La tradicional escola Estacio de Sá, del barrio de igual nombre, salía al ruedo y en la oscuridad en lo alto del 'morro' de Sao Carlos, unos pocos observaban con vista privilegiada el Sambódromo. Entre puercos sueltos, basura y detrás de modestas casas desafiaban un barranco rodeado de grandes antenas intentado transmitir apoyo mentalmente.
Los televisores de casas y comercios casi todos sintonizaban el estreno en la avenida Marqués de Sapucaí de la escuela rojiblanca del León, en medio de la esperanza de triunfo ante sus nueve rivales para retornar al Grupo de elite.
Apenas un improvisado almacén sintonizaba el clásico Vasco-Botafogo, pero solo pasaba gente con camisetas del archirrival Flamengo.
Aquí la mayoría se conoce. La TV muestra a la escultural reina de 'batería' Alessandra Mattos bailando y revoleando caderas y Julio, el joven dueño de casa, saltó exclamando: "eso si que es lindo, ella es de..., bueno, vivía, en la comunidad".
El área fue antiguamente reducto de clase baja y de bohemios, con bares de peligrosa calaña. Hoy goza con orgullo ser considerada "la cuna de la samba".
La raíz nació con la escola Deja Hablar, en 1928, que pasó a ser Unidos de Sao Carlos en 1955 y se transformó en 1983 en la actual Estacio, que solamente ganó un título de primera división, en 1992.
Hoy el barrio Estacio agrupa varios 'morros' con mucha gente humilde, trabajadora y la mayoría adepta a la samba. Solo en Sao Carlos viven unos 30.000.
Para subir el medio más natural son las motos-taxi, manejadas por intrépidos jóvenes que maniobran en velocidad por empinadas y angostas calles. Se asemeja a un panal de zumbantes abejas mecánicas que trasladan pasajeros por 85 centavos de dólar.
Como en cada Carnaval, las favelas alrededor del Sambódromo son ocupadas por la Policía Militar (PM) para evitar incidentes que desprestigien la fiesta.
Unos 15 PM, con pesados fusiles en mano, conversaban en un recanto oscuro de una de las subidas más empinadas de la favela, además de echar ojo clínico a todos los que transitan. Las motos eran como peatones y circulaban sin cesar por entre los callejones.
Estrechos pasajes formados por irregulares viviendas de ladrillo expuesto no son excepción. Los vecinos deben cruzar entre grupos de policías armados sentados en escalones.
Interrogado sobre si no hay peligro de enfrentamiento con traficantes del morro, Joao sentenció: "no, eso ya está arreglado".
En un paraje más abajo donde la vista por sí sola es una postal, con el Cristo y montes con miles de lamparillas, el tenue alumbrado de las calles no impedía ver gente que parecía ajena al evento del Sambódromo, igual que la policía.
Como en la gran mayoría de las favelas cariocas, los jóvenes 'embajadores' del narcotráfico están presentes. Contra un muro, un moreno sin camisa portaba un fusil de asalto FAL y daba indicaciones a otro; enseguida apareció por la calle otro hombre con un radio y una pistola automática.
De un oscuro matorral surgía un joven negro submetralladora en mano. Ver sin mirar es la regla obvia a seguir.
En un desolado bar iluminado por dos tímidos focos y una luz negra tres parroquianos seguían el desfile por TV dando pronóstico optimista al comparar con los rivales. El despliegue del ambicioso tema "La Historia del futuro" con 2.600 componentes era elogiado por comentaristas.
Tras el desfile, todos vuelven a lo suyo. Al arribar los cansados 'guerreros' de la escola, recibían palabras de aliento: un veterano de lentes llegó con su pesada 'fantasía' a cuestas y un vendedor ambulante gritó "Aí, Jorginho, la veo bien para Estacio, hicieron buena salida".
La medianoche llegó, los rayos cortaban el cielo negro y la lluvia caía fuerte, sin embargo, no se diluyó la esperanza: alguien colocó una banderita de Estacio en un poste, tal vez un símbolo de que la cuna de la verdadera samba está aquí.
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