonia si se ha vuelto creyente en la cárcel y me

confiesan que toda su vida fue religiosa.

- No una fanática rezandera, pero sí creyente. Debe ser por lo que nos inculcaron en la casa. En la guerrilla nunca me prohibieron tener mis creencias y nunca dejé de encomendarme a Dios y a la Virgen, sobre todo cuando íbamos para alguna pelea.

Tengo a Sonia al otro lado de un vidrio blindado, gruesísimo y opaco, con un auricular en su mano izquierda. Cuando apareció en el área de visitas de DC Jail, la cárcel principal de Washington, casi no la reconocí, pero al instante me percaté de que era ella y le hice señales indicándole que yo era el que había pedido verla. Ella me miró con curiosidad tremenda, me detalló de arriba abajo, casi sin parpadear, me imagino que preguntándose "¿de dónde salió este man tan raro?".

Era la primera persona que la visitaba desde su llegada a Estados Unidos, dos años atrás.

Tenía apenas una hora para saludarla y transmitirle decenas de mensajes de aliento que le mandaban y hacerle mi primera entrevista, así que aproveché cada segundo. Le dije que yo era el autor de Últimas Noticias de la Guerra, libro que le había hecho llegar por correo un par de meses atrás, y ella abrió sus bellos y profundos ojos negros con una mezcla de sorpresa y alegría.

Durante nuestra primera charla, de cinco que tuvimos, me hizo un apretado y fluido resumen de su vida, con su acento huilense totalmente intacto. A veces entre risotadas, por momentos entre sollozos incontenibles, pero siempre con una asombrosa seguridad de plomo.

Aunque llegó a ser considerara la reina del río Caguán, Sonia fue una guerrillera común y corriente. Entró a las Farc a los 14 años, dejando atrás una familia numerosa, de 12 hermanos, padre y madre. La pobreza y la sensación de que no tendría un futuro distinto al de su mamá (cocinar y parir y lavar ropa y aguantarse a su marido), se sumaron a la admiración que le producían los guerrilleros cuando pasaban por su casa. Todos eran jóvenes y se veían contentos, bien alimentados, seguros de sí mismos. Sus fusiles relucientes y su sonrisa permanente la sedujeron y una tarde se fue con ellos sin avisarle a nadie. Sin dejar, siquiera, una carta explicando su decisión.

Al comienzo, la vida guerrillera le dio duro. Había que madrugar a las cuatro y media todos los días. Pagar guardias de dos horas todas las noches. Cocinar, sembrar, hacer ejercicio, aprender de fusiles y pistolas, estudiar mínimo dos horas diarias y - como si fuera poco- a veces tenía que aprenderse poesías de memoria para recitarlas en la hora cultural.

A medida que crecía, se le acercaban más y más guerrilleros. Le decían cosas amables, alababan su belleza, su risa. La felicitaban por ser tan pilosa y le proponían que se asociaran, o sea que se hicieran novios y vivieran juntos. Pero a ella no le gustaba ninguno. Después de varios intentos fallidos, los frustrados pretendientes regaron el cuento de que ella era una creída, que se las daba de reina, esperando conquistar a un comandante.

Sin embargo, ella seguía su camino. Tenía muchas amigas y pedía regularmente que la mandaran a un combate. Decía que no había entrado a la guerrilla solamente para pelar papas o para aprender de odontología. Dos años después de su ingreso a las Farc, la enviaron a un curso muy especial para manejar unos radios nuevos que habían llegado. Ella quedó fascinada con el asunto de las comunicaciones y se volvió una experta. Al poco tiempo, la nombraron radista del comandante Perdomo y ella supo que por aquella vía por fin llegaría a los campos de batalla.

Mientras tanto, se dejó conquistar por un joven guerrillero que no le quitaba los ojos de encima desde el día en que la conoció, en el curso de radiocomunicaciones. Se llamaba Wilson y era de Peñas Coloradas, un pequeño pueblo de las orillas del río Caguán que los fines de semana se llenaba de raspachines (recolectores de hoja de coca) y de compradores y vendedores de pasta básica.

