
|
Reproducción
Portada del libro de Gabriel Rolón.
|
Pablo E. Chacón
Buenos Aires, Argentina
El top ten de los best sellers argentinos, Gabriel Rolón, acompañante durante quince años de las noches radiales del humorista Alejandro Dolina, es psicólogo, como Jorge Bucay, pero de otra escuela: la comparación que se hizo cuando el autor de Amarse con los ojos abiertos perdió la credibilidad ganada durante años al copiar casi sesenta páginas de un ignoto libro de autoayuda escrita por una profesora española es una maledicencia que Rolón no puede soportar.
Rolón es un tipo generoso, un buen tipo, que respeta a Bucay a pesar de su desliz porque admite que todos somos humanos y a veces nos equivocamos. "Jorge (por Bucay) es un excelente profesional, un gran escritor, están todos sus libros previos, no se lo puede condenar como se lo condenó", dijo.
Rolón se crió en las pampas, prefiere el aire límpido, las cosas claras, al pan, pan, y al vino, vino. Extraño... Esa idea de transparencia y literalidad, que se dice lo que se quiere decir, que se dice lo que se sabe, que se sabe lo que se dice, que se quiere lo que se dice querer, que los que aman, aman, y los que odian, odian, es completamente extraña al psicoanálisis, pero no a la amistad.
Efectivamente, después de leer Historias de diván (Planeta), los pacientes de Rolón, reconvertidos en personajes de ficción, situados en una historia, o en una trama, deben sentirse identificados consigo mismos y con su amigo, el terapeuta, a quien también oyen decir, por la noche, lo que quieren escuchar. Rolón es un amigo. Extraño... A un amigo, uno no le paga (para que escuche). Se le paga un whisky, sí, al amigo para que escuche las penas y atornille con sus réplicas todas las razones que encuentra para penar y tomar whisky. Rolón es ese amigo que humaniza todo lo que preguntan los oyentes por la tarde, cuando toma el té con Elizabeth Vernaci, chica top del dial criollo.
Rolón es parco, es menos expansivo que Bucay, que padece sobrepeso y cuenta cuentos de la más rancia tradición oriental, adaptados al vertiginoso mundo global. La velocidad de los tiempos hípermodernos y de la felicidad paradójica requiere respuestas rápidas a problemas puntuales, y en esos cuentos siempre late una moraleja: el trabajo del paciente es descubrir la moraleja y qué papel o papeles jugaba en el cuento. Los cuentos de Bucay no terminan nunca: después de descubrirse hay que adaptarse y sintonizar la enseñanza eterna que desde el fondo de los tiempos y las latitudes enseña que el hombre es uno solo, la verdad una sola, la cultura una sola y las variaciones, una trampa en la que uno cae con tal de no encontrar la llave del mandala.
Rolón escribe sus relatos en las antípodas de Freud, que no escribía historias donde está primero la verdad y luego, por desagradable que sea, aprender a convivir con esa carga de manera más o menos amable, sino que tomaba notas, redactaba casos clínicos. El hombre de las ratas acaso haga reír a más de uno, pero la cuestión es que ese señor que padecía fantasías de ataques con roedores y se lavaba las manos quince mil veces por día, sufría. Sufría y mentía; o mejor dicho, no sabía que mentía; o más, no sabía que mentía a causa de una hipótesis errónea, que lo hacía sufrir menos si funcionaba. El problema del análisis es que las hipótesis o teorías que tienen los sujetos sobre sí mismos, un día no funcionan más, y ahí empieza el dolor. Si la religión es el opio de los pueblos, todo opiómano sabe que un día el opio no hace más efecto y la religión se cae. Es preferible una religión sin drogas.
Este señor, que se imagina muy responsable, no creo que sospeche el peso que tienen las palabras, y menos todavía, las palabras de moda. Cuando habla de bipolaridad debería saber que es un invento de los laboratorios farmacéuticos para vender las mismas drogas de siempre, a precios inaccesibles y bajo otro nombre y otro dispositivo de marketing. "Yo aprendí a acercarme al psicoanálisis a pesar de que a veces no estoy tan cerca de los psicoanalistas", dijo Rolón a la revista Noticias, que publicó dos tapas con la supuesta bipolaridad de la presidenta Cristina Fernández. Rolón descree del analista que habla poco: es psicólogo, y los psicólogos hablan mucho, y venden mucho (su libro se acerca a los 100 mil ejemplares).
La excusa que Rolón encuentra para su verdadero papel, el de consejero terapéutico, es que la globalización afectó también al psicoanálisis, que los psicoanalistas no entienden esto y entonces imponen dolor al paciente, para que pueda aprovechar, en ese continuo de sufrimiento, las veinticuatro sesiones que explota la medicina prepaga argentina.
Rolón no debería ignorar que los psicoanalistas no trabajan con standards de tiempo, de palabra, de interpretación, de honorarios; no debería ignorar que no están expuestos a evaluaciones o controles, que no trabajan para la medicina prepaga y tampoco para las aseguradoras de riesgo de trabajo. La lectura de este libro recuerda la presencia de Bucay y hasta la de Ugo Cerletti, el inventor de la máquina de electrocutar lóbulos frontales.
Terra Magazine