Wilson la conquistó a punta de perseverancia. Cuando caía el sol y todos volvían al campamento, él la acompañaba a bañarse en el caño, le ayudaba a organizar la caleta y le echaba una mano con el estudio. Si ella estaba en la rancha, él se aparecía y le hacía compañía mientras la veía sudar frente a las ollas hirvientes. "Se convirtió en mi ángel guardián, pero yo nada que le daba el sí", relata Sonia, vestida con su uniforme anaranjado de presa de Washington DC Jail. "El asunto es que Wilson no me gustaba como hombre sino como amigo", explica.

Hasta que Wilson fue enviado a un curso de explosivos y ella lo extrañó desde el primer día de su ausencia, y se dio cuenta que lo quería. Se decidió a amarlo el día que le llegó el rumor de que Wilson se había asociado con una guerrillera muy bonita. El chisme no era cierto, aunque sí era verdad que Wilson coqueteaba con una muchacha. Por eso, cuando su pretendiente terminó el curso y volvió al campamento, Sonia no lo dejó llegar cuando ya lo tenía metido en su caleta, cubriéndolo de besos y pidiéndole que nunca más la dejara sola.

Le pidieron permiso al comandante Perdomo para asociarse, pero en esos días los visitaba el camarada Fabián Ramírez, así que Perdomo delegó en su jefe la "bendición" de la nueva pareja.

Su vida con Wilson fue tan feliz que a los dos años tuvieron un hijo. Ella pasó su embarazo en el campamento, pero salió a parir a Cartagena del Chairá, el pueblo más grande de las orillas del río. Volvió a la guerrilla convertida en madre y logró pasar casi un año con su hijo, hasta que le dieron la opción de irse a criarlo con su familia o quedarse en la guerrilla sin el hijo. Sin pensarlo, se decidió por lo segundo y le mandó la criatura a la misma familia que había criado a Wilson, en una vereda remota del Caquetá.

De allí en adelante, su vida cambió radicalmente. Cada vez le daban más responsabilidades, y ella, era más eficiente cumpliéndolas. La enviaron a decenas de combates, como radista. También le asignaban tareas en Peñas Coloradas. Allí hacía trabajo de masas. Organizaba a la gente, conseguía maestros para la escuela, enfermeras para los puestos de salud. Velaba por la tranquilidad del pueblito, especialmente los fines de semana, cuando todos allí se emborrachaban. Controlaba la salud sexual de las prostitutas y la cantidad de gasolina que se le podía vender a los dueños de las lanchas.

Quienes quisieran navegar por el río, tenían que pedir su autorización. La gente de "afuera" que llegaba debía registrarse con ella o con sus muchachos y los compradores y vendedores de pasta de coca tenían que rendirle cuentas.

En 1998 la mandaron a un combate. En la columna guerrillera también iba Wilson. Él tuvo que ir al frente de batalla y en los primeros tiros cayó herido. Duró casi ocho horas tirado en un pastizal, pidiendo ayuda por radio, en medio de la angustia y la impotencia de Sonia, que escuchaba en su radio los llamados de auxilio de su hombre. Finalmente, cuando lo encontraron, él ya agonizaba. Lo subieron a una camilla y ella alcanzó a verlo cuando lo llevaban al hospital que la guerrilla tenía en la selva.

A los pocos días le llegó la noticia de que Wilson había muerto y -lo peor- que habían tenido que enterrarlo lejos, en la profundidad de la selva. Unos meses después le llevaron una bolsa conlos restos de su compañero. Los lavó y se quedó con los huesos de Wilson en la bolsa. Anduvo casi un año con ellos, hasta que la enviaron en comisión a Peñas Coloradas y allí por fin lo pudo enterrar como él se merecía.

Después de enterrar decentemente los huesos de Wilson en Peñas Coloradas, Sonia siguió su destino a las orillas del Caguán. De Peñas a Las Ánimas, subiendo hasta el río Guayas para caer a Rionegro. También Caguán abajo hasta Remolinos.

Las palabras de su hombre agonizante se volvieron su compañía.

- Tiene que seguir adelante, cuidarse mucho, mamita. Y tiene que decirle a nuestro hijo quién fue su papá. Para que él también sea un berraco, un luchador como sus padres.

Si Wilson le había hecho falta cuando lo del curso, ahora nada podía llenar su vacío. Los compañeros de Sonia se dedicaron a acompañar su tristeza, a darle ánimo y a exaltar la figura del difunto.

- Todos lo querían y sabían cuánto me quería, así que fui heredando lo que sentía la gente por Wilson.

En febrero de 2004 asistió a una reunión con el comandante Perdomo y con Fabián Ramírez. La reunión fue larga y - como siempre- salió llena de trabajo. Cogió camino para Peñas con tres pelaos: Pantera, Juancho y Ovidio. Tenía que gestionar unos repuestos para los motores de las lanchas y comprar gasolina. A eso de las cinco llegaron a Peñas y lograron hacer casi todas las vueltas. Comieron y se quedaron un par de horas en el pueblo terminando de cuadrar vainas. A eso de las ocho agarró camino para la finca de su hermano, donde decidió que pasarían la noche.

No había ni el más mínimo indicio de chulos en la zona. Llegaron a eso de las diez y su hermano y su cuñada ya estaban dormidos, pero ella tocó la puerta varias veces hasta que se levantaron. Les ofrecieron Borugo y ellos aceptaron aunque ya habían comido. No todos los días se come Borugo. Se pusieron a echar carreta hasta tarde. Ella se acostó en ropa interior, dejó el fusil tirado en el piso y se dispuso a dormir profundamente. Los otros pelaos se ubicaron en diversos lugares de la casa y como no había señales de chulos, ni siquiera pusieron guardia. A eso de las tres de la mañana un ruido abrupto y ronco se fue metiendo en la casa. Ella comprendió rápido que se trataba de helicópteros, se asomó por entre una rendija y vio claramente un enorme aparato cuyas aspas prácticamente rozaban la casa.

Tenían a los chulos en frente, descendiendo de la aeronave. Manadas de chulos. Se vistió en un santiamén, tomó su fusil, el radio y una libreta llena de nombres. Poco a poco fue reuniendo a los pelaos. Logró dar con Pantera y con Juancho, pero no con Ovidio. La oscuridad era tremenda y ellos se movían como sombras tratando de buscar un camino de escape. Si lograban salirse al monte nadie los alcanzaría. Pero su única salida estaba bloqueada por un corral de gallinas. Se metieron al baño. Los tres. Armados y decididos a volarse o a morirse. Los chulos entraron a la casa y abrieron la puerta del dormitorio del hermano con una patada. Seguían buscando, escudriñando la casa, sus rincones, sus cuartos. Con el paso de los minutos, se acercaban al baño irremediablemente y a medida que lo hacían, Sonia estaba más decidida a salirles, con fuego a discreción, en busca de una huída suicida. Pantera se oponía a la idea y Juancho no decía nada, solamente se quejaba de que se sentía mareado. De repente, los chulos quedaron a menos de un metro y Juancho dio un brinco con la pistola lista para disparar pero antes de que lo hiciera recibió un certero tiro en la cara. Y cayó muerto de una. Los soldados siguieron su camino al baño y Pantera dijo que salía con las manos en alto, que le respetaran la vida. Sonia seguía en silencio, escondida, la mano izquierda apretando la culata del fusil, con el dedo índice de la derecha en el gatillo. Apenas salió Pantera lo tiraron al piso, boca abajo y le pusieron un pie en la nuca. Sonia seguía en silencio esperando su momento, pero Pantera la delató. O tal vez le salvó la vida. "No vayan a matarla a ella", gritó. "A ella no la maten¿. Sonia comprendió de inmediato que no tenía salida pero siguió inmóvil, escondida en el baño. Los soldados le hablaron. "Entregue el arma y le respetamos la vida". La trompetilla de su fusil expelía un breve brillo y un soldado metió la mano al baño y agarró el Ak por la punta.

- Suéltelo - le ordenó a Sonia y ella le entregó el fusil, al tiempo que era lanzada al piso, también bocabajo. Cuando vio cómo tenían a Pantera les reclamo a los chulos.

- Ya está esposado, ya lo tienen sometido, quítenle el pie de la nuca.

- Cállese, perra - le gritaron

Pero ella no se calló y los chulos le quitaron el pie al muchacho de la nuca.

Ovidio se había metido en la marranera y se les fue saliendo despacito, poco a poco hasta que estuvo a unos cien metros de la casa y logró escaparse. Sonia sólo pensaba en que los chulos no encontraran la libreta que dejó encaletada en el techo del baño.

A eso de las cinco de la mañana terminó el operativo y los montaron en el helicóptero: iban Sonia y Pantera y el cadáver de Juancho. También su hermano y su cuñada, y la señora que les hacía la comida a los trabajadores, su hijita de dos meses de nacida y una señora enferma que se estaba quedando en la casa. También montaron al aparato bultos con cosas recogidas en las dos horas. Unos kilos de pasta de coca y 27 millones de pesos del hermano de Sonia. Las armas de los guerrilleros y el radio que les habían dado unas horas antes. Las fornituras y un poco de guevonadas recogidas a la carrera por los soldados. Los llevaron vendados. Llegaron a Larandia y de allí los trasladaron al Liborio Mejía. En Larandia, cuando todavía amanecía, los metieron en una oficina grande, donde varios agentes gringos se burlaron de ellos. Les hacían señales obscenas con los dedos. A Sonia la llamaban por su nombre. Celebraban la conclusión de un bien planeado operativo, que incluyó la infiltración de teléfonos satelitales en las filas guerrilleras. La mujer que armó la escena para que Sonia apareciera como narcotraficante vive hoy en los Estados Unidos, con 16 personas: familiares y parte de la servidumbre que tenía en Colombia. Fue incluida en el programa de protección de testigos.

- Iban por mí - asegura la guerrillera, mirándome a través del cristal de la sala de visitas, que está atestada este lunes 25 de junio, el día de mi cumpleaños.

Sonia también acaba de cumplir años. Cuarenta años. Celebramos a través del vidrio. Chocamos las palmas de las manos contra el grueso cristal y reímos. Se le ve tranquila aunque su rostro delata huellas de una tristeza larga, acumulada en la soledad y el aislamiento. Desde que llegó a los Estados Unidos ha permanecido en una celda de 2,70 por 1,80. Tiene una cama con colchoneta. El piso y las paredes son de baldosas. Las ha medido y las ha contado. En la celda también hay un lavamanos y un inodoro y una mesa con dos cajoncitos.

Me cuenta que hace unos días la llevaron a la Corte. Iba con otros presos hispanos y ellos miraban asombrados el helicóptero que acompañaba la caravana y oían las sirenas de las motos que abrían camino entre el tráfico de Washington. Los presos se preguntaban qué pasaba, por qué tanto alboroto, hasta que le preguntaron a Sonia:

- ¿Usted de dónde es?

- De Colombia - contestó ella.

- ¿Y cómo se llama?

- Sonia.

- Ahh!, con razón - comentaron los otros al unísono.

En las paredes de su celda, Sonia tiene dos fotos. La de Wilson y la de su hijo. El niño está con una camisa azul, pantalón azul y zapatos negros. Es la foto del día que cumplió 11 años. Ahora tiene 14.

Únicamente sale de su celda para bañarse los martes, los jueves y los sábados. Durante el baño, aprovecha para lavar su ropa interior. "Casi no puedo bañarme pues el agua sale hirviendo", dice.

La celda de Sonia es como una vitrina. No tiene privacidad alguna. La puerta es mitad metálica y mitad vidrio. La única ventaja es que puede ver todo lo que sucede en el área. Su único contacto con el mundo. "A veces se agita el patio. Este lugar es como un área de distribución de las presas que van llegando. Me han tocado tremendos tropeles. El otro día, una negra levantó a una guardiana a puños. Le dio durante casi 10 minutos", relata Sonia.

Al desayuno toma leche y jugo. En las otras comidas el menú varía ente fríjoles y salchichas, pasta y carne.

Como tiene esa ventana en la puerta, siempre hay luz en su celda. Casi no duerme. A veces llega el desayuno y no ha dormido ni un minuto. Claro que no es tan extraño: el desayuno llega a las tres de la mañana.

Sonia dice que su abogada, Carmen Hernández, una mujer cubana de pelo blanco que llegó a Estados Unidos con sus padres cuando era una niña, a comienzos de los años 60, es una gran profesional. Está agradecida con su abogada, quien no sólo hizo una gran defensa durante el juicio, sino que le apoyó con algo de dinero para sus gastos en la cárcel.

El juicio fue brutal. Llevaron decenas de testigos en su contra. "Todos testigos falsos", asegura Sonia. Ellos, según la guerrillera, atestiguaron cosas descabelladas. Por ejemplo, que Sonia se reunía en Panamá para sus negocios de enviar cocaína a Estados Unidos. "El pueblo más grande que conozco es Cartagena del Chairá¿, comenta Sonia y se le quiebra la voz y se le nublan los ojos con unas lágrimas que no se atreven a salir del todo.

Mientras ella habla, aparecen en mi memoria algunos destellos de aquel pueblo lejano e hirviente, levantado por colonos en las orillas del río Caguán a comienzos de los 60.

Lo conocí en 1998 cuando las Farc entregaron unilateralmente unos 80 soldados que habían capturado tras cruentos combates en una vereda cercana llamada Las Delicias. El lugar no tenía más de 10 mil habitantes y estaba conformado por una gran calle principal, a lado y lado de la cual se levantaban casas de madera de dos pisos. Las que no eran tiendas, eran bares. Al fondo de la calle, a la izquierda, estaba la iglesia, y contiguas, las ruinas de lo que alguna vez había sido el cuartel de Policía. En sus escasas paredes quedaron las huellas del ataque guerrillero que destruyó el lugar. Ahora el cuartel es usado por decenas de niños que juegan con pistolas y fusiles de plástico. Me imagino que el juego se llamará "guerrilleros y policías".

- A Panamá no lo conozco ni en las noticias - dice Sonia.

Nuestra primera hora de encuentro va llegando a su final y las palabras se atropellan. Antes de que la enorme guardiana negra que la custodia venga por ella, me alcanza a contar una de sus anécdotas favoritas.

Antes de que la extraditaran, estando en el patio séptimo de la cárcel del Buen Pastor, en Bogotá, fue sacada abruptamente de su celda. "Cuando me levantaron apenas estaba amaneciendo. Me dijeron que empacara algo de ropa y me subieron a un vehículo militar. Yo preguntaba para dónde me llevaban, pero nadie me decía nada. La guardiana que me llevaba solamente me decía: tranquila que es por su seguridad, mamita". Después de media hora de camino llegamos a un aeropuerto y nos subieron a un avión, también militar. Volamos casi una hora, cuando de repente yo miré por la ventanilla una gran mancha de agua. Le pregunté a mi guardiana dónde estábamos, pero ella no sabía. Cuando bajamos del avión hacía un calor terrible. Yo miraba y miraba el lugar, hasta que descubrí dónde estábamos. Era la Base de Juanchaco. Yo me di cuenta porque algunos años atrás, durante el gobierno de Gaviria, me había llamado la atención una noticia que salió por la televisión sobre una escuela que construyeron los militares gringos en Juanchaco. Pregunté y preciso: estábamos en Juanchaco. De allí nos montaron en un helicóptero y nos llevaron, a la guardiana y a mí, a una fragata de la Armada que estaba muchos kilómetros adentro. En la fragata pasé más de 20 horribles días, vomitando todo lo que comía, con un mareo eterno".

Pero había tenido la dicha de conocer el mar, periodista. ¿Cómo le parece?

Ocho meses después de nuestro primer encuentro, el 3 de julio de 2007 asistí a la audiencia en la que Sonia fue sentenciada. Ella llegó a la Corte con su uniforme anaranjado, acompañada de otros dos acusados que hicieron parte del mismo proceso. Se veía diminuta en el gigantesco salón de la Corte, situado apenas un piso más arriba de donde estaban juzgando por segunda vez a Simón Trinidad.

Tan pronto el juez James Robertson apareció en escena, la abogada de Sonia inició un largo alegato solicitando la anulación del juicio. Dijo que varios testigos habían vertido testimonios falsos y evidentemente contradictorios y denunció que su clienta había sido sometida a lo largo de casi dos años a vejámenes, aislamientos y confinamientos. Calificó la decisión del jurado de "abominable" y alertó al juez sobre la solicitud de 60 años de cárcel para Sonia hecha minutos antes por la Fiscalía. "Si usted atiende la petición de la Fiscalía, ella nunca más en su vida verá a su hijo¿. No satisfecha con lo anterior, Carmen Hernández opinó que lo sucedido con Sonia era "una atentado a la Constitución de los Estados Unidos".

El juez Robertson la miraba atentamente y en varias ocasiones tuvo que bajar la cabeza. Ella vestía una chaqueta roja sobre una blusa blanca y pantalón negro. Su blanca cabellera se agitaba permanentemente mientras exponía sus argumentos. A las 11:50 de la mañana, Robertson inició la lectura de la sentencia. Sonia no le quitaba los ojos de encima. Su rostro delataba una terrible ansiedad, tenía la cara roja, a punto de estallar.

De repente apareció en la sala Guillermo Reyes- González, viceministro de Justicia de Colombia y los fiscales del caso solicitaron al Juez que permitiera testificar al funcionario. "Él - dijeron- ha venido hasta aquí para decir, a nombre de su gobierno, que espera una condena ejemplarizante contra Sonia y que los 60 años propuestos por nosotros no van en contravía del tratado de extradición entre Colombia y Estados Unidos".

Las decenas de personas que se aglomeraban en el área del público miraron al vice ministro cuando se paró y - muy sonriente- se presentó ante el juez. No sé si todos lo presentes experimentaron la misma sensación, pero yo debo confesar que pocas veces en mi vida había sentido tanta vergüenza. Vergüenza ajena, por supuesto. Era patético ver allí a un representante del gobierno de mi país, asegurándose de que una compatriota recibiera la mayor condena posible en un tribunal de otro país. ¡Asqueante!

Robertson hizo caso omiso de la solicitud de los fiscales y dejó a Reyes-González con su discurso enmochilado. Se concentró en sus apuntes y, en medio del asombro colectivo, anunció la sentencia de Sonia: 200 meses. Los periodistas sacamos cuentas rápidamente: un poco más de 16 años. Teniendo en cuenta que Sonia estaba detenida desde febrero de 2004 y que podría obtener créditos por buena conducta, tal vez volvería a Colombia en 11 años, a la edad de 51 años.

A la una de la tarde, el juez le dio la palabra a Sonia. Carmen Hernández y ella habían tenido una larga conversación previa, así que cuando se acercó al estrado, tenía en orden sus palabras.

Primero saludó al juez con respeto. La escena estaba cargada de emoción. Ella, diminuta, con sus ojos negros y profundos bajo unas cejas frondosas, enfundada en su uniforme de reclusa, se dirigía al juez con voz temblorosa, casi inaudible. Él la observaba desde su pequeña torre, casi dos metros más arriba, pero no tenía la apariencia de un hombre duro e inflexible. Alto, más bien flaco, con el pelo totalmente blanco, metido en su toga negra, parecía un ser ecuánime y hasta generoso.

Sonia denunció que la mantenían encerrada las 24 horas del día, sin posibilidad de comunicación con el mundo exterior.

Después miró fijamente al juez y le dijo con todas sus letras:

"Soy inocente". Con aquella frase se hizo un silencio helado en el recinto, que Sonia aprovechó para hacerse dueña del lugar: "Me fui a las Farc por la pobreza. Vivía con mi familia en una zona apartada sin presencia del gobierno. Únicamente pude estudiar dos años. Cuando iba a la escuela no tenía zapatos. En mi casa no alcanzaba para que yo y mis hermanos tuviéramos zapatos. Me puse mis primeros zapatos el día de mi primera comunión. De repente comenzó a pasar la guerrilla por mi casa. Los conocí y me fui con ellos. Estuve en la guerrilla por 14 años, pero como un miembro más. No como se ha dicho aquí y en los medios. Me capturaron y me llevaron a Bogotá. Solamente me juzgaron por el delito de rebelión. A los tres meses me llegó una solicitud de extradición, a los 13 meses me extraditaron. Aquí he sido condenada".

Tras el apretado resumen de su vida, pasó a cosas más concretas. Dijo que ella no había cometido crímenes ni delitos de lesa humanidad, ante lo cual le pidió al juez que le quitaran las condiciones de confinamiento. Relató que estuvo un año en mejores condiciones, con el resto de la población carcelaria. "Pude estudiar algo y aprendí algo de inglés, pero en octubre volví al aislamiento".

Dijo que aquella condición no constituía una tortura física, pero sí sicológica. Y - entre sollozos- le pidió al juez Robertson que no la enviara a una cárcel de máxima seguridad. "Quiero estudiar, aprovechar los años de sentencia para aprender el idioma y tener una carrera".

Robertson la miraba fijamente cuando ella concluyó su súplica: "No me mande a una prisión de máxima seguridad, señor juez. Hoy yo estaría loca si no es por Dios y por mi fuerza de voluntad. La vida de mi hijo está en sus manos".

Bañada en lágrimas, Sonia regresó al lado de su abogada. Escuchó cuando el juez dijo que haría todo lo que estuviera a su alcance para aliviar las condiciones de su cautiverio y oyó cuando su abogada anunció que apelaría la sentencia y pediría un nuevo juicio.

Y en medio del asombro de todos, también oyó cuando Robertson admitió que al menos uno de los testimonios usados por los fiscales era "poco creíble".

La sesión terminó, Sonia se perdió por la puerta por la que había llegado y terminó el día en la misma celda de aislamiento de la cárcel situada en la zona de Armony Stadium.

Cuatro días después, el lunes siguiente, fui a verla a la prisión. Llegó al área de visitas con una seguridad que me impactó. Tomó el auricular con evidente ansiedad, se sentó frente a mí y dejó salir una gran sonrisa. Le pregunté con un gesto, sin palabras, cómo se sentía y ella se tomó un par de segundos antes de decir: "Yo toy contenta".

Había hecho las cuentas y sentía que de alguna manera había obtenido una pequeña victoria. Los fiscales esperaban 60 años de condena y ella saldría en 11, "a la tierna edad de 51 años".

Aquella tarde las autoridades del penal se habían puesto estrictas y sólo nos permitieron media hora de visita. Los gastó todos en peticiones: mensajes para su hermana Ruth, para sus padres y - sobre todo- para el niño. También para sus camaradas en la selva. "Que ojalá haya intercambio pronto y que liberen a todos los que tienen en el monte", dijo.

Un par de meses más tarde, cuando ya ella había sido enviada a Fort Worth, el lugar escogido por el buró de prisiones para cumplir su sentencia, casi vuelvo a verla.

Estuve en las puertas de la prisión, situada dentro de una gigantesca base militar, en el estado de Texas, pero se me impidió el acceso. La autorización para visitarla, obtenida tras engorrosos trámites, sólo incluía a la senadora Piedad Córdoba, quien ya actuaba como intermediaria para un acuerdo humanitario, nombrada por el mismísimo presidente Uribe.

Al salir de la reunión con Sonia, que duró casi cuatro horas, la senadora estalló en llanto. "Es un crimen que una mujer como ella haya sido condenada, acusada de enviar toneladas de cocaína a Estados Unidos. Es lo más absurdo que he visto en mi vida", comentó entre sollozos Córdoba.

En sus manos traía una foto que se había tomado con la guerrillera. Sonia se veía diminuta, como siempre, pero había un brillo nuevo en sus ojos. Piedad Córdoba mostró la foto a un grupo de periodistas que habían sido enviados hasta Fort Worth para cubrir su visita.

"¿Qué fue lo que más le impactó, senadora?", preguntaron mis colegas. Y Piedad soltó una bomba: "Sonia manda decir que si ella es un obstáculo para el intercambio humanitario, que la saquen de la lista de canjeables".

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